La euforia se ha disparado entre las amigas y amigos del Cono Sur por las dos victorias seguidas, la del MAS en Bolivia y la del movimiento constitucionalista en Chile. Y en verdad, sumidos en el vértigo de una caída infinita, cuyo dolor solo conoceremos cuando lleguemos al fondo, estas dos noticias nos ofrecen algo de luz. Sin embargo, aunque no podemos reprimir la alegría, conviene no dejarse llevar por la euforia. Constituyen dos fenómenos muy diferentes que no pueden ser interpretados como si se trataran de dos aspectos de un mismo proceso histórico. La alegría puede iluminar la frialdad de la inteligencia, pero no debe nublar la mirada. Ninguno de estos dos fenómenos, aunque en la buena dirección, permite eliminar la inestabilidad democrática de sus países y, mucho menos la de la región. 

La victoria de Luis Arce en Bolivia tiene algo de esa justicia que mueve al entusiasmo. Demuestra con toda claridad que el golpe de Estado que separó a Evo Morales del poder era falaz, mentiroso y oportunista. Pero a pesar de todo, no podemos dejar de recordar que esa oportunidad la ofreció la torsión a la que Evo sometió a la constitución forzando cuatro mandatos. Hoy, tras la rotunda victoria de Arce, aquella torsión se nos demuestra también equivocada. Evo no era insustituible. Un mandatario que ha rendido servicios inestimables a su país, como él, debe confiar en su obra y en su pueblo, y suponer que este comprenderá que su gestión de gobierno tenía un equipo cohesionado y solvente, del que puede salir siempre otro dirigente. 

Por lo demás, Bolivia demuestra que los años de gobierno del MAS han transformado el país. Se ha generado una base social amplia y mayoritaria que desea seguir usando los recursos públicos del pueblo boliviano para atender intereses populares mayoritarios. En efecto, los grupos beneficiados por ese gobierno han sabido mantenerse fieles a una idea política. Por mucho que hayan visto mejorada su economía privada, no han caído en la trampa de pensar que era el momento de ceder a las llamadas liberalizadoras.

Quizá una explotación acelerada de los recursos del país en manos del candidato Carlos Mesa pudiera llevar a un ambiente de aceleración capitalista; pero nadie ha creído que de ese modo la riqueza nacional pudiera distribuirse de forma equilibrada, como esa lluvia fina que cala la tierra hasta llegar a las raíces de las que brota el bienestar de la gente. Así que las élites de la provincia de Santa Cruz han comprobado los límites de su capacidad directiva sobre la totalidad del país. Con una participación de casi el 90 % de electores, los resultados ofrecen una evidencia aplastante. Mesa ha bajado en escaños, y la posibilidad de que tomara fuerza mayoritaria un partido como Creemos, de clara raíz cristiana, no se ha concretado, a pesar de la parcialidad de la presidenta golpista. Así las cosas, el MAS se ha mostrado un partido hegemónico.

Que los buenos resultados electorales del campo popular no dependan de un caudillo es una de las mejores noticias que puede llegarnos de América del Sur. Es la promesa de una estabilidad de políticas progresistas, tan necesaria al sur de Río Grande. Este resultado, además, debería mostrar el camino a los países que han caído en el laberinto de líderes que se empeñan en el callejón sin salida de la autoafirmación personal, como Nicolás Maduro. Nos habla de la posibilidad de poner los inmensos recursos de la región al servicio de la ciudadanía y no de las élites minoritarias, ya sean las criollas tradicionales o los herederos oligarquizados de movimientos populares genuinos.

Pero ninguno de estos aspectos positivos de Bolivia se da en Chile, y por eso nuestro entusiasmo no puede ser tan nítido. En Chile no ha participado más que el 50 % de la población y, aunque la exigencia de un cambio constitucional ha ganado en todo el país, a excepción de las tres comunas elitistas de la capital, ese triunfo por un alto 80 % no presenta la rotundidad del triunfo de Arce. Pero hay mucho más. La oligarquía chilena está bien instalada en el centro neurálgico de la capital, no en un departamento como en Bolivia. Que esa oligarquía haya mostrado su rechazo a una nueva constitución hace temer movimientos para reducir el cambio a un asunto de cosmética. Que Sebastián Piñera se haya apresurado a ponerse al frente del triunfo del pasado domingo, testimonia una actitud seguramente oportunista. 

No solo eso. Como me comenta mi amigo Rodrigo Castro, observador atento de las cosas de Chile, está por ver cómo encajará el estallido social que conoce el país desde 2018 en el nuevo movimiento constitucionalista. Las preguntas aquí son importantes. En realidad, no sabemos si el proceso constituyente estará en condiciones de canalizar políticamente el malestar social que el estallido revela. Por supuesto, que haya triunfado la opción de una constituyente desde abajo, frente a la opción de una constituyente manejada por los partidos políticos, es una buena noticia. Pero todavía queda por saber cómo se va a elegir a los miembros de la Asamblea. Según se defina el proceso, se darán más o menos oportunidades a los partidos oficiales para reconquistar las posiciones de las que han sido desalojados por la justa desconfianza de la ciudadanía.

Aquí es donde se abren los interrogantes más oscuros, aunque no los únicos, si pensamos en cómo se resolverá el problema de integración de minorías étnicas, como los mapuches. Pero al margen de esto -lo que ya ha resuelto Bolivia- está el hecho de que el proceso constituyente obligado ahora resucita a multitud de viejos políticos que confían en la fuerza mitificadora del olvido, regida por la consideración de que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto, si este camino se impusiera, tendríamos serias dudas acerca de que el proceso constituyente sea capaz de canalizar el estallido social, cuyas aspiraciones materiales exigen transformaciones muy profundas de la constitución existencial, de la estructura social y de la forma productiva. 

Y aquí surge una dificultad adicional. Tras el estallido social, según cuentan los que lo han analizado a fondo, no hay una fuerza política clara, directiva. Es pura energía popular, pero sin que exista algo parecido al MAS de Bolivia. La forma neoliberal vigente, y la complaciente coexistencia de los partidos oficiales con una constitución heredada del dictador, ha destruido las comunidades políticas básicas. Esta será la hora de comprobar si el neoliberalismo produce sociedades en caos, incapaces de un orden político democrático, y que por eso mismo alberga afinidades con salidas autoritarias cuya proliferación no cesamos de ver.