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Matías Vallés

Asesinar a un profesor

Las pesadillas colectivas más difundidas no tienen por qué coincidir con las más amenazantes para el planeta, según podrá observar cualquier curioso de la erupción constante de los fondos marinos del Pacífico meridional. Entre las plagas superventas al alcance de la población, destacan por este orden el cambio climático, la pandemia y el islamismo.

Como bien dice el intelectual de moda Jared Diamond, el coronavirus puede matar a un dos por ciento de los habitantes de la Tierra, pero el calentamiento global puede exterminar al ser humano.

En efecto, falta analizar la medalla de bronce apocalíptica. Ni siquiera queda claro si los islamistas contemplarían la liquidación de las existencias del planeta como una bendición. En boca de Osama bin Laden, “vosotros tenéis miedo de morir y nosotros tenemos ganas de morir”. No se refería a su caso particular, porque siempre se excusaba con unos imprevistos retortijones cuando los valerosos muyahidines debían entrar en combate. Ahora bien, el cercenamiento de libertades que conlleva el cambio climático o la pandemia se amplía a una tala indiscriminada en caso de victoria de los guerreros de Alá. No se habla aquí de un triunfo militar improbable, según demuestran las experiencias vigentes de Al Qaeda o Isis, pero sí de una influencia determinante en los interconectados compartimentos intelectuales y políticos de Occidente.

Ahora mismo, en la cultísima Francia se asesina a un profesor por hacer su trabajo, por mantener viva la curiosidad propia al exponer a sus alumnos a las caricaturas de Mahoma. Cabe imaginar a los exquisitos parisinos aterrados ante una reiterada criminalidad ultrarreligiosa, que considerarían más fácil de asimilar si ocurriera bajo la cintura pirenaica.

En cuanto acabe la cháchara, habrá que decidir si han ganado los asesinos o el maestro asesinado. Para ello, basta preguntarse si hoy abundan más que ayer los profesores que explican en clase la licitud de caricaturizar a Mahoma, y de blasfemar contra los dioses inventados por los hombres.

La respuesta es redundante, por lo que no se trata de un atentado contra la libertad de expresión, sino de un exitoso aplastamiento de esa excrecencia de las revoluciones occidentales. ¿Para qué has de manifestarte, si debieras conformarte con la fe? La sorpresa no es que un profesor francés heterodoxo sea asesinado por bromear con el islamismo, sino que algún docente del país de los galos se atreva a cuestionar la única religión verdadera.

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