La película ‘Mientras dure la guerra’ y el documental ‘Palabras para un fin del mundo’ han recuperado para la opinión pública el interés por Miguel de Unamuno. De personalidad recia y áspera, se implicó en la política de su tiempo siendo un intelectual muy crítico. Diversos acontecimientos y viajes relacionaron al pensador vasco con València.

Entre 1899 y 1900 publicó 24 artículos en ‘El Correo de Valencia’; cobraba 60 pesetas por tres colaboraciones mensuales. Manuel Mª Urrutia nos cuenta que en 1899 en el diario valenciano ‘El Pueblo’ aparecieron dos artículos bajo la firma de Unamuno; curiosamente, el rector de Salamanca no los había escrito. El falso Unamuno era un vecino de Algar que desconocía la existencia del escritor y que por petición de unos amigos había escrito los artículos con el pseudónimo de Unamuno. El famoso catedrático de griego fue columnista de ‘El Mercantil Valenciano’ desde 1917 hasta 1924, cuando fue desterrado a Fuerteventura. Sus críticas a la monarquía le llevaron al banquillo; en 1920, la Audiencia de València lo condenó a 16 años de prisión y 1.000 pesetas de multa, aunque la sentencia nunca se ejecutó al ser objeto de un indulto.

Thomas F. Glick, en su libro ‘Darwin en España’, nos relata que en febrero de 1909, con motivo del centenario del científico inglés, Unamuno fue invitado a participar en un evento organizado por los estudiantes de Medicina de la Universitat de València. Llegó en el tren correo el 21 de febrero, fue recibido por distintas personalidades, estudiantes y profesores. Participó en el homenaje a Darwin, impartió varias charlas y visitó el teatro romano de Sagunt. El insigne escritor también fue requerido para la inauguración del ciclo de conferencias de la Universidad Popular. Cuando tomó la palabra dejó frases que podríamos aplicar hoy día: lo que más falta hace en España es no recibir al enemigo a tiros, sino buscarle para que nos diga qué piensa, oponer a sus ideales los nuestros con el fin de que broten los nuevos.

El 1 de enero de 1919, Unamuno volvió a València, en esta ocasión acompañado de su familia, con motivo de la boda de su hijo con María Rincón de Arellano. Aprovechando su estancia en la capital del Turia, el Ateneo de Valencia lo invitó para dar una conferencia que tenía como tema ‘La educación nacional en la autonomía catalana, asunto de rotunda actualidad’. En aquellos días, el presidente del gobierno, el conde de Romanones, formaba una comisión extraparlamentaria encargada de estudiar la discutida autonomía integral catalana a la vez que en Barcelona había manifestaciones a favor de la Mancomunidad de Cataluña. Ante una nutrida representación valenciana, Unamuno criticó a la izquierda porque se había declarado catalanista por interés político y recordaba que la tradición republicana española era unitarista. Habló de lo que él consideraba nación. Defendió el castellano como lengua en la enseñanza. Juzgó de insensatos a los que querían reconquistar València en catalán. Propuso que era urgente ingresar en la Liga de las Naciones y terminó haciendo alusión a la monarquía: el pasado es la escoria, perfectamente simbolizada en El Escorial. Hay que abrir las cunas de la nueva vida en España y cerrar las tumbas de El Escorial para que no puedan salir de ellas jamás los Habsburgos y los Borbones.

Unamuno congregaba adeptos de la misma forma que reunía críticos. Durante su estancia en València, la prensa local lo calificó como excéntrico de nuestra política, vocero de extravagantes radicalismos, hereje de todas las doctrinas, hombre de las paradojas, sabio catedrático o ilustre escritor. El hombre que proclamaba la necesidad de que cada uno haga su camino no dejó indiferente a nadie en sus visitas a València.