La tercera ola del tsunami Covid en nuestro país, con cerca de 2.400.000 contagios, a un ritmo de más de 35.000 contagios por día y más de 53.800 fallecimientos (80.000 muertes según el INE), es una triste realidad que parece no asustar a la población.

Centros de salud colapsados, hospitales desbordados y UCIs sin camas son impactantes imágenes que vemos todos los días en los medios de comunicación, y en el siguiente plano eriza la piel contemplar aberrantes fiestas diurnas o nocturnas en discotecas, calles o casas particulares, terrazas repletas con gente sin mascarilla en animada charla a medio metro de distancia compartiendo tapeo, o grandes centros comerciales abarrotados como en un Black Friday.

¿Y todavía esperamos que se aplane la curva?

La conciencia social no está suficientemente sensibilizada ante tantas lágrimas y muertes. Parece que solo la vacuna sea la salvación para liberarnos del letal virus y alcanzar la ansiada inmunidad de "rebaño" (ojo con la palabra porque a veces lo parecemos)

Olvidamos que la mejor vacuna contra la pandemia es precisamente no olvidar, no acordarnos de aquellos días encerrados en casa, con mayores y niños acinados en habitaciones y balcones dibujando arcos iris, y como válvula de escape los aplausos y canticos a las 8 de la tarde. Que triste e indignante es comprobar la irresponsable amnesia de algunos, que anula la cordura y pone en peligro a muchos.

Para agravar la situación asistimos diariamente a la esperpéntica guerra política, con acusaciones cruzadas entre partidos del gobierno y oposición, o entre autonomías y gobierno del mismo signo político, que se acusan mutuamente para eximirse de culpabilidades. Pero la evidencia diaria de cifras de infectados y muertos demuestra que el sistema sanitario ha colapsado, con unas infraestructuras insuficientes o anticuadas, medios materiales obsoletos o inexistentes, una gestión de crisis cambiante, precipitada y con una respuesta lenta y descoordinada entre gobierno y autonomías. Y de nuevo vuelven las acusaciones de que los anteriores gobiernos son los culpables de la actual situación porque no invirtieron en sanidad pública, porque recortaron servicios, o porque sólo apoyaron a la sanidad privada. Este repetido discurso está más que desgastado, porque ha cambiado el signo político de los gobernantes de turno, han pasado los años y seguimos con los mismos problemas y carencias.

Otro fundamental y creciente problema, y que agrava más la situación, es el de los profesionales sanitarios. Olvidados, desmotivados, maltratados por la administración que sigue sin reconocer sus esfuerzos por mantener una sanidad digna y de calidad con su trabajo 365 días al año. Pero los sanitarios empiezan a claudicar ante la desbordante presión asistencial, y jornadas interminables donde asoman lágrimas de impotencia ante tantas desgracias y muertes, algunas de ellas evitables. 

Ya va siendo hora de que el actual co-gobierno, sin escudarse en la culpabilidad de sus antecesores, tome buena nota y empiece a resolver el mayor problema actual del sistema sanitario, sus exhaustos profesionales, que también se infectan y mueren, y esperan una respuesta a sus sensatas demandas por parte de sus gobernantes.

Y en cuanto a la red asistencial, si los actuales recursos públicos son insuficientes para dar respuesta adecuada al actual colapso del sistema sanitario, sería muy acertado e inteligente por parte del gobierno que olvidara las ya desfasadas críticas a la sanidad privada, y utilice y coordine todos los recursos disponibles públicos y privados para acabar con la mayor crisis sanitaria nacional y mundial. 

Pero en mi modesta opinión hay algo que está fallando estrepitosamente en esta guerra contra el virus: La falta de un mando único que planifique la estrategia general de combate, que dimensione los recursos a distribuir según las necesidades de cada territorio, que los ponga a disposición de cada uno de ellos para que los utilicen según la planificación general y que mida los resultados a nivel de salud autonómica y estatal, para redistribuir nuevos recursos.

La planificación y coordinación de cada batalla debe ser única, porque en esta guerra no puede haber diecisiete jefes, con diferentes estrategias de ataque, para vencer al mismo enemigo.