Hace algunas semanas acapararon mi atención tres noticias en un telediario. La primera aludía a unos graves disturbios durante la noche anterior en la ciudad de Burgos, con violentos enfrentamientos entre unos manifestantes que lanzaban piedras a las fuerzas del orden público y quemaban contenedores tras celebrar una concentración en contra del confinamiento perimetral de la ciudad. La segunda fue un reportaje que reproducía imágenes muy duras que, pese a ser médico y haber visto morir a muchos seres humanos, consiguieron ponerme la carne de gallina al escuchar el relato de una enfermera de UCI que hablaba del miedo de los enfermos de Covid y el dolor que tantas veces le habían manifestado por no poder despedirse de su familia antes de la sedación. El tercer reportaje mostraba a algunos hosteleros y camareros lamentando el desastre económico que la pandemia suponía en su sector mientras una voz en off informaba de las cifras de pérdidas en el sector turístico, el porcentaje de cancelaciones hoteleras y los pocos clientes que se alojaban en los hoteles ese fin de semana (puente del uno de noviembre) en comparación con los llenos de 2019.

 

Una vez más me indignó comprobar como los medios informativos enviaban mensajes contradictorios al contemplar la realidad desde su perspectiva más trascendental (la salud pública, el sufrimiento de quienes enferman de Covid-19, las secuelas de los supervivientes, las muertes), mientras en la otra cara de la moneda dirigían nuestra atención hacia las repercusiones socioeconómicas y la necesidad de combatirlas. Son muchos los mensajes contradictorios que nos bombardean, ya no sólo desde los informativos sino también  desde las instituciones gubernamentales, al plantear una disyuntiva con dos opciones: por un lado dedicar esfuerzos a combatir al coronavirus, y al mismo tiempo sugiriendo la posibilidad de hacerlo cediendo a la presión del sector financiero y empresarial que, a poco más de un mes, intenta descaradamente que nos esforcemos en salvarlas navidades cuando lo prioritario es salvar vidas y mejorar la salud pública.

 

Nos dan una de cal y otra de arena, me siento subliminalmente manipulado y no consigo ver claro el mensaje que pretenden imbuirnos, ni tampoco que porcentaje de información es lo que aparenta ser y cual contiene lo que subrepticiamente se nos quiere inculcar. Si nos fijamos bien en las tres noticias, la más de mayor relevancia es el testimonio de la enfermera de la UCI, un reportaje que debería emitirse hasta la saciedad —este u otros similares— para concienciar de la emergencia sanitaria que atravesamos a los sectores más irresponsables de la ciudadanía. Echo de menos spots divulgativos institucionales que nos imbuyan el chip de que estas navidades no serán normales ni deben serlo bajo ningún concepto. Ya intentaron colarnos por la puerta falsa un verano en el que, tras una rápida desescalada, se animó subliminalmente a apoyar al sector turístico mientras el virus seguía —sigue— en el ambiente, con el resultado de la segunda ola que ahora padecemos. Si en todas las cadenas de televisión y emisoras de radio se difundiera una dura campaña de concienciación (hablando de salud pública y no de repercusiones económicas) probablemente venceríamos antes a la pandemia. 

 

Tras la eclosión de casos el pasado mes de octubre, las cifras demuestran un descenso de nuevos diagnósticos en los países que adoptaron medidas tajantes de confinamientos y cierres a nivel nacional (Francia, Bélgica, Países Bajos, República Checa), algo que no ha sucedido aun en España donde  las disposiciones no han sido tan severas. Consideremos que cuantas más muertes, enfermos y secuelas ocasiona el coronavirus en un país, más difícil le será remontar la crisis económica, sencillamente porque una población diezmada no trabaja, no consume ni produce riqueza. El orden prioritario debe ser siempre restaurar la salud, aunque en muchos aspectos esto sea incompatible con salvar simultáneamente una economía que mas tarde o mas temprano siempre se acaba recuperando.