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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

Magnetismos y cables por la ciudad

Desde tiempos remotos, el conocimiento de la ciencia física por los hombres ha estado supeditado a su capacidad para observar los fenómenos. Cuanto más avanzaba la óptica, más lo hacía la física general, por eso los científicos se empeñan en construir más y más grandes aceleradores de partículas al objeto de poder comprobar la existencia y el comportamiento de las partículas hiperminúsculas. Eso fue así hasta las especulaciones de Albert Einstein sobre la relatividad y la ulterior teorización de la mecánica cuántica, cuyas primeras intuiciones, sin embargo, se deben a Max Planck.

Esa es una realidad que a duras penas comprendo pero que me parece fascinante: llegar al punto en el que un corpúsculo material se transforma en una onda y a la inversa, o a la famosa paradoja del gato de Erwin Schrödinger, según la cual es el observador el que crea la realidad que separa la vida de la muerte del gato, pues éste, en el universo cuántico, puede estar vivo y muerto a la vez.

Pero lo realmente interesante de la historia del conocimiento es que los hombres siempre han sabido y constatado que existen fenómenos desconocidos más allá de lo visible. Sabemos de los rituales rupestres y el simbolismo de sus pinturas, de la vinculación de las construcciones megalíticas con importantes campos electromagnéticos, del temprano culto a los muertos y a los astros, del nacimiento de los mitos, los dioses (diosas según Joseph Campbell) y los héroes, de la religión y de la astrología como una incipiente cinemática en los tiempos arcaicos. Todo eso antes del ‘logos’ griego y de la biografía de los primeros físicos de la historia occidental, de Tales de Mileto a Arquímedes.

Fue también otra mecánica la que tomó el mando de este mundo y provocó la revolución industrial cuya dimensión sobrehumana quedó al descubierto a lo largo de los herrumbrosos siglos XIX y XX. Tan sobrenatural que muchas personas, por ejemplo, no querían subir a los ferrocarriles por temor a que la velocidad les provocara hemorragias internas. Otras, en cambio, descubrieron el silencio entre congéneres al pasar mucho tiempo a bordo de un autobús público en compañía de desconocidos, un fenómeno insólito hasta entonces.

Mayor aún fue la controversia en torno a la electricidad y sus efectos sobre la salud de los humanos. La carrera científica y comercial que propulsaron Thomas Edison, Nikola Tesla y George Westinghouse en torno a la explotación de un sistema de alumbrado eléctrico da cuenta de ello. A pesar del tiempo transcurrido, todavía sabemos poco sobre las alteraciones que sufrimos expuestos al electromagnetismo de la luz, empezando por los ciclos circadianos y las oscilaciones fotosensibles que afectan al equilibrio del sistema nervioso.

En su día también hubo críticas sanitarias a las emisiones de radio y de televisión –cuyos tubos catódicos son como pequeños aceleradores de partículas– que se han recrudecido con la llegada de la telefonía móvil y la instalación de cientos de antenas receptoras en las zonas de mayor concentración humana, a las que algunos especialistas médicos vinculan con la multiplicación de determinados cánceres. Un fenómeno que alcanza su apogeo con la llegada del ya legendario, y todavía poco expandido, sistema 5G que promete poco menos que la existencia de una realidad visual aumentada y paralela a nuestra vida propia.

Fíjense cómo están las cosas que un divulgador científico, el norteamericano Thomas Cowan, se ha hecho famoso gracias a una conferencia que circula por Youtube en la que vincula la gripe española con la generalización de las emisiones de radio a principios del siglo XX y al coronavirus con la puesta en marcha de la citada tecnología 5G.

Pero, de momento, aquí seguimos, en un punto intermedio, entre la charlatanería apocalíptica y el ‘no pasa nada’, avancemos en el desarrollismo sin freno. Sin embargo, más allá de las disquisiciones en torno a la salud pública y los magnetismos libres que campan por el mundo, lo más inaudito de este estado de cosas, ciñéndonos a lo más pragmático, es la falta de orden que plantean las administraciones municipales en relación a la ubicación en sus términos de toda suerte de antenas, postes, cajas de registro, amplificadores de señal o cableados.

Basta darse una vuelta por los barrios históricos de una ciudad como València para comprobar el caos estético y la anarquía técnica con la que las empresas de telefonía, los operadores de cableado y hasta Iberdrola campan por entre fachadas, entresuelos y azoteas. Cualquiera que suba hasta las terrazas colectivas de una finca en la Ciutat Vella o el Ensanche podrá comprobar la existencia de ‘otra’ ciudad, aérea, salpicada todavía de cientos de antenas, postes de madera y cables sin trenzar. Al respecto, la compañía eléctrica, una de las que mayores ganancias obtiene en el país y más altas remuneraciones dispensa a sus directivos, se aferra a los privilegios de libre circulación e instalación que le otorgó el franquismo para no asumir ninguna responsabilidad de modernización y embellecimiento de sus líneas urbanas.

La acumulación de cables de telefonía y wifi en las fachadas, con cajas de registro sin tapas y sin canaletas que ordenen ese cableado, es lo común en nuestra ciudad. La administración municipal, tan coercitiva en otros ámbitos como impedir las terrazas a la hostelería o nuevos cerramientos para combatir el frío, en cambio deja manga ancha para que cualquier compañía haga de su fachada lo que le convenga sin que las comunidades de vecinos parpadeen, pues ya se sabe que como rezaba el poema de Góngora, «Ande yo caliente, / y ríase la gente». O lo que es lo mismo: tenga yo en mi casa una buena señal de wifi, pues ni del ornato de la fachada ni del rellano se ocupa mi realidad inmediata.

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