Escribir sobre Vázquez de Mella, antítesis de todo progresismo que se precie, es una provocación anacrónica, lo sé. Desaparecido su nombre del callejero impuesto por el franquismo, cuando murió muchos años antes de los acontecimientos que dieron lugar a la II República y la Guerra Civil, su personalidad se asocia a lo más rancio del carlismo, o sea a la tradición antiliberal, a la carcundia. Podía estar equivocado, como la historia ha demostrado, pero el hombre defendía sus ideas contra todos los requerimientos tentadores para su buen vivir. Un hombre que afirmaba su repudio al régimen parlamentario no podía aceptar los ofrecimientos del mismísimo Cánovas para incorporarse al partido conservador. A la muerte de Dato, Maura, otro de los conservadores liberales, le propuso un ministerio, y también lo rechazó. Su visión de la España era profundamente descentralizadora y proponía una monarquía social, cristiana y federal. Sobre las lenguas regionales las defendía en el sistema educativo y clamaba contra la imposición del castellano para ahogar las lenguas maternas de la España diversa. Para Vázquez de Mella hay tres grandes ambiciones que son el cáncer de la política: la ambición de mando, la ambición de honores y la ambición de riquezas.

Y uno, necesariamente, ha de reflexionar sobre acontecimientos vividos en este país en los últimos años. A Vázquez de Mella le retiraron el nombre de una plaza en Madrid, seguramente porque la pusieron los franquistas, los mismos que traicionaron al carlismo que él defendió contra casi todos. Ahora leo que en Bailén retiran una calle a Tierno Galván, un hombre culto, moderado, convencido de los beneficios del socialismo democrático, que se negó a que le retiraran el crucifijo de su mesa de alcaldía. Uno se pregunta qué clase de personas son las que retiran y persiguen a hombres y mujeres por el hecho de pensar de manera diferente. Mella fue un ejemplo de defensa de ideas en las que creía. Pudo equivocarse pero vivió convencido de ellas y luchó por ellas desde la coherencia, con hechos y palabras.

Muchos años después, Julio Anguita, de ideas tan diametralmente opuestas, se retiró de la política para volver a sus clases y su sueldo de maestro de escuela. Ningún español con dos dedos de seso puede renegar de su ejemplo. Gerardo Iglesias, asturiano como Mella, minero de profesión, que con cinco años tuvo que ver en directo la tortura brutal a su padre por colaborar con los maquis, varias veces encarcelado, dirigió el Partido Comunista de España, durante unos años, abandonó asqueado la política y regresó a la mina a pesar de ofrecimientos para ocupar cargos.

No, no todos los políticos son iguales. No todos viven de la política y aplauden lo que aplauden los jefes que les pagan el sueldo que les permite vivir. Así se lo soltó Casado a Abascal: nos traiciona alguien a quien le hemos dado de comer durante quince años… Esa concepción de la política se ha adueñado del Parlamento, la de fieles empleados por un sueldo que no pueden tener ideas propias. Una verdadera regeneración de la nación necesita de una clase política que lo sea por auténtica vocación de servicio a las ideas y a los ciudadanos. Necesitamos parlamentarios con vida propia que no sean esclavos del escaño para comer. Porque la política necesita de ideales y no de intereses.