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Juan José Millás.

Uno y dos

Sabíamos que Juan Carlos vivía como un rey porque ejercía de tal. Y lo aceptábamos porque somos ingenuos y fieles a las jerarquías. Cuando los empresarios de Mallorca le regalaron un yate, nos quedamos un poco absurdos, pues el asunto sonaba a corrupción. Ahora bien, como la prensa, el gobierno y la oposición recibieron la noticia con naturalidad, logramos acallar nuestro desasosiego en la idea de que éramos unos estrechos. -Pero si no es más que un barco de lujo -nos señaló el idiota que llevamos dentro. Y como solemos hacer más caso al idiota que al listo, reprimimos las ganas de censurar la mordida, al menos hasta que algún periódico, alguna tele o alguna radio manifestaran su desacuerdo. No sucedió. Juraría que ni en el Mundo Obrero de la época, órgano del Partido Comunista, se nos alertó acerca del sapo que nos estábamos tragando.

El Fiscal General del Estado, por supuesto, tampoco actuó de oficio. Todos, increíblemente, colaboramos en el blanqueo de un suceso más negro que los dólares que le salen ahora al emérito por las orejas. Sea, en fin, nos dijimos: que el rey viva como un monarca de cuento de hadas. Y allá donde no alcance él con su mano, llegarán los empresarios con su espada. España y yo somos así, señora. No sabíamos que Juan Carlos se había pasado a la clandestinidad. Ignorábamos que era un ricachón oculto sin tener ninguna necesidad de ello porque se movía gratis total en todas partes. Y no solo él: sus yernos, sus hijas, sus nietos, su señora: todos iban y venían, entraban y salían. Quien no tenía una yegua, como Victoria Federica, disponía de un Audi, como Froilán, o de un palacete en el centro de Barcelona, como Urdangarín y Cía. El propio Felipe VI y doña Letizia hicieron un viaje de novios de pareja acaudalada. No había, en fin, ninguna necesidad de meter la mano en la caja ni de andar cobrando comisiones. ¿Qué fue, pues? Fue que una existencia sabe a poco. ¿Por qué vivir como un rey pudiendo hacerlo como dos?

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