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higinio marín

Demócratas secuaces

Si la discusión política se desenvuelve sobre la suposición sistemática de la mala fe del otro, la política es un alambre de espinos

Le llaman polarización política, pero consiste en la incapacidad creciente para hablar de política entre personas con puntos de vista distintos, porque, entre otras cosas, los puntos de partida de unos y otros son reproches e incriminaciones que transforman cualquier conversación en pendencia.

Sabemos que ha sido así en el País Vasco y últimamente también en Cataluña, donde familias, amigos y vecinos preservan la convivencia soterrando las diferencias en bodegas que lejos de decantar los conflictos los fermentan en enconos más viscerales. Hace años que ese clima se va extendiendo fuera de esas comunidades políticamente más tensionadas hacia el conjunto de la sociedad española.

Si la discusión política se desenvuelve sobre la suposición sistemática de la mala fe del otro, la política es un alambre de espinos. Los medios de comunicación se atrincheran sin recato ni sonrojo en brigadas partidistas al amparo de las «líneas editoriales» de los medios. Por lo que parece, tener una ideología exime de la necesidad de pensar tan ecuánime y ponderadamente como sea posible.

También lo hacen los jueces y fiscales que modulan visiblemente sus actuaciones y sentencias según ideologías personales. Todo ello en un contexto de falta de escándalo público que merece la más escandalosa de las denuncias y alarmas sobre el deterioro institucional y nuestra nula capacidad crítica.

Es ya una suposición general que no hay lugar para una equidad profesional capaz de reunir a unos y otros en acuerdos amplios. Al revés, jueces y fiscales progresistas y conservadores se agrupan, discrepan y aúpan entre sí como si los profesionales del poder judicial no tuvieran particulares deberes de imparcialidad y objetividad. Y lo que es peor, lo hacen sin producir la estupefacción general, sino ante una pasividad acrítica y conformista.

Y qué decir de los ámbitos académicos concernidos por unas u otras iniciativas políticas. Los que hace años clamaban entre huelgas y manifestaciones por el dialogo previo a las reformas de las leyes educativas hoy callan sin avergonzarse. Mientras, en la universidad, la mayor parte de nuestros historiadores han conseguido escribir historias de derechas e izquierdas tan irreconciliables como lo fueron los conflictos que estudian, sin que prosperen entre ellos inteligencias libres y capaces de relatar comprensivamente y contra sus propios sesgos los distintos puntos de vista en los conflictos históricos.

Esta inundación ideológica de todos los aspectos de la vida social e institucional es causa y efecto de una creciente agresividad en las discrepancias. Es cierto que la política está siempre entre el acuerdo y el conflicto, pero hay ideologías para las que el conflicto es la mecánica de los asuntos políticos y encrespan las discordias para sacar provecho de la radicalización. Esta visión de lo político lleva tiempo imponiéndose entre nosotros y ahora parece campar entre victorias constantes que no hacen más que realimentar las ulceraciones de las que se alimentan.

Es evidente, para mí, que hay políticos, partidos e ideologías que procuran esa forma incruenta del odio y que lo conciben como el impulso mismo de los asuntos políticos: se trata de llevar el miedo al bando opuesto y alimentar la propia satisfacción con el perjuicio infligido al otro.

Es seguro que la inmensa mayoría de los políticos, jueces, fiscales, periodistas, maestros, profesores o policías que convierten sus ideologías en el sesgo de su ejercicio profesional se tienen por demócratas, y muchos de ellos por indiscutiblemente demócratas. Y seguramente lo serán, pero no por ello menos secuaces, es decir, incapaces de servir a más objetividad o justicia que la de su bandería política.

Esta forma de tribalismo es capaz de generar sesgos emocionales y cognitivos por los que, por ejemplo, unos muertos conmueven y otros no según quepa responsabilizar de ellos al gobierno de un color u otro. Esta degradación de la conciencia personal y ciudadana se está convirtiendo en una amenaza real para nuestros sistemas políticos de convivencia y merece que no minimicemos su importancia.

Cuando Tito Livio relató la fundación de Roma recogió la leyenda que presentaba a dos gemelos, uno de los cuales, el favorecido por los dioses, trazó un surco en la tierra mientras declaraba que aquel límite de la nueva ciudad le costaría la vida a quien lo allanara. Remo, el gemelo despechado, lo saltó mientras se mofaba de la pretendida solemnidad del juramento de Rómulo que, inopinadamente, cumplió su palabra matando a su gemelo.

Muchas lecturas se han hecho del relato. Pero entre todas hay una poco discutible: el surgimiento de la ciudad –y de la ciudadanía– implica que la fraternidad, que había sido el vínculo de las sociedades tribales, es desplazada por una nueva clase de ligadura: la ley, la norma que regula por igual y sin excepción a todos los miembros de una nueva clase de sociedad, la vecinal. Lo que los vecinos –extraños entre sí– tienen en común, uniéndoles y separándoles, es la linde, una señal hecha en el suelo, como aquel surco primero. Así que los ciudadanos surgen como extraños regidos por leyes que se sobreponen a los vínculos de los clanes tribales.

Las sociedades de ciudadanos se degradan en la medida que resurgen las facciones tribales que ponen en entredicho el espacio común abierto por la discusión capaz de llegar a acuerdos sobre lo público. Y eso es, por paradójico que parezca, lo que estos hiperdemócratas pendencieros y secuaces causan cuando anegan con su sesgo ideológico todos los ámbitos, instituciones y profesiones de relevancia pública.

Hay otra forma de concebir la política distinta de la confrontación constante para hacer retroceder las posiciones del discrepante y arañar los intereses ajenos siempre en favor de los propios. La política que, desde la propia posición y el empeño por hacer prevalecer los propios puntos de vista e intereses, mantiene, no obstante, la disposición a ceder en favor de hacer habitable el país y las instituciones al conjunto de los ciudadanos, también y sobre todo a los adversarios ideológicos.

Esa habitabilidad que significa la consideración de sus puntos de vista también cuando son minoría, es la característica de una concepción de la política que conjuga el enfrentamiento con las exigencias de la convivencia, sin dejar degradarse lo común en banderías tribales enfrentadas. Es lo que, con todos sus defectos, hicieron los hombres del 78, a los que ahora nuestros hiperdemócratas denostan como la vieja política, como si su tribalismo ideologizado no fuera lo viejo y castizo entre nosotros, tan desgraciadamente incapaces de discutir sin embestir.

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