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Juan José Millás.

Seguir viviendo

La gente con miedo a volar se pasa el viaje interpretando la expresión de la azafata cuando recorre el pasillo para comprobar que todo el mundo lleva el cinturón como es debido. Nuestra azafata muestra un gesto preocupado, seguramente porque esa mañana ha dejado al niño con fiebre, al cargo de su madre. No es que se vaya a caer el avión, en fin, pero el pasajero medroso piensa que nos vamos a estrellar. Cada cual lee la realidad desde sus miedos o desde sus júbilos. Leerla desde los miedos tiene la ventaja de que cuando el avión aterriza normalmente te sientes afortunado. Leerla desde el júbilo suele acabar en decepción, ya que los delirios optimistas se cumplen menos que los pesimistas.

Pero desde la decepción se da un salto otra vez al júbilo. El motor de la vida es el deseo. La decepción es saludable en la medida en que pone en marcha una y otra vez ese motor. Significa que cuando alcanzamos algo por lo que hemos luchado, nos damos cuenta de que no nos llena. No nos llena del todo, de ahí que pongamos las energías al servicio de otra meta. Si lo alcanzado no satisficiera plenamente, moriríamos en el acto como muere la mariposa al alcanzar la llama, que es el objeto de su deseo. Pero nada nos colma hasta ese punto. Podemos quemarnos las alas un poco con la consecución de un objetivo, pero muy poca gente se abrasa. 

Mi compañero de asiento, en el avión, me pregunta que haré cuando llegue a destino.

-Si llegamos -añade, pues le da pánico volar y no le ha gustado el gesto de la azafata.

-Espero -le respondo- que en el aeropuerto esté esperándome una persona muy importante para mí.

- ¿No tienes miedo a que se caiga el avión?

-Tengo miedo a que no aparezca esa persona.

Aterrizamos sin problemas, por lo que felicito a mi interlocutor. Luego, abandonamos juntos las instalaciones, pero a mí no me espera nadie. Al despedirnos, me mira compasiva o solidariamente, no lo sé. He ahí, juntos, un caso de alivio y otro de decepción. El miedoso se va más contento que yo. A mí me cuesta reponerme un día y medio, lo que se tarda en hallar otro objetivo para seguir viviendo. 

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