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josefina bueno

2020 hiperbólico

El año pasado, por estas fechas, esperaba la llegada de un nuevo año con la ilusión que implica el inicio de algo. Me gustan los años pares y el “veinte veinte” me parecía un número redondo, de los que da gusto escribir. Leo que los décimos acabados en veinte se han agotado, el otro día me contaban que hay gente que se ha grabado el año en objetos tan dispares como un frasco de perfume. Acaba un año para olvidar e inolvidable. Un año de contrastes en el que “han convivido de manera extraña una abrumadora temporada de muerte con la eclosión de la primavera”, como lo menciona Zadie Smith en su compendio de relatos, Contemplaciones, inspirados por la COVID19. Acaba un año en el que un concepto -confinamiento- se instaló en nuestras vidas. Se detuvo el tiempo, se vaciaron las ciudades, los aviones quedaron aparcados en fila a la espera de viajeros mientras intentábamos ocupar las horas de las mil maneras posibles e imaginables.

2020 ha sido un año que ha puesto a prueba el difícil equilibrio entre el contacto y la distancia y ha dejado en evidencia los contrastes de clase. La pandemia ha despertado a diario diferentes muestras e iniciativas de solidaridad, afecto y empatía junto a otras que no lo eran tanto, algunas -demasiadas- hasta temerarias e irresponsables. Cada día se alternan las restricciones y las llamadas a la prudencia con los excesos; se alternan el respeto a las normas con la desobediencia fruto del egoísmo del “yo hago lo que me da la gana”. Estos meses hemos asistido también a la llegada de los llamados “negacionistas”, esas personas que niegan el virus, la enfermedad y las normas. Así, han convivido, y lo siguen haciendo, los gestos más grandiosos junto a los más miserables. Estos excesos han tenido su efecto contagio y de ello, no han quedado exentas nuestras ciudades.

En Alicante, el Ayuntamiento ha querido exhibir el ¡Belén más grande del mundo!, certificado por la casa Guiness con el fin de que actúe cual polo de atracción turística y contribuya a dar a conocer la ciudad a nivel nacional e internacional, dicen desde la concejalía competente. Escribía sobre él Jose Ramón Navarro en estas mismas páginas, en un artículo que les recomiendo: “Este Belén es una muestra de poderío en consonancia con la desmesura consumista que ha invadido estas fiestas navideñas lejos de la humildad que transmite el fondo de la Navidad”. La reflexión me parece acertada y añado que el atractivo turístico que alberga la iniciativa no es lo más recomendable en tiempos de pandemia. La atracción ha tenido mucha repercusión mediática generando opiniones encontradas y hasta un famoso humorista se ha inspirado en tan enorme talla para su sketch nocturno. Pero no satisfechos con la iniciativa, el equipo de gobierno formado por los tres partidos -PP, C’s y VOX- ha decidido adentrarse en el camino hacia la fama, cueste lo que cueste y a quien le cueste. Saltaba hace unos días la noticia en un canal de televisión que “Alicante planea multar a las personas por dormir en la calle, asearse o pedir dinero”.

Las sanciones podrían estar entre los setecientos y los mil quinientos euros. Nos enteramos que la ciudad sólo cuenta con un albergue con una capacidad de sesenta plazas, pero presume del Belén más grande del mundo. La ciudad tiene a cuatrocientas personas que duermen en la calle y algunas fuentes afirman que sienten cierta presión en unos días que debieran ser, según la tradición católica, de recogimiento y espíritu navideño. Es tan grave que parece una broma. La noticia ha saltado de la tele a las redes y ya hay quienes la han comparado con las “Leyes de pobres” del siglo pasado, pero con una intención sancionadora. Dicen que toman esta decisión porque es lo que reclaman sus votantes. Me resulta difícil creer que estas decisiones satisfagan los deseos de alguien, especialmente en Navidad. Cuando gobiernas, ¿sólo te debes a tus votantes o la prioridad debiera ser el bien común? Multar a quien no tiene nada no parece la solución más coherente y me pregunto cuántas de esas personas se han quedado en la calle por la crisis económica que ha generado el virus. Tal vez hubiese sido una medida más positiva y de gran repercusión mediática invertir, por ejemplo, la misma cantidad que ha costado el Belén en aumentar las plazas del albergue y ofrecer un techo y una ducha a esas personas. Concluía Jose Ramón Navarro su artículo diciendo: “El paisaje urbano y natural de la ciudad imprime carácter y se convierte en un emblema de identidad”. Lamentablemente, el paisaje urbano de Alicante y su espacio público se han contagiado de este otro virus hiperbólico, de la mano de unos gobernantes algo desorientados y faltos de humanidad porque para ejercer la política en la que creo, hay que tener una determinada “pasta humana” que, me temo, no viene de serie. Ojalá el próximo año nos alivie de esta terrible pandemia que tanto sufrimiento deja y nuestros gobernantes cambien fama por obra.

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