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Mari carmen diez navarro

¿Qué es más importante: la teoría o la práctica?

Maestra y psicopedagoga. Asesora pedagógica de la Escuela Infantil Aire Libre de Alicante

¿Qué es más importante: la teoría o la práctica?

¿Qué es más importante: la teoría o la práctica?

Hace tiempo que me ocupo en dar formación a maestros y estudiantes en universidades o centros de profesores porque tengo el gusto y la necesidad de contar lo que he ido aprendiendo a lo largo de mi recorrido profesional. Así siento que comparto mi experiencia, que paso el relevo, y que sigo implicada en la educación de los pequeños.

Cuando estaba trabajando no salía demasiado por no ausentarme de mi clase. Ahora que estoy jubilada, salgo más. Y una de las cosas con las que me encuentro frecuentemente en estas actividades formativas es una rotunda queja hacia la teoría y un gran reconocimiento a todo lo que sea práctica, vivencia o ejemplificación. Precisamente yo suelo poner bastantes ejemplos cuando expongo, y los que me escuchan lo valoran, agradeciéndome que les hable «desde la práctica». Y aunque digo e insisto que mi práctica se debe a unas teorías de las que aprendí y que considero imprescindibles, parece que no se lo acaban de creer, a no ser que intente «demostrárselo» con algún ejemplo.

Entonces cuento que en una ocasión un niño inapetente me pidió que no le partiera la hamburguesa porque entonces «tendría más». Y eso me hizo descubrir, a la luz de la teoría del conocimiento matemático de Piaget, que era porque aún no había logrado elaborar la conservación de la cantidad, lo que me sirvió para trabajar especialmente el tema. O comento que los conceptos que se adquieren moviéndose quedan más asimilados que los que se explican sólo con palabras, como también decía Piaget: «Todo acto inteligente ha sido antes conducta motora».

Pero esta repulsa a lo teórico es tan general que me lleva a preguntarme: ¿De dónde vendrá esta especie de enfado ante las teorías que supuestamente tendrían que ser iluminadoras para la práctica? ¿Es que en la formación inicial no se ha transmitido con claridad que es necesario tener una teoría a la que acogerse para poder llevar a cabo una práctica coherente y eficaz? ¿Será rechazo al esfuerzo, huída, comodidad? El caso es que esto hace temer el empobrecimiento de una profesión llena de complejidades, que requiere más que otras, sustentarse en la profundización, la sensibilidad, el análisis y el razonamiento.

Hablar de teoría es hablar de reflexiones hiladas y organizadas, de curiosidades puestas a jugar, de hipótesis que se enuncian intentando explicar un fenómeno, y se exponen a ser contrastadas con la realidad. Es estar ante especulaciones que buscan ser comprobadas, que ofrecen guía. La práctica alude a la aplicación de la teoría para comprobar su autenticidad y validez. Es algo así como poner a funcionar en la realidad aquellos pensamientos para ver si responden a lo esperado.

Una sin la otra no son mucho. Una sin la otra pierden su razón de ser. Una sin la otra quedan huecas, cojas, ciegas y hasta inútiles. Como dice la psicóloga Silvia Bleichmar: «Una práctica sin teoría deja a la gente totalmente desprotegida para pensar». A lo que podríamos añadir: «Y una teoría sin práctica nos deja limitados a desconocer si hay alguna verdad o no en la formulación de los planteamientos».

Sin embargo tiene mejor acogida la práctica que puede repetirse y envolverse de rutina, que la teoría que siempre se nos ha presentado como algo elevado, complejo, sublime. ¿Será por miedo a no conocer suficientemente las teorías en las que pretendemos basarnos o por no querer pensar? A poco que nos fijemos, hasta los gestos y decisiones más simples se hacen por alguna razón, se basan en algún pensamiento previo, se apoyan en alguna teoría, aunque ya ni se recuerde cuál y la práctica haya quedado desgajada de la reflexión, formando parte del mundo del hacer o de la costumbre.

Recuerdo a una alumna de Magisterio que realizaba sus prácticas en mi escuela. Estaba empeñada en que los niños la consideraran su amiga, y para lograrlo les hablaba dulcemente, jugaba con ellos, y no se atrevía a llamarles la atención, aunque estuviera ante un conflicto que requería de su intervención o freno. En estos casos sufría muchísimo, no entendía que se armaran jaleos entre los niños «con lo bien que ella los trataba». No tenía en cuenta que en el inicio de su socialización los niños se confrontan para conocer y conocerse, que su moral es heterónoma, además de que la relación educativa es asimétrica y que si el maestro se pone a hacer como si fuera un niño más, deja a los alumnos sin maestro. En su actuar se había basado en razones afectivas y había olvidado la teoría que podía haberla ayudado a pensar, analizar e intervenir.

Rebuscando las teorías subyacentes a mi propia práctica como maestra he descubierto que ha habido unos aspectos teóricos aprendidos en mi formación inicial o en posteriores formaciones y lecturas. Otros que provenían de las ideas de pedagogos y maestros que me han influído: Piaget, Freire, Montessori, Freinet, Dewey, Malaguzzi, Lapierre, Vigotsky… También han intervenido cuestiones tomadas de otras disciplinas: Psicología, Arte, Literatura, Sociología, que han enriquecido mi trabajo. Y además ha habido motivaciones del «piso de abajo»: acontecimientos afectivos, recuerdos escolares, enseñanzas de mis alumnos y de mis compañeras, experiencias de mi recorrido vital, y, claro está, mi propia manera de ser.

El asunto estaría en acostumbrarnos a pensar y hacer, o hacer y pensar sin desestimar ni una cosa ni la otra. Porque todo importa en estas cosas de la teoría y la práctica, sobre todo cuando trabajan al alimón.

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