Sorprende la virulencia de Ferran Dalmau en la respuesta a mi artículo publicado en Levante-EMV el 14 de enero, donde afirmo que pueden evitarse todos o la mayor parte de los incendios provocados por causa humana. Pide que deje de afirmar cosas que no son ciertas; lo que siempre he evitado. Ya que el señor Dalmau ha entendido mal algunas afirmaciones mías, convendrá aclarar sus dudas.

Nunca he dicho que pueden evitarse todos los incendios, ‘sólo’ la gran mayoría; los de origen humano, que en el territorio valenciano suponen el 80 %. Con que tuviéramos un éxito parcial en evitarlos ya sería un logro muy notable que, obviamente, también haría descender las extensiones quemadas.

Los rayos seguirán existiendo, pero son aproximadamente unos 76 los incendios por esta causa como promedio anual, de un total de 377 (el 20 %). Estas cifras son medias estadísticas de los últimos 10 años en nuestro territorio. Dalmau cita datos del conjunto estatal, pero esas cifras incluyen realidades muy dispares que no ayudan a comprender nuestra situación específica.

Por cierto, me acusa de no tener conocimientos en ecología forestal y no usar datos. Los uso, y ampliamente, aunque aquí no caben tablas numéricas ni gráficos, pero sigo atentamente la gestión forestal valenciana desde hace décadas usando de manera prolija los datos oficiales de los que nos provee la Administración. Mi tesis doctoral sobre adaptaciones de la vegetación valenciana al clima me permitió manejar una muy abundante literatura científica sobre el tema, que aún tengo la costumbre de actualizar.

Justamente, ha sido el hecho de detectar las cifras extraordinariamente bajas de incendios durante los 51 días de máxima limitación de actividades humanas por la covid -del 14 de marzo al 3 de mayo pasados, sólo 4 incendios (uno de ellos por rayo)- los que me ratificaron que los incendios humanos son evitables. La climatología (que incide mucho en la extinción, pero poco en el número de incendios de causa humana) no explica estas cifras. Invito a Dalmau a rebatir el carácter excepcional de estos datos y a encontrar una explicación alternativa. Desde que existen datos fiables en nuestro territorio (1980) no han existido para ese período unas cifras tan destacadamente bajas, con independencia de las variables condiciones meteorológicas se han sucedido en ese lapso temporal durante 40 años.

Parece que no se entiende que proponer la eliminación de las quemas agrícolas (solo una parte de mi propuesta, que busca eliminar también las demás causas humanas) con una regulación más adecuada y efectiva que la actual, no ha de tener consecuencias negativas ni para los agricultores ni para los ayuntamientos. Es una alternativa que ya se conoce; está incluida en las estrategias oficiales y se aplica ya, aunque muy poco (por eso insisto en desarrollarla totalmente). Se trata de triturar o fermentar los restos vegetales para producir biomasa térmica o abono, con los costes asumidos por la administración autonómica y liberando a los afectados de los periodos de autorización de quemas, que por cierto dejan escapar muchos incendios debidos a esta causa. Esto no perjudica, sino que ayuda a los agricultores.

Efectivamente, estas medidas son mucho mas económicas que otras actuaciones. Un km de cortafuego cuesta 24.000 €, más 5.000 €/km de mantenimiento que se ha de repetir cada pocos años, y se pretendía abrir nada menos que 11.731 km, pretensión ya abandonada por imposible (CEAM, 2016). Sigo manteniendo que los cortafuegos no son una medida preventiva. No existe ninguna demostración de su eficacia en la prevención (evitar incendios). Si Ferran Dalmau conoce alguna demostración clara de su eficacia en prevención, le agradecería que me lo hiciera saber con concreción. Sí que admito que las discontinuidades vegetales ‘pueden’ ser útiles (si están bien planificadas, ubicadas y ejecutadas) para ayudar en la extinción, para limitar la propagación de un incendio ya activo, o para defender poblaciones y otros intereses humanos. Eso sí, efectuando un balance adecuado entre inversiones, eficacia e impactos ambientales diversos, que los tienen, y sería bueno que los proyectos incluyeran un sistema de evaluación de los resultados, cosa que no ocurre.