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isabel menendez benavente

No es agresividad, es pena

No, no me extraña. La agresividad es a menudo la única forma que tienen algunos adolescentes de escapar de una depresión enmascarada. Nadie se imagina que la irritabilidad, las peleas, los insultos, tengan que ver con una depresión, si esta la visualizamos con los ojos de un adulto. Pero detrás de esa energía, mala energía, se esconden muchas veces carencias afectivas, fracasos amorosos, escolares, una deficiente autoestima y falta de apoyo y estabilidad familiar, social? Lo vemos continuamente en la clínica.

Un niño o adolescente no es capaz de introyectar de una forma adecuada para llegar a saber que existen muchas carencias en su interior, para manejar el estrés, para soportar la frustración. Entre otras muchas causas porque no les hemos enseñado desde pequeños. Es difícil que un adolescente sea agresivo si no ha sido un niño agresivo. La diferencia estriba en que de pequeños sus pataletas podíamos calmarlas con un capricho y ahora esos "caprichos" se escapan de nuestras manos. Porque nunca se han enfrentado a una frustración, les hemos malcriado dándoles todo lo que querían, sin límite, y quizás sin embargo privándolos de nuestras caricias, de nuestro afecto, de nuestra mirada real, esa que una madre y un padre tienen que tener para ver más allá de lo que nos enseña. No es fácil hoy ser padres de un adolescente. No lo es. Lo sé. Lo veo cada día.

Por eso esta noticia de unos adolescentes que se citan para pegarse en un parque no me sorprende en absoluto. Son adolescentes que utilizan la fuerza para imponer su criterio, porque no tienen otras armas, porque nosotros, todos, no se las hemos dado para enfrentarse a la vida, una vida cada día más difícil. No les hemos educado para que sean inteligentes emocionalmente, les hemos superprotegido, les hemos hecho creer que podían tenerlo todo, que la vida pasaba por tener más que el de al lado, y han crecido con todo, pero sin nada. No hemos estado a su lado cuando han tenido el primer desengaño, cuando les han traicionado, cuando han fracasado en un examen y creen que no valen para nada, cuando les interrogamos sobre las notas, los deberes, el futuro y no sabemos ver su alma, su dolor o su rabia. No, no hemos estado. No hemos puesto límites, no les hemos dicho "no", hemos "pasado" cuando eran pequeños ante faltas de respeto y ahora ya no las toleramos porque lo que antes nos hacía gracia, ahora se convierte en una agresión que ya no sabemos controlar. Una agresión que, no lo olviden, a veces va contra los demás, pero muchas otras, la vuelven contra sí mismos. Y es entonces cuando acudimos con él o ella al hospital, al ser conscientes que detrás de esa rebeldía está nuestro hijo pidiendo ayuda a gritos.

En nosotros, no lo olviden, está la solución. La receta es sencilla. Seguir amándolos. Por encima de todo y de todos. Incluso del qué dirán, de las notas, de los piercing y los tatus? De verdad. Por encima de todo. Por Dios, no lo olviden.

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