Tot ben senzill i ben alegre» cantaba Ovidi Montllor a propósito de su traspaso al otro mundo. La sabiduría literaria de Georges Brassens y su ‘Suplique pour être enterré à la plage de Sète’ apadrinaba la canción ‘Les meves vacances’, un tema incluido en su disco ‘A Alcoi’ envuelto por una portada y diseño singular del pintor Antoni Miró que en todos estos ha velado su memoria iconográfica. Estas semanas, a pesar de la pandemia de nunca acabar, el Institut Valencià de Cultura se encuentra celebrando los 25 de su desaparición con una serie de conciertos por diferentes teatros del País Valenciano; como próximas fechas quedan Castelló de la Plana y Alcoi, cerrando el ciclo de la celebración. Los conciertos cuentan con la participación, entre otros, de Toti Soler, figura inseparable del cantante y de su obra. Resulta curioso este país, España, donde un Ministerio de Cultura socialista es capaz de distinguir a una figura como Christina Rosenvinge, sin duda, con todos sus méritos contraídos en estos más de veinticinco años de trayectoria profesional, y por el contrario, un músico como Toti Soler, con un itinerario musical intachable de casi sesenta años, señalado por una exigencia artística y una obra musical con algunos de los álbumes más espléndidos de la música popular española, no haya merecido ningún reconocimiento a nivel español en toda su vida artística.

El caso del músico Toti Soler desgraciadamente es un ejemplo que suma, sigue y se repite. Pienso ahora en un cantante y creador como Pi de la Serra, que en otros países ya estaría en el altar de los clásicos y a punto de ser canonizado. En más de una ocasión me he referido a este asunto. Basta echar una ojeada a nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos y el afecto y respeto con que se toman estas cosas. De Jacques Brel a Salvatore Adamo. De Léo Ferré a Dalida, por señalar cuatro puntos cardinales bien distantes y que cuentan todos ellos con la consideración crítica y popular. Ovidi Montllor sufrió toda clase de adversidades, indiferencias, vetos y censuras a lo largo de su vida. El silencio discográfico que señala sus últimos años revela el desprecio e ignorancia de una industria musical y unas editoras discográficas acostumbradas a actuar a corto plazo. También padeció esa repentina amnesia que se inoculó en una buena parte de la izquierda oficial, que después de la muerte del dictador Francisco Franco y los primeros cimientos democráticos empezó a ver con incomodidad o como parte de un legado en liquidación aquella canción y representantes que había servido de banderín de enganche para la lucha antifranquista. En sus flamantes y nuevas televisiones autonómicas, figuras como Ovidi Montllor resultaban para el gusto de sus ejecutivos de estilo demodé y, por supuesto, molestas.

Es cierto que Montllor encontró en la pantalla y el teatro otras vías de expresión y también de ganarse la vida, pero su ejemplo visualiza la mediocridad de nuestra industria musical. También sufrió la censura y el ya inmemorial analfabetismo de la derecha valenciana -tampoco es que a la izquierda la cosa estuviera como para tirar cohetes- que veinticinco años después de su desaparición sigue igual de iletrada y montaraz. Vamos, que no me creo que las María José Catalá o los Toni Cantó, por citar solo un par de nombres del largo elenco estelar, hayan tenido, aunque solo sea curiosidad, ganas o deseos de escuchar esa pequeña obra maestra que constituye la canción ‘Els amants’, con los versos de Vicent Andrés Estellés, la voz de Ovidi Montllor y la guitarra de Toti Soler. Pero estoy seguro de que después de que esta clase política haya desaparecido y sus nombres solo queden como recuerdo en algunos de los diarios sesiones, continuará escuchándose con emoción por las nuevas generaciones esos versos que dicen: «No hi havia a València dos amants com nosaltres…».

Tuve ocasión de ver a Ovidi Montllor en diferentes momentos de su carrera artística. Recuerdo una presentación difícil en los años setenta en el Teatro Capsa de Barcelona interpretando las canciones del álbum ‘Crónica d’un temps’, un trabajo difícil, experimental que suponía un salto cualitativo en su carrera musical. Después le recuerdo en otras actuaciones, siempre acompañado por Toti Soler. Y aquellas imágenes junto a muchos de sus amigos y compañeros, Raimon, Serrat, Maria del Mar Bonet, Al Tall, Lluís Miquel y otros, en el Teatro Calderón de Alcoi, todos reunidos para celebrar la última canción. Ahora, una nueva generación de músicos y cantantes valencianos se suman al homenaje del cantante. No podría estar más contento Ovidi. Como diría él, «tot ben senzill i ben alegre».