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Levante-EMV

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María Isabel

Violencia física y violencia psicológica

Nuevamente un año más reivindicamos el 25 de noviembre, tolerancia cero a la violencia contra las mujeres. Este año no podemos salir a la calle por la Covid-19 a manifestar nuestra repulsa, pero eso no querrá decir que no vayamos a seguir reivindicando no más muertes, ni violencia hacia las mujeres.

Cuarenta mujeres asesinadas, seis hijos e hijas y quince huérfanos, en lo que va de año en nuestro país, no pueden quedar sin más, en cifras estadísticas, en un año donde todas las noticias y las estadísticas se las lleva el virus. El 2020, el año donde las muertes de mujeres a manos de sus parejas y exparejas es de un 78% de las muertes por violencia de género, sin contar aquellos feminicidios de mujeres que lo han sido en otras esferas solo por el hecho ser mujeres y bajo el paraguas de la desigualdad, mujeres prostituidas, vulnerables, anónimas.

El aumento de las denuncias tras el confinamiento ha supuesto un 61% más que en las mismas fechas del año 2019, tras el confinamiento de marzo, abril y mayo. Los efectos de la pandemia con la reclusión, sin apenas tiempo para salir y denunciar porque el maltratador está en casa todo el tiempo, son devastadores para la integridad psíquica y física de las mujeres, sus hijos e hijas.

El aislamiento social, que ya venían sufriendo muchas mujeres que pasan por la violencia de género, ha ido a mucho más, en los días de confinamiento, una excusa perversa del agresor para dominar y controlar mejor a las mujeres, control sobre el móvil, internet, control sobre el tiempo y el espacio, control sobre los hijos, control sobre el sueño y la vigilia, control sobre el cuerpo de las mujeres.

También, tengamos en cuenta que las mujeres han aumentado el consumo de ansiolíticos y antidepresivos en esta pandemia con respecto a años anteriores, frente al incremento del consumo del alcohol de los hombres. Hechos que aislados representan posibles problemas de adicción, pero que en ambientes violentos como el que nos ocupa pueden jugar un efecto casuístico de aumento de las agresiones y sus consecuencias, unas correlaciones que pueden dar como efecto más violencia si cabe, no siendo un atenuante el alcohol, sí que es un disparador que desinhibe las conductas violentas y el consumo de ansiolíticos y antidepresivos una manera de atenuar “la angustia, el miedo, la vergüenza, la culpa y la tristeza”, que sienten muchas de las víctimas de la violencia de género.

Porque estar las 24 horas con el maltratador, con todo el tiempo para “humillar, vejar, gritar, empujar, decirle lo inútil que es, que nadie la va a escuchar, que nadie la va a creer, y que no puede salir a pedir auxilio”, es más fácil en el confinamiento. El terrorismo doméstico se instala y las denuncias son más difíciles de hacer contra aquel que está todo el tiempo en casa sin perder el control de la víctima, controlando sus salidas y hasta su respiración. Si antes se encendían todas las alarmas ante la llave en el picaporte de la puerta y la esperanza era que llegase de buen humor, ahora ya ese mal humor es perpetuo, porque siempre habrá una excusa para maltratar. La pregunta es ¿cómo llamar por teléfono?, ¿cómo avisar a la vecina?, ¿cómo salir a denunciar a la Guardia Civil?, ¿cómo huir?

Como un animal en jaula que no tiene ninguna salida, la víctima se resigna y se crea lo que llamamos los psicólogos “la indefensión aprendida”, hagas lo que hagas, vas a sufrir el maltrato, nada le impide al maltratador matarte a ti y a tus hijos bajo el paraguas de un techo que se suponía seguro, por tanto lo mejor es estarse quieta, tan quieta que pasado el estado de fase, la víctima siente que no puede salir de las cuatro paredes, porque su experiencia le dice que quieta va a estar más segura, recuerdan el pequeño elefante del circo del que habla Jorge Bucay, que insistió tanto en tratar de desatar su pata amarrada que ya de grande ni lo intentaba, pues desconocía su fuerza para poder zafarse de su estaca.

Imaginemos por un momento el terror, y la tortura que reciben las mujeres a diario las 24 horas del día, aterrador, tanto como invalidante.

Y el terror de los niños y niñas que no van a la escuela y que ven en primera persona a su padre maltratador todo el día, el colegio también es una tregua a la vivencia diaria de maltratos y ahora esa tregua no existe, son niños y niñas víctimas que viven todo el tiempo con el agresor, que proyecta sobre los hijos toda una cultura de poder y sumisión. Los hijos nunca fueron ajenos a la violencia, pero ahora están más presentes y para ellos es más peligroso el padre agresor que el virus pandémico.

Se hacen más necesarias que nunca las campañas de concienciación y aquellas dirigidas especialmente a las mujeres que viven aisladas entre las paredes con su carcelero. Los medios de comunicación juegan un importante papel a la hora de difundir mensajes que den confianza a las víctimas para salir y denunciar. La conciencia ciudadana es fundamental para denunciar los hechos que se ven desde el otro portal o desde la ventana, o los gritos en medio del silencio.

Sin duda, es importante que llegue el mensaje a todas esas mujeres que sufren a diario el maltrato y la violencia, “Se Puede Salir “, existen medios para evitar la violencia y la muerte y que no está sola en todo el proceso. Existen personas para ayudarla y que se debe trazar un plan de huida que requiere tomar la decisión de acabar definitivamente con la violencia y recuperar una vida llena de futuro e ilusión. Existen múltiples caminos que llegan a la salida para ella y sus hijos e hija. Hay que trazar, entre otras cosas, un plan donde se asegure su integridad, hacerse con la documentación necesaria, esperar un descuido de control del maltratador y romper los barrotes de la violencia, existen pisos y dispositivos que la van a acoger y lo que hoy le parece un mundo incierto, algún día lo verá esperanzador.

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