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Elena Fernández-Pello

En el acantilado

   Las mujeres encuentran menos obstáculos hacia el poder en tiempos de crisis. Parece ser que cuando las cosas se ponen feas es cuando las empresas y las organizaciones políticas las aúpan a cargos de alta responsabilidad.

Michelle K. Ryan y Alexander Haslam acuñaron en 2004 una expresión para referirse a ese inquietante fenómeno: el “acantilado de cristal”. Ambos, expertos en psicología social, llegaron a la conclusión de que, cuando la posibilidad de éxito es remota, las mujeres, y también los miembros de minorías étnicas y sociales, tienen más probabilidades de ascender. Como las oportunidades de reconducir la situación son ínfimas, lo más fácil es que esos advenedizos acaben despeñados.

En 2003, “The Times” dejaba caer en un artículo que las mujeres obtenían peores resultados cuando se ponían al mando de los consejos de administración de las compañías que cotizaban en Bolsa. Ryan, que es profesora en la Universidad de Exeter, en el Reino Unido, y Haslam, que trabaja en la Universidad de Queensland, en Australia, quisieron averiguar si lo que planteaba el tabloide británico era cierto y, si se confirmaba que era así, cuál era la razón.

Al acabar sus investigaciones, llegaron a la conclusión de que no es que ellas condujeran a las empresas al desastre, sino que se les entregaba el poder ejecutivo cuando el desastre era inminente y cuando ninguno de sus compañeros lo quería.

En medio de la crisis actual, tan extraña y de una magnitud sin precedentes, el liderazgo femenino está tomando cuerpo, tiende a normalizarse, aunque se mantenga dentro de la excepcionalidad. Se han dedicado artículos y editoriales al asunto y se ha hablado mucho y, en general, para bien de personalidades políticas como Angela Merkel, en Alemania; Jacinda Arden, en Australia; de la futura vicepresidenta de los Estados Unidos, Kamala Harris; de Svetlana Tikhanovskaya, al frente de la oposición bielorrusa, o, sin ir más lejos, de la presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyden.

La tesis del “acantilado de cristal” se está confirmando, pero ahora, quince años después de que se describiese, hay matizaciones que hacerle. Las mujeres se están instalando, con naturalidad y sin impostar los usos y la gestualidad de sus colegas varones, en los despachos desde los que se decide el futuro de naciones y continentes. También en la empresa y las finanzas, aunque ahí no se haga tan evidente.

Ryam y Haslam afirman, en su teoría psicológica sobre el acceso de las mujeres al poder, que cuando las cosas se ponen difíciles no se recurre a ellas por valorar cualidades como la empatía o la intuición, sino por no exponer a “uno de los nuestros” al fracaso. Pero, en la situación actual, en la que hay que mover ficha sobre un tablero en blanco y donde hay que improvisar las reglas día a día, las mujeres no se están manejando nada mal, ni mucho menos. Están dando ejemplo de firmeza y cercanía a la ciudadanía, y no muestran debilidad a pesar de maniobrar al borde del precipicio. Han roto con el pronóstico y la mayoría parecen haber llegado para quedarse. 

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