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Gándara

"Tu mirada ilumina el mundo"

   Cuando mi hija cursaba segundo de bachillerato y estaba paralizada por las dudas de qué estudiar después, hubo un momento en el que llegó a gritar que le daba exactamente igual qué carrera escoger, que lo único que verdaderamente le inquietaba era tener una respuesta que dar a las diez veces por semana que alguien le preguntaba, y el año que viene qué. Vivimos en un mundo en el que la gente se conforma con cualquier cosa con tal de decir que tienen algo, aunque lo que tienen no lo quieran.

Recordé este episodio cuando la semana pasada leía esas noticias de que el gobierno belga permite tener un compañero de mimos y en Alemania los jóvenes pueden elegir un solo amigo fijo. Pensaba en qué pasaría si nadie te elige o si eres tú quien no tiene a quien escoger. Si lo importante sería poder contestarle sí a la mismísima Merkel, sí tengo un compañero de mimos, un amigo fijo o un buen novio. Y si lo de menos volvería a ser si le quieres. Todo ese mundo perdido y malgastado entre querer tener y querer lo que tienes.

Esa forma de envenenarse de conformismos, de planes B que no son el A pero que al menos implican haber conseguido algo, haber avanzado en la dirección socialmente prevista, aunque no sea la que deseabas. Que cuando ese amigo de la infancia te llame y te pregunte cómo te va la vida, puedas decirle, ¡bieeen!, casado, con hijos y una casa en la playa; por mucho que sepas que irte, irte, te va de pena.

Pensaba también, que la última ocasión en que escogí increíblemente bien, fue porque alguien lo hizo por mí y me regaló el libro de Susanna Tamaro “Tu mirada ilumina el mundo”. Y ahora, lo que realmente querría, no es contaros que lo he leído, sino que volviera a ser ese momento en que lo empecé a leer. 

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