El día de la Constitución nos ofreció un espectáculo especial. El líder del PP, Casado, acusaba al Gobierno de estar fuera de la Constitución por apoyarse en los enemigos del Estado. «Los enemigos de la Constitución están en la llamada dirección del Estado», repitió el mono de Zaratustra. Quiénes sean esos, dejó que los definiera el sanedrín de militares jubilados. Son «golpistas catalanes y pro-etarras vascos». A quienes aseguran que sería necesario fusilar a no sé cuantos millones de españoles, a esos, Abascal no los ha llamado enemigos del Estado ni de la Constitución. Exhortar a un genocidio no le ha merecido ni siquiera un comentario. Que esta gente haya escrito al jefe del Estado coincidiendo con el cumpleaños de la Constitución, que según ellos es fruto de la concordia nacional, muestra el respeto que sienten por ella, su forma de entenderla y su sentido de la concordia. 

La ciudadanía escucha estas cosas con cierta chanza. Hay miles de glosas jocosas en la red al manifiesto de la barbarie. Sin embargo, este tipo de manifestaciones siempre juegan en contextos de escalada verbal, cuya característica fundamental es que van en aumento y rara vez son reversibles. Es verdad que el país suele ir por un lado y los actores políticos por otro, pero el momento en que se junten se asentará sobre posiciones decididas por quienes ocupan el espacio público. Así que no conforta que la ciudadanía no comparta esas declaraciones. Lo decisivo es que no tiene herramientas para determinar el espacio público en otra dirección. 

Casado concluyó su alegato diciendo que la Constitución es la solución y no el problema. El sentido final de las cosas lo expresó Díaz Ayuso cuando dejó caer que «a estos políticos hay que apartarles». En realidad, apartarlos es la vieja aspiración. Se inició en el momento dorado en que todo el mundo aceptó, con ETA desbocada, la ilegalización de Herri Batasuna. En ese mismo momento, Aznar presionó con fuerza para implicar a todo el nacionalismo como cómplice del terrorismo y ampliar el proceso de ilegalización. Eran buenos tiempos y Aznar forjó un proyecto que aspiraba a ser hegemónico en España. Todavía se vive de aquella ilusión. De ahí la necesidad de pretender que nada ha cambiado. Que Bildu es ETA. 

Es extraño que medio país esté viendo la serie ‘Gambito de dama’ y que nadie en la derecha española se muestre inclinado a practicarlo. Abrir el juego es siempre el recurso de urgencia de un jugador empecinado en un juego demasiado previsible y perdedor. El peor de los jugadores de ajedrez es el que solo ve su propia jugada. Casado sigue la jugada de Aznar y ni por un momento se da cuenta de que ese juego no solo no da resultado, sino que va a peor. Estaba diseñado para producir una mayoría absoluta en el año 2000. Pero ahora es tan convincente como la defensa de Zapatero del régimen de Maduro. 

En realidad, es una jugada perdedora porque cualquiera puede hacerla. Y eso es lo que hace Iglesias cuando señala que, por supuesto, quienes apoyan a la gente que dice que es preciso matar a millones de españoles, esos sí que están fuera de la Constitución. Lo mismo es preciso decir de Díaz Ayuso cuando afirma que a esos políticos (Iglesias, ERC y Bildu) hay que apartarles. Y luego al de Teruel Existe, o a Revilla, por pactar con ellos. Y al PNV, por supuesto. No cabe ninguna duda de que esos políticos están protegidos por la Constitución, y no veo la manera de que, después de lo sucedido con la declaración unilateral catalana, un tribunal español pueda decir que los partidos, y no los actores personales concretos, están fuera de la ley. Han sido esos tribunales los que han dictaminado el tipo de actuaciones que están fuera de la Constitución, y los partidos de la derecha deberían estar más tranquilos respecto de lo que es un Estado de derecho y de su eficacia. 

Así que tenemos la situación simpática de que los dos ámbitos que gustan de verse como extremos del arco político se lanzan acusaciones recíprocas de que están fuera de la Constitución. Por supuesto, esto se debe a que tienen visiones completamente diferentes de lo que es la Carta Magna. Unos creen que es, sobre todo, la dimensión existencial de la unidad de España, mientras otros creen que es una norma concreta que regula la democracia española. Por supuesto, esta situación hace feliz a Sánchez, que puede decir simplemente que el hará valer todas y cada una de las páginas de la Carta Magna hasta la última letra, lo que quiere decir que tanto la dimensión existencial como la democrática están recogidas en el texto, y una práctica jurídica suficiente identifica las conductas que violan esos aspectos. 

Esta no es la peor de las situaciones. Mientras que unos digan que otros están fuera de la Constitución, afirman a su manera que desean estar dentro, aunque sea por razones completamente diferentes. Peor sería que tanto a izquierda como a derecha dijeran que quieren salirse de la Constitución. Esa fue la situación en la que se vio Italia cuando entre Salvini y Grillo tenían casi el 70 % de los votos. Y a pesar de eso, ahí está su constitución, sin ser querida por nadie. En cierto modo, la situación en la que vive la Constitución española es la propia de la existencia política. «Mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo en una cosa muy importante: ambos queremos Milán», se cuenta que decía Carlos V. Eso es la política. El grupo de la derecha e Iglesias quieren lo mismo: la Constitución. Es verdad que la quieren para cosas diferentes, pero es bueno que la quieran. 

Tengo la impresión de que esa lucha no se va a acabar. Muchos pueden pensar que es parte de una batalla por la legalidad que recuerda a la lucha de 1934 por ver quién colocaba a quién en el lado del golpe de Estado. Esa fue desde luego la estrategia de Gil Robles, pero también la de Largo Caballero. Como se ve, la jugada de ajedrez que se escenifica en la partida española es obsesiva. Un gambito de dama para considerar que es legítima la lucha política cuando tiene reglas definidas que los tribunales hacen cumplir, bajo la protección final de Estrasburgo, eso no parece entrar en la mollera de estos tipos. Es perfectamente posible tener dos ideas de España. Es más, dado nuestro pasado, es necesario. Pero jugar limpio por una idea, decía Machado, implica definirla y no amorcar con ella.