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Ricard Pérez Casado

plaza mayor

Ricard Pérez Casado

Exalcalde socialista de València (1979-1989)

Laicidad

En esta víspera del aniversario de la Constitución puede resultar oportuno abordar un tema constituyente. Cierto que la muchedumbre constitucionalista puede sorprenderse por la irrupción de un extraño, ciudadano por más señas, que no goza de la toga académica del gremio. Como carecen de la misma los dirigentes políticos que se han autoerigido en constitucionalistas. Constitucionalista, como histórico, parecen adjetivos condenados a la obsolescencia más inmediata.

Por partes. En Francia se ha abierto un debate de ecos seculares sobre los valores republicanos y la laicidad como uno de ellos. El asesinato de un docente, las explosiones de ira y violencia sangrante han reabierto cuestiones que van desde la libertad de expresión por todos los medios a los límites de la religión en un Estado laico. La religión, no solamente la islámica. A ello se ha agregado una controvertida propuesta de ley sobre la seguridad ciudadana y la libertad de información. Casi nada.

 Como no podía ser de otro modo, se debate sobre la función de la educación en el sistema de valores democráticos. Este es el meollo de la cuestión con el dolor añadido de las víctimas, en primer lugar de los docentes y sus alumnos.

Escuela única, pública, laica, gratuita. Costó la vida a manos de la administración de justicia, no de terroristas, a Ferrer Guardia hace más de un siglo, a cientos de maestros y maestras, no en la guerra civil como acostumbran a enmascarar algunos medios de comunicación, sino en la retaguardia del ejército victorioso, desde julio de 1936 a medida que avanzaba y desde el primero de abril de 1939 en todas partes. Mal oficio el de maestro. Educar para hacer ciudadanos capaces de desarrollar sus aptitudes sin limitaciones de origen social, sin imposiciones ideológicas, sin limitaciones económicas.

La ambigüedad constitucional amparó aquello del Estado aconfesional, que en la práctica privilegia a una organización eclesiástica poco constitucional a tenor de su trayectoria en el siglo XX y lo que va del XXI. No está tan lejos la consagración del «caudillo por la gracia de Dios», el título de cruzada para la sublevación militar con cientos de miles de muertes, la exhibición en los muros de sus templos de sus caídos, la usurpación de la función educativa de modo directo o indirecto durante décadas. A título lucrativo por aquello de rezando, pero con el mazo dando.

Las carencias del sistema educativo al final de la dictadura eran de tales dimensiones que hubo que recurrir a una fórmula de excepción a la universalidad proclamada de única, pública, laica y gratuita. Conviene recordarlo ante tantos olvidos. Transacción con las aulas católicas, enseñanza privada y en principio acomodada a las directrices de un Estado aconfesional. Vale. Enseñanza concertada, esto es retribuida en parte por los contribuyentes, todos, cuando el sistema público no alcanzaba a cubrir la demanda, como gustan de decir los neoliberales. Vale. 

Envolver el producto con la reclamación de libertad de elección educativa, de libertad, no deja de constituir una manifestación cínica a la altura de hacer equivalente el ‘echar unas cañas’ en la pandemia en nombre de esa misma libertad. «Más iguales, más plurales, más libres», se atreven a proclamar mientras segregan por género, adoctrinan por creencias y discriminan por ingresos.

Desde luego, no todo ni todas las instituciones educativas privadas son lo mismo. La segregación de género corresponde a una ideología como mínimo anterior a cualquier presupuesto de libertad, de ilustración. El adoctrinamiento en una creencia religiosa excluye cualquier racionalidad. En estas nace la enfurecida respuesta de la intolerancia y el fanatismo revestida de reclamación de la libertad de enseñanza, la que no echaron de menos durante la dictadura ni durante los últimos cuarenta años de democracia. La herencia franquista no se discute y la santa apostólica en su rama española no renuncia a sus privilegios.

‘Ikastolas’, ‘escoletes’, cooperativas de docentes y padres, por la recuperación de los idiomas postergados y perseguidos, empeñados en recuperar la renovación pedagógica interrumpida por las armas y su triunfo en 1939, no son lo mismo. Denunciar la persecución del castellano constituye una de las estupideces a que acostumbran los pistoleros ideológicos de la reacción. Entre otras razones, porque desconocemos con qué armas podrían los enemigos del castellano conseguir tan innecesaria como indeseada victoria.

 Las loas a los incendiarios de los logros conseguidos desde 1975, la complacencia insidiosa por no usar otros términos, de leguleyos y charolados, no contribuyen a un entendimiento que las gentes sencillas tenemos de nuestras lenguas diversas y los afectos comunes. Que algún bostezo de dinosaurio en sus siestas bien retribuidas proclame el apocalipsis, tan solo denuncia su mala digestión del paso del tiempo.

El debate es más profundo. Si los valores de la Ilustración siguen en vigor y según se dice inspiran la Constitución de 1978 y el ordenamiento jurídico de un Estado social de derecho, habrá que verificar si realmente se cumplen y sobre todo se aplican, tanto el susodicho ordenamiento como en los órganos judiciales y administrativos correspondientes.

Los hechos no parece que confirmen este deseable camino. Al contrario, a la víctima, una vez más, se la convierte en culpable. El ejercicio de la violencia delegada en las instituciones públicas es un sendero de arbitrariedad, agresiones, de burlas contra las víctimas, las teóricamente protegidas por los agresores. Pongan los lectores los ejemplos que quieran, de Benimaclet a París, que en esto no hay fronteras.

 El debate abierto entre seguridad, libertad de expresión y violencia de todo género incluida la policial o judicial, es una cuestión cívica, pública en la vecina República Francesa. Aquí se reduce a simplificar un pensamiento vacío y rancio: la persecución del castellano y la libre elección de centro educativo, de élite, segregado y preferentemente en inglés y católico por supuesto. 

Postdata. Mañana, València celebra la 40 edición de la Maratón. Ni el golpe del 23F de 1981 ni los obstáculos esgrimidos por funcionarios municipales pudieron impedirlo: en vez de tanques, corredores de Correcaminos, ciudadanos y ciudadanas libres. Felicidades, y a seguir.

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