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Alfons Garcia

Luciérnagas en la noche

Posiblemente esta columna no debería ser. Uno quizá no debería escribir cuando tiene más preguntas que respuestas. Cuando está tan perdido como el que más para entender un tiempo político tan bronco que corre el riesgo de contagiar a una ciudadanía que en general ha llevado esta larga etapa de inseguridades y miedo con madurez y rigor. 

Parecía que estábamos en posición de prietas las filas para hacer frente a la pandemia cuando se advierten pulsiones de repliegue en los gobiernos de España y la Comunitat Valenciana. Parecía que la unidad política era el mensaje cuando los últimos movimientos van orientados a atrincherar los bloques. A volar puentes. A forzar la imagen de sumisión del otro antes que la del diálogo y la cooperación. El otro hoy es Ciudadanos, que no es que sea mucho en escaños después de las últimas elecciones, pero tiene un valor simbólico porque es parte de los otros, visto desde estos gabinetes, alguien que gobierna autonomías de la mano de PP y Vox y cuyo movimiento puede tener un valor ejemplar. Parece una tontería, pero el mensaje que la política está ofreciendo a la sociedad es de «divídanse», cada cual a su frente, a su rincón del ring. 

En España, el vehículo de transmisión del mensaje ha sido el apoyo de Bildu y ERC para sacar adelante los presupuestos de 2021, necesarios para acceder al auxilio europeo para la reconstrucción. El movimiento ha exasperado a viejas guardias y pequeños reyes (no tantos, tres) de este tablero de taifas. La tesis dominante es que lo peor ha sido la escenificación. No lo tengo tan claro. ¿Qué modos son mejores: un apoyo silencioso, lógicamente con cesiones, porque eso es acordar, pero en la sombra, o una decisión sobreactuada y con amplificadores, como ha ofrecido el líder de Podemos? 

Algo parecido sucede con la última reforma educativa: más munición para el barullo a partir de debates que deberían haber caducado ya, como la convivencia de las lenguas del Estado y el peso del catolicismo en una escuela financiada con fondos públicos. Más argumentos para el enfrentamiento que para el encuentro. Como si fuéramos un pueblo condenado a guerrear por las aulas.

Parece que estamos en un momento de choque de placas tectónicas entre la política de antes y la de ahora. Entre la política con la que se construyó la transición desde la dictadura y la que es hija de la crisis de 2008. Entre la del bipartidismo pacífico y el progreso económico con el fondo del terror de ETA y la de la fragmentación y la polarización en una sociedad donde la precariedad económica impera. No me atrevo a decir que la baraja derecha-izquierda ya no sirva en esta partida y que el dilema sea ahora populismos contra democracia liberal, pero intentar entender el momento actual con una mirada del pasado solo puede conducir al extrañamiento y la desesperación. Lo que hay es indefinición y temor ahora que la pandemia ha devuelto al tablero la posibilidad de romper los bloques. La reacción es la resistencia. La opereta de moción de censura de la ultraderecha y las alianzas con altavoces de la izquierda con el ala más radical cuando el PP se movía hacia el centro y Cs hacía sonar la bisagra se juegan sobre un paisaje de choque de tiempos históricos. 

Como valencianos, los actores pueden cambiar (donde antes era CiU, hoy es ERC; donde antes era PNV, hoy es competencia entre estos y Bildu), pero el peso de las alianzas y las contraprestaciones se juega en las mismas casillas: Cataluña y Euskadi, las esquinas poderosas del tablero centralista español. A los demás se les oye algo más, las estructuras territoriales de los partidos estatales tienen también más peso, pero continúan siendo fichas accesorias. 

Y como ciudadanos, los problemas siguen siendo los que eran: la desigualdad y la precariedad no han frenado. Al contrario. Basta escuchar discursos de 2010 para observar la ausencia de cambios. Al final, la pregunta será de qué sirve toda esta transformación política. Puede conducir también al extrañamiento y la desesperación. A sentirnos más que nunca como luciérnagas en la noche, diminutos haces de luz sin destino cierto condenados a apagarse pronto en medio de un bosque oscuro y confuso.

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