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Juan José Millás.

Asuntos privados

En algunos hospitales de aquí y de allá, debido a la pandemia, empieza a faltar oxígeno, que es como si en el océano escaseara el agua salada. ¿Imagináis un hospital marino con los peces, en sus camitas, conectados a una bombona del mismo líquido del que viven rodeados? Una de las ventajas del mar es su liquidez. En la Tierra no queda ya efectivo. De ahí la morosidad que empiezan a sufrir algunas instituciones bancarias. Llegan las tarjetas de crédito secas a la mitad del mes. Les falta el oxígeno que, según compruebo, venden por internet. Un día, haciendo un reportaje sobre respiradores artificiales, me hablaron de un alemán, ya muerto, que descubrió hace cien años que el negocio del futuro sería la venta embotellada de ese elemento químico. Llevaba razón.

Ahora acabamos de descubrir que el agua de beber cotiza en Bolsa. Cada vez que abro el grifo de la cocina suben una o dos centésimas los fondos de inversión, lo mismo que cuando tiro de la cadena del retrete. Si fuéramos capaces de calcular el número de gente que ahora mismo está tirando de la cadena a lo largo y ancho del mundo, nos quedaríamos absurdos. El agua, el oxígeno y los datos son el petróleo del siglo XXI. Cuando navegamos por internet, evacuamos sin darnos cuenta cantidades increíbles de información que, debidamente envasada, hacen ricas a las empresas que se dedican al tráfico de los hábitos de consumo. Y para ello ni siquiera es preciso tirar de la cadena. Mi compañía telefónica sabe más de mí mismo que mi padre, que ya no sabe nada porque está difunto.

A veces imagino que a un enfermo de neumonía atípica se le enchufara, por error, a una bombona de datos en vez de a una bombona de oxígeno. Los datos empiezan a ser irrespirables porque hay en el aire más datos que oxígeno. Yo mismo sé cosas de un tal Paquirrín que ni me interesan ni me ayudan a respirar mejor. Pero no puedo abrir la boca sin meterme una bocanada de asuntos privados de la vida de su madre, la Pantoja, o de un presentador de la tele que me trae al fresco. Y me los dan gratis, al contrario que el agua, que sale ya por un ojo de la cara. No dejo de pensar en todos esos hospitales en los que escasea el oxígeno.

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