Reconozco que con los músicos callejeros tengo una relación ambivalente o de sentimientos contrapuestos para entendernos. Por un lado, más de una vez he sentido un punto de emoción cuando en uno de esos pasillos inhóspitos y feos de los metros urbanos, por esos mundos de Dios, Londres, París, de repente me ha saltado el sonido de un violín o de un acordeón a cargo de un músico, ajeno - bueno eso es lo que creo yo- al trasiego de personas que pasan por un lado mientras interpretaba a Mozart o Astor Piazzolla o una versión de ‘La vie en rose’. Una sensación balsámica que contrastaba con el vértigo de unos pasillos atestados de una humanidad febril, veloz por coger el próximo metro. En la otra cara de la moneda se encuentran esos músicos callejeros que, guitarra en mano, aquí como arma de destrucción de masiva, te embisten sin misericordia mientras intentas beberte tranquilamente una cerveza o tomarte un café sentado en una terraza. El otro día escuchaba los guitarrazos inclementes de uno de estos músicos espontáneos que para mayor gloria además cantaba, o sea músico-cantautor-urbano-callejero; no sé lo que hubiera dado por llevar una bolsa de monedas y arrojársela a la cabeza como penitencia. O todo junto, crimen y castigo. Desconozco si este tipo de contaminación acústica está contemplada por nuestras ordenanzas municipales, pero al paso que vamos habrá que ir tomando nota antes de que la cosa no vaya a más y alguien se tome la justicia por su mano después de haber escuchado durante cerca de media hora a un imitador de Narciso Yepes. O de Joaquín Sabina, que no sé qué es peor.

Estos días he vuelto a tener noticias, después de un tiempo de silencio, del maestro Babalú, como el título de aquella canción de la peruana Yma Sumac que ponía los oídos al borde un ataque de nervios; bueno Babalú, o Duludú, Bufalú u otros nombres en consonancia con su rango. Este maestro vidente posee, entre otras cualidades naturales, la capacidad de multiplicarse, de manera que cada cierto tiempo muda nominalmente, aunque sus facultades continúen intactas. Entre otras posee el don de solucionar problemas sentimentales, laborales, mal de ojo, impotencia sexual, etcétera. No hay nada que se le resista al maestro o gran médium con 29 de años de experiencia, como indica en su tarjeta publicitaria. A mi, lo que me genera mayor confianza es que al final de su hoja o tarjeta de presentación indica: «Trabajo serio y garantizado 100 %». Para los tiempos que corremos que alguien te garantice el 100 por 100 y más a la vista de las materias tan delicadas que se lleva entre manos el maestro vidente, resulta muy estimulante. Estoy por recomendárselo a la familia Pantoja a la vista de su último harakiri mediático retransmitido con gran pompa y ceremonia por Tele 5.

Aunque mis gustos televisivos no se encuentren muy cercanos a la cadena privada, tengo que reconocer el excelente montaje del espectáculo televisivo con la familia Rivera-Pantoja, y un Kiko Rivera que se diría que acababa de salir del Actor’s Studio después de haber asistido a unas clases magistrales con Lee Strasberg. No sé cuando se publique este artículo lo que habrá segregado o dado más de sí el ‘show’ televisivo, si habremos visto a una Isabel Pantoja respondiendo a los insultos y lamentos de su vástago revestida con el ‘péplum’ de la tragedia griega y convertida en una Medea dispuesta a ajustar las cuentas con su díscolo hijo. O con un Kiko Rivera reeditando otro título trágico, ‘Edipo, el hijo de La Cantora’, dispuesto a desvelar toda clase de secretos inconfesables ocurridos desde su más tierna edad. Y ya no hablo entrando en acción Chabelita Pantoja, con lo que la tragedia doméstica se acercaría más a una sesión de psicoanálisis o exorcismo televisivo de viernes noche. Y todo, como anuncian en sus premios, ¡desde casa!