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Elena Fernández-Pello

El efecto Matilda

La contribución femenina a la ciencia, invisibilizada

Matilda Joslyn Gage, una activista norteamericana que hizo de la libertad su bandera, abolicionista, sufragista y librepensadora, fue la primera en denunciar, en el siglo XIX, que los logros de las mujeres que se dedicaban a la ciencia eran silenciados sistemáticamente y atribuidos a sus compañeros varones. Con el paso del tiempo y en recuerdo a ella, la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter empezó a referirse a esa perversión del sistema como al efecto Matilda.

Un siglo después de que Gage la describiera, esa distorsión se mantiene, afortunadamente en mucho menor grado. Para ponerla en evidencia y visibilizar a las mujeres que se dedican a la Ciencia, la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) ha lanzado la campaña “No more Matildas” y ha imaginado cómo hubieran sido las vidas de Albert Einstein, Alexander Fleming y Erwin Schrödinger de haber nacido mujeres. Han recreado las hipotéticas vidas de Matilda Einstein, Matilda Fleming y Matilda Schrödinger y les han dedicado un libro a cada una de ellas, que puede descargarse gratuitamente en la web de la campaña (www.nomorematildas.com).

La periodista asturiana Ángeles Caso le ha puesto el prólogo a la biografía de la ficticia Matilda Einstein, y de paso, ha recuperado la historia, absolutamente real, de Mileva Mariç, una brillante estudiante de matemáticas y física, compañera de Albert Einstein, que también fue su amiga, novia y esposa, y que renunció a su propia carrera para cuidar de la familia y facilitarle el trabajo al padre de la teoría de la relatividad. Hay indicios, cuenta Caso, de que Albert y Mileva trabajaron juntos en esa y otras cuestiones, y cuando él ganó el Nobel, en 1922, ya divorciados, él le hizo llegar todo el dinero del premio.

Las biografías de Matilda Fleming y de Matilda Schrödinger inciden en el mismo asunto. La primera va precedida por un texto de la periodista Carme Chaparro y de prologar la segunda se ha encargado Adela Muñoz Páez, que es catedrática de Química Inorgánica.

Nettie Stevens, Lise Meitner, Marietta Blau o Rosalind Franklin fueron víctimas del efecto Matilda. La Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas se ha propuesto rescatarlas del olvido, empezando por colocar sus nombres en los libros de texto para que las niñas puedan encontrar en ellas referentes en los que inspirarse y a los que emular. Entre todos los científicos que se citan en los libros escolares de Ciencias no hay ni un ocho por ciento de mujeres, según estudios realizados por las universidades Complutense y de Valencia.

La falta de modelos desanima a las niñas a emprender el camino de la Ciencia, contribuyendo a la creencia de que están peor dotadas que sus compañeros para ella. Más adelante, las responsabilidades que les impone la maternidad y los cuidados familiares también juegan en contra de su desarrollo profesional.

Un estudio realizado por la Unidad de Género de la Universidad de Vigo sobre el impacto de la pandemia en la producción científica revela que durante los meses de confinamiento los hombres mantuvieron la revisión y el envío de artículos en un 75 por ciento de los casos, mientras solo 58,6 por ciento de las mujeres logró hacerlo. El 33,8 por ciento de ellas tuvo que aminorar el ritmo de su actividad investigadora, mientras que entre los varones eso solo sucedió en el 16 por ciento de los casos. Cuando los autores del estudio indagaron sobre las causas de esas diferencias se encontraron con lo de siempre: ellas eran las que principalmente se ocupaban del cuidado de los hijos y de las tareas domésticas, y la mitad refería que no disponía apenas de tiempo para sus asuntos e incluso que habían tenido que robarle horas al sueño.

Ya sea por el efecto Matilda, por el techo de cristal, el muro de la maternidad o de las dificultades para conciliar, las mujeres aún tienen mucho trabajo por delante para salvar la brecha de género en la Ciencia.

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