Adriana Lastra tiene razón en su respuesta a Alfonso Guerra y a Rodríguez Ibarra. Ahora le toca a otra generación dirigir el país, y la de ambos expolíticos no debe tutorizar a la anterior. Esta respuesta, que exige disciplina de partido a quienes en su día la impusieron con mano firme, debería generalizarse a otros mandatarios invasivos de la libertad de la juventud. Por supuesto, no exime a Lastra de responder a las críticas de la ciudadanía. Su respuesta vale para un militante, no para la gente que va por libre. Estoy seguro de que Lastra compartirá que a ellos no se les aplica el argumento de que «ahora nos toca a nosotros». A mucha gente no le tocó nunca.

Esto es así porque, en la época de la crítica, el argumento de la edad es ‘ad personam’ y tiene poco recorrido. Siempre hay casos contrarios que dejan en mal lugar el argumento. La crítica que expresaba en mi artículo de la semana pasada sobre la ley Celaá presenta un caso en el que se podría usar el argumento de Lastra. Se trata de Alejandro Tiana, el verdadero autor de esta reforma que ha sido criticada de forma universal. Si la salida de tono de Guerra bien pudiera tener que ver con la voluntad de autoafirmación que apreciamos en los grandes hombres, es lógico que se le imponga silencio; pero entonces es preciso también acallar toda sospecha de que la acción de gobierno puede desviarse con esa misma pulsión. 

Alejandro Tiana no es ningún joven. Nacido en 1951, está más cerca de Guerra (1940) que de Lastra. Tiana fue secretario general de Educación del ministerio de San Segundo en el primer gobierno Zapatero y se considera el artífice de la LOE, de 2006. Salió del ministerio en 2008, y escribió un libro en defensa de su trabajo, ‘Por qué hicimos la Ley Orgánica de Educación’. A los cuatro años fue rector de la UNED, cargo en el que inició un segundo mandato, en 2017, con una mayoría muy holgada. Sin embargo, tan pronto Sánchez tomó posesión de su gabinete, Tiana dejó el rectorado de la UNED para regresar al ministerio como secretario de Estado. Su tarea era reponer su vieja ley. ¿No hay aquí nada de autoafirmación? 

Muchos habríamos deseado que se aplicara la divisa de Lastra en este caso. Podría haberse buscado a una persona de su generación capaz de encarar la promulgación de una ley de educación con mirada limpia, sin caer en los viejos hábitos y manías, y sin una historia tan determinante y personalista acerca de lo que necesita reformarse en nuestra educación. Y quizá esa persona habría estado en condiciones de no dejarse instrumentalizar para sacar un articulado deprisa y corriendo, que quizá pueda satisfacer la aspiración de Tiana a la justicia poética, pero que solo tiene como función mejorar las posibilidades de apoyar los presupuestos, al atender la demanda de ERC de que se derogue ese artículo provocador de la ley Wert que impugnaba el sistema de inmersión catalana. Aquel artículo, que se proponía españolizar a los catalanes, ha demostrado ser estéril, pues su única meta ha sido tensar la situación política y dar trabajo a los jueces con un rosario de demandas sin rumbo. 

Españolizar a los catalanes por ley es una de las cosas más ridículas de este mundo, aunque lo pida Sabater, pero cifrar una reforma educativa en este asunto es continuar con una pelea sobre la cerviz de profesorado y alumnado. Por supuesto, ese artículo debería ser derogado tan pronto como un gobierno razonable tomara el mando. Igualmente, se debe legislar sobre los colegios concertados, y condicionar su actividad por los fines constitucionales de igualdad y función social de las instituciones. Conocemos los abusos que se realizan en muchos colegios concertados contra la Constitución, en buena medida porque la época del bipartidismo compartió la agenda de refuerzo de la enseñanza concertada. En todo caso, es evidente que este asunto corresponde a una legislación social, no a una propiamente educativa. En este sentido, ese articulado es igualmente limitado en su aislamiento y, sin una comprensión compleja del asunto, será papel mojado cuando se ponga en marcha la maquinaria conservadora de recursos. Si alguien cree que con ese articulado se va a condicionar el día a día de los centros y las sentencias de sala, frente a la jurisprudencia y antecedentes existentes, es que, como Wert, no conoce lo que es un Estado administrativo. 

Así que al final tenemos un secretario de Estado que no está libre de sospecha de dar una batalla por su autoafirmación, una cesión para engrasar la entrada de ERC en los presupuestos y un punto de partida que, sin desarrollar, no será efectivo. Y a eso se le llama Ley Orgánica de Reforma Educativa para un país que presenta los peores índices de fracaso escolar y de paro juvenil, desmoralizado y distraído. Si tuviera que encontrar un nombre para esta forma de hacer política con un asunto esencial para la comprensión estratégica del futuro, diría que estamos ante el retablo de las maravillas. Nada de eso afecta al meollo de nuestra debilidad como sociedad. Pendientes de la autoafirmación, se nos escapa la realidad que, como es sabido, reclama cierto ascetismo expresivo.  

Es como el jaleo que se ha liado con Bildu, con motivo de los Presupuestos. Que el asunto de ETA acabó moralmente mal, todos lo sabemos; pero ¿cuándo acabó algo entre nosotros moralmente bien? La razón básica es que este país no tiene percepciones morales compartidas y solo usa la moral para dividir. Sucede con las víctimas de la Guerra Civil y con las de ETA. Para los actores y sus seguidores, los muertos no son víctimas, sino bajas en las filas enemigas. Nadie pide perdón por causar bajas al enemigo. Nuestra política no tiene bases morales comunes, sino invocaciones sectarias, como ese «el partido no es suyo» de Rodríguez Ibarra. Si alguien hubiera dicho algo parecido en los días de Guerra, habría conocido las tinieblas de la Gehena. 

Esta es todavía la sensibilidad profunda de mucha gente en España. Eso se aprecia también cuando se justifica ante la hinchada que se votan los presupuestos como parte de la lucha por destruir al Estado. Estas palabras, que construyen la papilla dulce para tragar la píldora amarga de realidad, y que los representados festejan emocionados, demuestra las dificultades que tiene este país para elevarse a un estadio civilizado superior, justo por carecer de conceptos básicos. Uno se anima cuando una nueva generación toma el mando. Pero desearía en verdad que fuera no hacer lo mismo que hicieron sus mayores.