Intento escuchar, en vano, un podcast de Gilles Lipovetsky mientras camino. Él habla en francés sobre asuntos trascendentes y yo me quedo con un dos por ciento de sus ideas. Es decir, con lo ligero. Me gustaría saber francés para comprender los temas profundos de la humanidad. Subo una cuesta que me deja jadeando, mientras se presenta. Titubea. Dice que es filósofo y también sociólogo. Escribe libros, da clases y se dedica a pensar. Casi nada. Estoy sola, en la montaña y respiro aire puro. Una liberación. No hay nada como disfrutar de las pequeñas cosas. Me gusta estar en medio de la nada y me gusta que alguien como Lipovetsky sea tan poco taxativo a la hora de definirse, porque no pasa nada si eres un poco así y un poco asá.

He ido a cursos, a talleres terapéuticos y a reuniones en las que me he tenido que sentar en círculo y decir quién soy y cómo soy. Un estrés. Para responder a esas dos preguntas, muchos necesitaríamos una vida centenaria. Fui a una formación en la que, en siete minutos, debíamos entrevistar a una persona al azar y conocer sus inquietudes, fortalezas y debilidades. Tras esa conversación a bocajarro, debíamos presentar a nuestro ‘partenaire’ ante los otros cincuenta asistentes. Las cinco primeras palabras de mi compañera fueron: «Os presento a Mari Carmen». No, no todo el mundo tiene el don de Lipovetsky.

Hay personas que tienen clarísimo que son decididas, de derechas, autónomas, del Barça y que saben trabajar en equipo. Hay otras que no son tan tajantes. Son extrovertidas, aunque no siempre. Responsables, pero disfrutan poniéndose el mundo por montera. De izquierdas, pero con alguna idea liberal. Son del Mallorca, pero los del Madrid les resultan majetes y, a pesar de que no son del Barça, saben reconocer la grandeza de Messi. Me siento más cómoda con los segundos y en la situación actual prefiero alejarme de quienes proclaman verdades absolutas.

No creo que todo lo que hacen los que gobiernan aquí, en Andalucía o en Galicia lo estén haciendo radicalmente mal. Y tampoco perfectamente bien. No, tampoco pienso que los de un color político sean unos ‘crack’ gestionando la pandemia y los contrarios sean nefastos. No sé si hay alguien que, en estos momentos de descontrol y con los datos de la pandemia desbocados, pudiera resolver eficazmente la crisis que están viviendo los restauradores, los actores, los gestores culturales o las pequeñas y medianas empresas. Me temo que no. Lo que sí se puede ser es responsable y no jalear. La mayoría estamos cansados, tristes, tenemos miedo y no andamos sobrados de esperanza. Un caldo de cultivo idóneo para que inconscientes y azuzadores campen a sus anchas y saquen rédito político. El riesgo es alto y las consecuencias serían nefastas. En esta situación de rabia y de desconcierto, el papel de la oposición es clave. Porque requiere de altas dosis de responsabilidad, generosidad, flexibilidad, ética y empatía. Y los partidos que gobiernan, además de tener que lidiar con este virus, también deberían ser capaces de solicitar colaboración para ofrecer respuestas a un descontento que es generalizado y transversal. Sobran los tajantes y andamos necesitados de personas sensatas y con amplitud de miras.