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Juan Tapia

2020: cuando manda la angustia

Ante la pandemia, el nacionalismo es estúpido. Se impone ir hacia una gobernanza mundial

Este año han muerto de coronavirus más de 1,7 millones de personas. Terrible. Y todo por un virus que el pasado enero desconocíamos. Ahora, sufrimos una segunda ola que ha hecho que todos los países dicten fuertes restricciones a la movilidad, aunque menores a las anteriores. En España, con ya 50.000 muertos, la situación es hoy menos grave que en Alemania, pero la mutación del virus, que ha aislado a Gran Bretaña, ha vuelto a disparar todas las alarmas. Y desconocemos el futuro más inmediato.

Estamos siendo los protagonistas de un angustioso film de ciencia-ficción. Todo el progreso tecnológico, médico, social... del que tan orgullosos estábamos, se ha estrellado ante la pesadilla de una súbita catástrofe. La conclusión principal es que la humildad es imprescindible. Hemos logrado grandes avances, pero un simple virus, procedente –creemos– de Wuhan, ha hecho trizas nuestra forma de vida.

No obstante, en pocos meses la ciencia ha dado con una vacuna que ya se está empezado a administrar y que abre esperanzas. Seguimos vulnerables, pero la ciencia nos ayuda mucho más que las brujerías de otros tiempos.

La segunda conclusión es que los grandes retos son globales. Ni Estados Unidos, ni China ni ningún país europeo pueden afrontar solos la pandemia. El nacionalismo, primaria respuesta a la globalización, ya no sirve. Es forzosa una fuerte cooperación internacional y pasos firmes hacia una gobernanza global, de la que la ONU, la OMS y el FMI son solo el inicio.

Las elecciones en Estados Unidos indican que –no sin dificultades– la democracia americana lo está asumiendo. El presidente Trump, que hace cuatro años ganó con el “America First”, ha sido derrotado por un demócrata de la tradición internacionalista que se remonta a la primera guerra mundial. El internacionalismo sensato –no las míticas utopías– no son el pasado sino la urgente obligación del presente para afrontar el coronavirus, el cambio climático y los retos tecnológicos.

Las grandes democracias han reaccionado a la crisis con cierta confluencia. Cuando las empresas resultan impotentes, el Estado vuelve a formar parte –contra lo que decían Reagan y Thatcher– de la solución para que las democracias no naufraguen en el caos y la miseria. El keynesianismo, que surgió contra la crisis del 29, es hoy la pragmática herramienta de gobiernos tanto liberales como socialistas. La tentación populista es la gran amenaza que llevaría al desorden político y social en Estados Unidos, en Europa... y en todo el mundo. El medicamento adecuado es una socialdemocracia transversal que está siendo ensayada por la “gran coalición” alemana, la improvisada coalición italiana, por Macrón (una start-up de liberales pragmáticos y socialistas moderados) en Francia y, con tintes propios, por Pedro Sánchez en España.

Europa ha asumido este año que debe ir hacia un gobierno europeo que, por multinacional, solo puede ser pragmático. Y, con el impulso de Merkel ha dado –pese al Brexit y los egoísmos nacionales– pasos relevantes. No solo con el plan de recuperación de 750.000 millones, primer intento de una hacienda supranacional, sino también con el BCE de Christine Lagarde que, en la línea de Draghi que salvó al euro, está permitiendo financiar el gran déficit –generado por el imprescindible aumento del gasto contra la crisis– de muchos países

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Y en esta Europa, a la que no se le puede exigir que de repente sea un estado supranacional, más decisivo para los ciudadanos que los existentes estados nacionales, está ya inmersa España.

El Gobierno de Pedro Sánchez ya tiene presupuestos, requisito esencial para funcionar y tener peso en Bruselas. España sufre peligrosas tentaciones populistas (a derecha y a izquierda), serios problemas de gobernabilidad y una preocupante ausencia de consensos políticos y de identidad. En el 2020, como en el 2017 por otros motivos, ha rozado la catástrofe, pero no ha suspendido la asignatura en un momento muy convulso de la historia de la humanidad.

El mundo sale del 2020 magullado y aprendiendo que una actitud humilde y cooperativa ante los graves retos es la condición esencial para la supervivencia. España, empezando por su prepotente clase política, debe estar en la misma longitud de onda. Caso contrario...

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