La teoría política se teje a base de frases hechas que alcanzan fortuna en el país de las maravillas informativas. Se captura una expresión redonda de un editorial o de un texto de análisis y queda dispuesta para casi todo: se ha vuelto “flotante”. Al lector ilustrado le suena bien y el autor se queda más ancho que largo demostrando sus lecturas. Mejor eso que los insultos que habitan en el lado oculto de la información. Así, en las últimas semanas me encuentro una cantidad considerable de artículos que afirman que España es, o esta a punto de ser, un “Estado fallido”. Casi siempre le echan la culpa al Gobierno; lo que es un contrasentido: en un genuino Estado fallido no hay Gobierno que tome medidas desafortunadas. Se opera así la transición desde lo descriptivo a lo ideológico. Lo que quieren decir es que mi Estado va mal por culpa del Gobierno. Si hubiera otro Gobierno o éste actuara de manera distinta, ya no seríamos un Estado fallido. Insisto: mejor esto que casi cualquier cosa. Así que no me preocupé: estos son tiempos en que se debe estar abierto a que cambien los códigos a cada rato.

Lo malo es que también leo que la UE es un “Estado fallido”. Pero mi identidad se desmorona cuando encuentro a un ilustre analista afirmar que EE.UU. es un “Estado fallido”. ¡Pobre de mi juventud perdida en constante diatriba contra el Imperio! ¿Para qué sirvió votar “no” a la OTAN o manifestarme en la torre de comunicaciones militares de Guardamar? Resulta que la CIA no es más que la policía local de un pueblo de montaña y la NASA una marca de pirotecnia. Entonces doy en pensar: ¿y si todos tuvieran razón? Creo que va a ser esto: todos los Estados son Estados fallidos.

La forma política “Estado” se configura en el Renacimiento: Maquiavelo usa el término por aproximación a “lo estable”, frente a la plasticidad de los poderes tardomedievales. Luego se fue construyendo como un conjunto de aparatos que expresaron el poder de usar la violencia -hasta tener el monopolio de la misma- y, a la vez, el de dotar de algún sentido a la pertenencia al mismo, acotando fronteras, creando ejércitos, sistemas educativos, símbolos o definiendo un concepto de ciudadanía que, con el tiempo, será la base de las democracias. Por supuesto el Estado ha cambiado. Pero con líneas de continuidad. La más significativa es que todo Estado necesita de recursos para su propia seguridad -y la de sus ciudadanos- y su reproducción. Son “recursos de acción”: fondos económicos, recursos humanos disciplinados, y en nuestra época, la posibilidad de proporcionar unos mínimos vitales en forma de servicios públicos; si no se prestan, por más banderas que se muevan, habrá crisis de identidad, de legitimidad. Lo que no sea eso significaría, más o menos, que el Estado es fallido.

El problema es cuando llevamos una larguísima travesía por el neoliberalismo y la globalización. El neoliberalismo ha castigado al Estado: le ha privado de recursos básicos, ha adelgazado los servicios hiriendo la legitimidad de los poderes públicos, ha difundido en la ciudadanía un desapego a su relación con el Estado, ha favorecido los discursos del sálvese quien pueda, del egoísmo integral. La globalización puede tener efectos generales positivos en el largo plazo, pero al no-gobernarse por culpa del paradigma neoliberal, está creando disfunciones que aún debilitan más al Estado, creando sus propios y resentidos derrotados mientras no es capaz de construir estructuras sólidas que sean alternativa a las “pequeñas estructuras” estatales clásicas.

Todo se había mantenido en equilibrio crecientemente inestable hasta que ha quedado proclamado en el mundo el “Estado de emergencia” porque líderes y capas significativas de la población han advertido que los golpes de la pandemia, en ese contexto de falta de Estados eficaces y legitimados, dan la razón a una frase de Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Habíamos asumido que, según Bauman, vivíamos en sociedades líquidas, en las que el mercado daba forma a las relaciones sociales y sus conflictos. Pero ahora nos hemos vuelto gaseosos, sin forma reconocible, entrópicos, potencialmente moribundos.

Desde el punto de vista neoliberal la covid es una bendición: arrasará con los restos disfuncionales del viejo capitalismo y debilitará a los más débiles: es el sueño erótico de los trumpistas, de los comunistas chinos y de algunos economistas provincianos: mano invisible con guante de acero. Pero ser rico pero estar muerto tiene poca gracia. Así que la UE ha dado un giro anti-neoliberal significativo. Neo-keyseniano, si se prefiere, aunque no estoy muy seguro. Pero eso no significa por ahora que el Estado social salga reforzado: no lo hará si no tiene capacidad o ganas para practicar políticas de distribución de la riqueza y para intervenir de forma perdurable en la economía. No se trata sólo de mejorar los servicios públicos sino de actuar para que neoliberalismo no pueda seguir con su cosecha de paro, odio al inmigrante, promoción de la desigualdad, etc. Por eso nadie que critique a España -o a la UE- por ser un Estado fallido y, a la vez, no defienda el incremento de recursos y de medios para el Estado, merecerá de mí mejor concepto que el de cínico.

Para poder hacer todo esto es preciso ahondar en la globalización. En otra globalización, si se prefiere, pero que, en todo caso, no caiga en las trampas del proteccionismo generalizado, del cierre de fronteras o de los instrumentos mínimos de gobernanza europea -y mundial, empezando por la sanitaria-. Las dos patas de la esperanza son fondos europeos y vacunas rápidas: ambas son metaestatales. Pero no hacen que nuestro Estado sea fallido: al revés, nos da la oportunidad de seguir viviendo con dignidad.

Los populismos se pueden repensar, ahora, como la apuesta del neoliberalismo atrapado en sus contradicciones, y de la antiglobalización hecha de retales de pensamiento. La seguridad de la soberanía ya no existe. Y menos que va a existir con la explosión digital y la necesidad de integrar políticas para luchar contra el cambio climático. Esta es la cuestión: si somos fallidos nosotros, todos son fallidos. Lo que pasa es que ese desfallecimiento, o ese fallecimiento, adoptará ritmos y aspectos diversos. Habrá un Estado fallido con rostro humano o un Estado fallido con mal de amores o un Estado fallido feliz de lamentar la pérdida de Cuba. Pero todos fallidos si se empeñan en dar lustre a lo simple y embotar los discursos exhibiendo falta de imaginación.