Si mal no recuerdo, la primera sudadera que tuve me la compré, en un tiempo no ya lejano, lejanísimo, en una tienda de ropa de Perpiñán, cuando esta pieza todavía no había hecho acto de aparición en los armarios españoles. Llevaba como inscripción ‘Princeton University’, aquella universidad donde el héroe literario de Scott Fitzgerald, Amory Blaine vive en la novela ‘A este lado del paraíso’ intensamente su adolescencia. Estos pasados días navideños, buscando algunos regalos, entré en una de esos grandes y populares almacenes de ropa que hoy en día es posible encontrar en cualquier capital del mundo. Quizás por las fechas en que estábamos, el frenesí navideño del ‘shopping’ que te inunda obnubila y trastorna y si, además, a eso añadimos, la psicosis vírica de tu primera salida en multitud -estuve a punto de beberme el gel hidroalcohólico de la entrada como antídoto- la sensación que tuve era que el único producto en venta en la tienda eran sudaderas. Por supuesto había muchas más prendas, pero aquel día por lo que se ve, solo tenía ojos para las sudaderas, así que salí de la tienda con un surtido de sudaderas como el día anterior había salido del supermercado con un surtido variado de polvorones.

Me imagino que esta ‘fiebre de las sudaderas’ como producto de primera necesidad debe estar relacionado con el aumento del teletrabajo y el confinamiento nuestro de cada día. La sudadera como la pieza de ropa ideal para llevar en casa mientras tecleas, envías correos electrónicos o haces la lista de compra ‘on line’ en el supermercado de El Corte Inglés. Reconozco que en mi caso no soy muy dado a las sudaderas hogareñas, pero entiendo la comodidad que supone para muchas personas y la pereza de vestirse de arriba a abajo, pudiendo uno o una meterse una sudadera y en un plis plas ¡ya estás vestido!. Para los que nos hemos educados en una sala de cine, las primeras sudaderas de nuestras vidas están unidas a muchas de aquellas comedias románticas norteamericanas de los primeros años sesenta en que los actores juveniles, Anthony Perkins, Warren Beatty, aparecían vestidos con ellas como prenda deportiva. Hoy las sudaderas. como otras prendas de origen deportivo, forman parte de nuestro vestuario de cada día como las camisetas de fútbol o las zapatillas deportivas, quizás el objeto estrella en este traspaso de la pista de baloncesto o atletismo a la pasarela de moda. Factores como la funcionalidad, la comodidad, los nuevos hábitos y otros se encuentran sin duda en la raíz de su éxito masivo

A estos factores añadiría el de la juventud. Estas prendas de vestir llevan inscritas el elixir de la juventud. Si hubo una época en que la gente quería ser elegante, ahora deberíamos sustituirlo, por el de ser eternamente joven. Tengo mis dudas sobre lo que significa ser elegante hoy en día. Algunas revistas o medios -a los que se han sumado las redes sociales- siguen haciendo uso de esas listas o encuestas a propósito de los famosos o ‘celebrities’ y los niveles de elegancia y no elegancia. Seguramente eventos como los Óscar suelen propiciarlos, señalar a la mejor o peor vestida de la gala. Por cierto, que esto de las listas de las personalidades femeninas mejor vestidas fue creado por la publicista de moda Eleanor Lambert en los años cuarenta y como se puede ver ha tenido un larguísima herencia y éxito. Mucho peor recibida, pero sin duda más jugosa, fue la lista de ‘las 10 mujeres peor vestidas’, obra del crítico de moda Richard Blackwell a principios de los años sesenta, cuyos mordaces comentarios constituían toda una obra de arte de maledicencia y cotilleo dirigidas a la reina de Inglaterra, Barbra Streisand o Dolly Parton. No estoy seguro o no recuerdo de alguna lista con ‘los hombres peor vestidos’. Bueno, de haberse realizado seguro que cada año el galardón, por lo que respecta al uniforme de gusto más dudoso, se lo hubiera llevado Elton John.

Volviendo al tema de la elegancia, me pregunto qué significa este término para una buena parte de la juventud cuando sus referencias son Rosalía o alguna de las nuevas estrellas del género trap o reguetón. Aunque la esperanza es lo último que se pierde, y si no ahí está Lady Gaga en la reciente ceremonia presidencial enfundada en un vistoso traje de la casa Schiaparell obra del diseñador norteamericano Daniel Roseberry que fundió en su figura un toque de previsible excentricidad y elegancia con esa gran falda de un rojo intenso que parecía a punto de elevarse por los cielos del Capitolio. La diseñadora Elsa Schiaparelli fue objeto, en su tiempo, de las críticas más feroces por parte de Coco Chanel, que no podía ver- ni soportar- un vestido con una langosta dibujada por Dalí o un sombrero con forma de zapato, las surrealistas creaciones de la diseñadora italiana.

Hoy el valor de la elegancia tiene un cierto gusto ‘vintage’ y remite a ejemplos del pasado, llámese Cary Grant, Grace Kelly o la eterna e imperecedera Audrey Hepburn. De todos estos temas, una de las noticias que me siguen produciendo curiosidad, quizás por su repetición, son estas ‘news’ que se refieren algún miembro de alguna casa real que ha puesto de moda una determinada prenda de carácter ‘low cost’. Todas las semanas, las ediciones digitales nos deleitan con el gusto sencillo y popular de la reina Letizia, Máxima de Holanda o la duquesa de Cambridge que eligen una prenda de Zara, Massimo Dutti o H&M pudiendo vestirse, digo yo, un Saint Laurent, Valentino o Dior. Supongo que los asesores, ‘spin doctors’ o relaciones públicas de las casas reales siguen estando muy interesados en proyectarnos esta imagen nada elitista y accesible de nuestras casas reales. Y más, con la que está cayendo. Qué lejos quedan aquellos tiempos cuando Grace Kelly, entonces princesa de Mónaco, aparecía en todas las revistas llevando un peinado de Alexander de París que parecía estar realizado por los mismos operarios que construyeron las pirámides de Egipto.