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Alfons Garcia

Cuando éramos dioses

Alrededor del coche la vida fluye, las terrazas parecen las de siempre y los perros siguen jugando en el parque. La luz de este mediodía de otoño viste con traje de normalidad este tiempo increíble. Los días continúan siendo los días, aunque poco se parezcan con los que ya casi ni recuerdo. En la radio recuerdan a Sol. Otra muerte más en este largo periodo de despedidas. Es como irse un poco. La muerte enciende los recuerdos de la infancia. Pasó con la de Españeta hace tan poco. Veo la ilusión de los fines de semana en casa de los tíos, cerca del estadio, salir a cenar, sesión doble en el cine de barrio (fascina que pueda decir el título de alguna de esas películas vistas hace mil años y que haya olvidado la que vi el fin de semana pasado en la tele), el sueño en una cama extraña y, al día siguiente, el partido. Aquellos días tenían el valor de lo inusual. El campo era después un ambiente familiar. El portero conocido (el del torno) dejaba entrar gratis al niño que iba con el socio de toda la vida; el sitio en la grada de pie era el de siempre, con los de siempre, que se hablaban de tú con la confianza de volver a encontrarse quince días después en el mismo lugar; el empleado del reloj que dejaba que el niño se subiera a los escalones del marcador para ver mejor aquel verde con calvas y charcos de un mundo que no quería ser perfecto, al contrario que los campos de videojuego de hoy. Y entonces se hacía el ruido de la masa y allí estaban los futbolistas con aspecto de señores mayores: bigotudos y melenudos. Y aquel señor regordete y simpático que recogía los balones, correteaba por la banda y bromeaba con los jugadores de blanco. Ganar y ganar y ganar. Sin descubrir por suerte que siempre se está perdiendo. Cuando éramos dioses entre ilusiones.

Las noticias pasan a la misma velocidad que el paisaje urbano: la despedida a Sol de un club con alma pero sin cuerpo, dos mil muertes de valencianos por el virus, las peleas pasajeras por los presupuestos de aquí y allá y esa voz desesperada de una madre en medio del mar. He perdido a mi bebé, dice en su idioma. La radio explica que rescataron finalmente al pequeño de seis meses, lo reanimaron pero no sobrevivió. La madre regresa a África con un hijo sin vida. Es posible huir sin nada y regresar con menos que nada. Es posible. La epidemia que nunca pasa es la de la miseria. Está oculta porque está lejos de estas calles de opulencia.

Ahora nos percatamos de demasiadas despedidas, cuando nos creíamos sólidos en una vida segura y tranquila. Cuando la muerte era un compañero inevitable y no una amenaza cercana. Otra ha sido la de Rafael Pla. Otro amplificador de recuerdos desde su melena blanca. Me veo en medio de dos niñas, en la Alameda de València, entre luces de coches, de la mano, con prisa como siempre. Es la primera vez de muchas cosas. La primera vez del Gran Fele. La primera vez de esa niña rubia y seria recién llegada de los confines. La lluvia azota, un coche pasa demasiado cerca, pisa con fuerza el charco sobre el paso peatonal y el agua las cubre a ellas de la cabeza a los pies. Estalla en llanto. Creo que es la primera vez que la veo llorar. Noto el miedo. El del momento y el de la vida nueva y extraña. Recuerdo luego su risa con el señor Pla. La ilusión al salir de la carpa. La velocidad del olvido. Cuando éramos dioses. 

Tengo pocas dudas de que esto será como agua sucia de un mal charco. El olvido cumplirá pronto su misión. Saldremos sonrientes de una próxima función. La tristeza se desvanecerá. Quedará la marca intermitente en el recuerdo. Pero volveremos a creernos gigantes, reyes de un tiempo siervo. Es más que posible que el día después sea como el día de ayer, que actuemos como si nunca pudiera volver a pasar. Es más que posible porque algo así hemos hecho entre la primera y la segunda ola. Porque así ha sido el pasado. Tiempo de dioses caídos.

El semáforo cambia de color. El mundo se pone en marcha. Los cláxones suenan al otro lado. Demasiadas batallas políticas vacías fuera. Dentro, todo es silencio quieto. 

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