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Alfons Garcia

A VUELAPLUMA

Alfons Garcia

La resistencia

Nochevieja sin celebraciones

Nochevieja sin celebraciones Manuel Bruque

Suenan las campanadas en la plaza. Suenan campanas todos los días en la vida de pueblo, pero solo un día a estas horas desde que decidieron silenciarlas en la noche por el buen sueño de los vecinos. Esta es una plaza de la periferia, donde no hay nocheviejas masivas pero cada año se juntan unas decenas de personas del barrio. Gente conocida, con matasuegras, gorros de papel y sus uvas, deseosas de celebrar la resistencia. Un año más y a tomar fuerza para el siguiente. Ese es el espíritu. Era.

Suenan las campanadas en la plaza. La observo desde la ventana esta vez. Está casi desierta. El cono luminoso que recuerda la Navidad brilla solitario. Humanos, perros y niños han marchitado las flores de Pascua. No más de media docena de personas de dos pequeños grupos celebran algo. Una pareja joven se besa. No es el típico beso rápido tras sonar las doce. Ella lleva un abrigo rojo vida. Él, nada que lo distinga. Es un beso largo. Lleno de sueños. Es quizá una metáfora de estos tiempos. La resistencia. Pueden suceder mil catástrofes, mientras quede una pareja besándose, habrá ilusión. Habrá vida. Una luna lejana se deja ver entre brumas y nubes. Resiste en esta noche fría del alma. Este es mi cielo de medianoche. El único.

Acabo de ver el otro Cielo de medianoche. Hace unos días. La última de George Clooney. Ir a un cine ha pasado a ser una experiencia tan distópica que incluso me he enganchado a las películas en casa. Habla de lo malo y lo bueno del hombre, de su afán destructivo y de esperanza mientras quede una pareja en la galaxia. Quizá el planeta no resista, pero la fuerza de la vida aflorará en cualquier lugar entre las estrellas.

No nos pongamos tampoco tremendistas. Nos quedan 5.000 años. Que reine la tranquilidad. Lo leo en un artículo matemático de Alberto Ibort sobre el principio de Copérnico y la fórmula ‘delta t’, que es una manera algebraica de decirme que si he tardado 50 años en pisar los Uffizi de Florencia podría haber esperado unos años más porque seguirían esperándome unas cuantas décadas, pero no siempre, porque todo es finito, nada es para siempre. Claro que esos 5.000 años, que no son tantos en términos cósmicos, son una deducción matemática. Y las matemáticas topan en ocasiones con lo inesperado, como la acción devastadora de un ser humano que ha superpoblado el planeta. En Cielo de medianoche sitúan en 2049 el caos. El colapso. Aunque con una puerta abierta al otro lado de las estrellas. Sobrevive la esperanza, la hermana bien vestida de la ilusión.

Hay que decrecer, me escribe una amiga tras un intercambio de frases sobre el punto sin retorno ambiental. Para salvar el planeta y esquivar el colapso no basta con detener el crecimiento, hay que dar marcha atrás. No sé qué decir. Será cosa de la edad. O de un exceso de fervor humanista. Pero llevo impreso en mi ADN cultural el progreso como la seña de identidad de la humanidad. ¿Dar pasos atrás ahora? ¿Decrecer puede ser una forma de progreso cuando los recursos están en situación crítica? Es más cómodo pensar que hemos llegado a tiempo, que hay margen para detener la tendencia, pero antes de la pandemia ya surgían voces que alertaban de la proximidad de un punto de no retorno. Es recurrente también dejarse arrastrar por el pesimismo fatalista y ver esta crisis como el último aviso, la undécima campanada antes de que llegue la definitiva. Ya en la Edad Media las catástrofes eran presagios de un juicio final que nunca llegó. Ni lo uno ni lo otro. Quizá lo más sensato sea, sin catastrofismos, repensar el progreso sin dejar de considerar si algún paso debe ser desandado. Pero con datos, no con prejuicios. Es el debate que tarde o temprano nos está esperando, el que subyace en las miles de decisiones que están por llegar, aunque ahora parezca que el puerto de València o el crecimiento de la ciudad existan menos.

Las campanadas pasaron ya. Llega el rumor de la vida en las casas. En la plaza solo queda el silencio. Y el árbol de luz como gesto de resistencia. No se apaga.

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