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El pulpo, como España, está constituido por regiones autónomas: las de sus ocho brazos (nueve, si contamos la cabeza). Cada uno de los brazos actúa por su cuenta a la vez que en coordinación con el resto. Este es uno de los misterios de ese animal capaz de producir, en palabras de Peter Godfrey-Smith, un «excedente mental». Veamos: ¿se puede ser completamente libre y estar subordinado al mismo tiempo a los intereses de una entidad superior? Los tentáculos del pulpo demuestran que sí. Pero quizá nuestros dedos también. De hecho, los míos ejecutan por su cuenta acciones que implican determinado grado de independencia. Cuando acudo al cajero automático, por poner un ejemplo, son ellos los que guardan memoria de la clave secreta. Si a mí se me ocurre recordarla, se hacen un lío y ponen el número que no es. Tengo, pues, cinco dedos en cada mano que saben desde que se levantan hasta que se acuestan lo que deben hacer. No he de pedirles que me abrochen los botones de la camisa, ni que descorran la mampara de la ducha, ni que regulen la temperatura del agua.

A la manera de los brazos del pulpo, cada uno lleva a cabo su misión de forma libre, a la vez que dependiente de los intereses generales del cuerpo. ¿Y qué decir del corazón? Late y late sin que tengamos que darle orden alguna durante las 24 horas del día, a lo largo de los 80 años o más que vivimos los seres humanos. El corazón disfruta haciendo lo que sabe, que es bombear oxígeno, pero está sometido de algún modo al trabajo de los pulmones. ¿Entran por eso en un conflicto de intereses? Pues no. Quédese quieto usted un instante, escúchese, escuche los ruidos de su cuerpo y comprobará que muchos de sus órganos actúan para sí sin dejar de hacerlo para el conjunto. El caso del pulpo es único porque en palabras del científico citado más arriba, autor del libro ‘Otras mentes’, «está bañado de nerviosidad; el cuerpo en él no es una cosa separada del cerebro». Fantástico, ¿no? Todo en él es cerebro o todo en él es cuerpo, lo mismo da, pues ambos permanecen entrelazados sin que sea posible distinguir sus fronteras. Así debería funcionar España pese a sus 17 autonomías y su Gobierno central. ¿Por qué no imitar a ese molusco tan sabroso?

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