En cualquier país avanzado de nuestro entorno, cuando se produce un cambio significativo de gobierno, consecuencia de un proceso electoral previo, se ha convertido en un lugar común analizar con lupa las actuaciones en los cien días iniciales: nombramiento de los integrantes del gabinete (su extensión, formación académica, experiencia profesional o laboral, edad, sexo, antecedentes, color de la piel, estado civil, credo religioso, etc), primeras decisiones adoptadas y decretos dictadas, primeros contactos internacionales, primeras visitas personales del líder... Esos inaugurales días concentran de manera intensificada la atención porque se interpretan como un barómetro de lo que será el período del mandato del recién instaurado nuevo gobierno.

 

Joe Biden, que hace el número 46 de los presidentes de Estados Unidos, juró su cargo el 20 de enero. Han pasado tan sólo unos días y la impronta del nuevo inquilino de la Casa Blanca ha quedado marcada desde el primer minuto del solemne acto, singularizado en esta ocasión por tres circunstancias excepcionales: La ausencia de quien lo precedió en el cargo, las altas medidas de seguridad adoptadas y la falta de público espectador en la ceremonia.

 

La espantada de Trump representa una muestra más de su talante arrogante, la última descortesía de quien no ha sabido aceptar la clara derrota que las urnas le han deparado. Las altas medidas de seguridad evidencian el temor a una repetición agravada de los hechos acaecidos en el mismo lugar, el Capitolio, el día 6 de enero y la lógica prudencia necesaria para prevenir y no lamentar; algunos fanáticos seguidores del instigador esperaban hasta el último momento un acto de fuerza que terminara con la detención de quien iba o acababa de ser investido nuevo presidente. La tercera circunstancia hará también historia como una muestra más del alcance impensable de la epidemia mundial que estamos sufriendo, impidió la concentración presumible de no menos de un millón de personas delante del Capitolio, que se habrían reunido para apoyar y celebrar la fiesta, junto a sus líderes.

 

El primer hecho importante del nuevo presidente, como exige el protocolo, fue el discurso de presentación tras el juramento del cargo, en cuyo contenido se adivina el talante ético y profesional del veterano nuevo primer mandatario del país. Biden hizo una apelación a la unidad del pueblo americano ("sin unidad no hay paz"), para afrontar y superar el triple desafío que tienen por delante: la crisis sanitaria, la debacle económica, la fragilización de la democracia. Él se presenta como el primer servidor de esa unión ("seré el presidente de todos los americanos"), y propone un instrumento de actuación, el poder del ejemplo de la nación americana, ("hacer de América la principal fuerza del bien en el mundo") . Califica el momento presente como un invierno de peligros, ("la democracia es preciosa, la democracia es frágil"), pero también de oportunidades, un momento de desafío como pocos en la historia de la nación. Esa llamada a la unidad la dirige de modo especial a los que han sido sus competidores, a los que no le han otorgado su voto en las pasadas elecciones, también a los que niegan la igualdad de todos los ciudadanos americanos, que mantienen vigente el racismo, el nativismo, el supremacismo, el complotismo, la infamación del diferente. Ha hecho también un guiño a los tradicionales países aliados de Norte-América, ("nosotros repararemos nuestras alianzas y nos comprometemos de nuevo con todo el mundo"), volviendo al multilateralismo, poniendo fin a la unilateralidad implementada por su predecesor.

 

La tarde del mismo día de su investidura Biden firmó una ráfaga de decretos, en total 17, que materializan la ruptura con su predecesor; conciernen a la salud, el medio ambiente, la inmigración. Recogen medidas como la revitalización del Obamacare (cobertura sanitaria a personas en estado de pobreza y desamparo), eliminación de la prohibición de acceso a los Estado Unidos de los ciudadanos de determinados países musulmanes, suspensión de la construcción del muro en la frontera con Méjico, que se estaba financiando con fondos destinados al ejército, medidas contra la discriminación racial, retorno a la Organización Mundial de la Salud, obligación de llevar mascarilla en los ámbitos de la competencia federal, moratoria en la expulsión de arrendatarios de viviendas, etc. Todo ello al pie de la letra de lo que había prometido en la campaña electoral.

 

Ese despliegue normativo ha proseguido en los días posteriores inmediatos, ("las decisiones de este primer día, el 20 de enero, sólo son el principio", había adelantado el portavoz de la Casa Blanca), así ha sido, en los sucesivos ha remitido al Congreso un proyecto de ley con el que pretende llevar a cabo la reforma más ambiciosa en materia de la inmigración desde 1986, durante el mandato de Ronald Reagan, asimismo ha prometido ayudas económicas a los países del istmo centro-americano para frenar las oleadas humanas hacia Estados Unidos. Igualmente significativo es el decreto de creación de una agencia federal para el estudio de la cuestiones relacionadas con el racismo.

 

Otro aspecto destacable es la composición del ponderado equipo con el que va a gobernar Joe Biden. Ha sido evaluado muy positivamente, con calificativos como hombres y mujeres experimentados, con muchos años de ejercicio profesional, centrado y moderado, el presidente no ha dado cabida a ninguno de los demócratas militantes en el ala más inclinada a la izquierda del partido, diverso e inclusivo, el que más de cuantos se han sucedido en la historia del estado federal, integra blancos, negros, latinos, muchas mujeres (el 45,8 %), descendientes de emigrantes, y también de diferente inclinación sexual; un similar porcentaje, en torno al 45 %, pertenecen a minorías sociales.

 

En el momento que conectamos nuestro ordenador para redactar estas líneas son ya 45 los decretos y disposiciones emanados de la Casa Blanca, entre los cuales hay unos que inciden sobre el tema candente del cambio climático y que reflejan de modo deslumbrante la nueva trayectoria; además del nombramiento entre los miembros de su equipo de John Kerry, el hombre que firmó en 2015 el Acuerdo de París en representación de los EEUU, como "enviado especial para el clima" , Biden ha anunciado la celebración de una cumbre internacional sobre el clima, el 22.04.2021, el Día de la Tierra y quinto aniversario de la firma del acuerdo en la capital francesa, ha anunciado una moratoria sobre las perforaciones de hidrocarburos, ha revocado la autorización para la construcción del oleoducto Keystone XL que debía surcar el país de norte a sur, desde Canadá hasta el Golfo de Méjico, que tenía en contra a todos los ecologistas. Biden ha expresado que "Los Estados Unidos deben guiar la respuesta mundial a la crisis del clima. Igual que tenemos necesidad de una respuesta nacional unida contra el Covid19, tenemos desesperadamente necesidad de una respuesta nacional unida a la crisis climática, porque existe ciertamente una crisis climática".

 

No harán falta, por tanto, cien días para vislumbrar cual será el talante y la trayectoria del quien será la primera autoridad política americana, un hombre del cual se destacan sus cualidades de perseverancia, empatía y lealtad; en apenas diez jornadas ha sembrado en el país la paz, la normalidad, la rutina, de las que lo había desviado su antecesor durante sus cuatro caóticos años de histeria y populismo. Ha puesto su astrolabio en marcha, es de esperar y desear que ningún canto de sirena lo perturbe.En cualquier país avanzado de nuestro entorno, cuando se produce un cambio significativo de gobierno, consecuencia de un proceso electoral previo, se ha convertido en un lugar común analizar con lupa las actuaciones en los cien días iniciales: nombramiento de los integrantes del gabinete (su extensión, formación académica, experiencia profesional o laboral, edad, sexo, antecedentes, color de la piel, estado civil, credo religioso, etc), primeras decisiones adoptadas y decretos dictadas, primeros contactos internacionales, primeras visitas personales del líder... Esos inaugurales días concentran de manera intensificada la atención porque se interpretan como un barómetro de lo que será el período del mandato del recién instaurado nuevo gobierno.

 

Joe Biden, que hace el número 46 de los presidentes de Estados Unidos, juró su cargo el 20 de enero. Han pasado tan sólo unos días y la impronta del nuevo inquilino de la Casa Blanca ha quedado marcada desde el primer minuto del solemne acto, singularizado en esta ocasión por tres circunstancias excepcionales: La ausencia de quien lo precedió en el cargo, las altas medidas de seguridad adoptadas y la falta de público espectador en la ceremonia.

 

La espantada de Trump representa una muestra más de su talante arrogante, la última descortesía de quien no ha sabido aceptar la clara derrota que las urnas le han deparado. Las altas medidas de seguridad evidencian el temor a una repetición agravada de los hechos acaecidos en el mismo lugar, el Capitolio, el día 6 de enero y la lógica prudencia necesaria para prevenir y no lamentar; algunos fanáticos seguidores del instigador esperaban hasta el último momento un acto de fuerza que terminara con la detención de quien iba o acababa de ser investido nuevo presidente. La tercera circunstancia hará también historia como una muestra más del alcance impensable de la epidemia mundial que estamos sufriendo, impidió la concentración presumible de no menos de un millón de personas delante del Capitolio, que se habrían reunido para apoyar y celebrar la fiesta, junto a sus líderes.

 

El primer hecho importante del nuevo presidente, como exige el protocolo, fue el discurso de presentación tras el juramento del cargo, en cuyo contenido se adivina el talante ético y profesional del veterano nuevo primer mandatario del país. Biden hizo una apelación a la unidad del pueblo americano ("sin unidad no hay paz"), para afrontar y superar el triple desafío que tienen por delante: la crisis sanitaria, la debacle económica, la fragilización de la democracia. Él se presenta como el primer servidor de esa unión ("seré el presidente de todos los americanos"), y propone un instrumento de actuación, el poder del ejemplo de la nación americana, ("hacer de América la principal fuerza del bien en el mundo") . Califica el momento presente como un invierno de peligros, ("la democracia es preciosa, la democracia es frágil"), pero también de oportunidades, un momento de desafío como pocos en la historia de la nación. Esa llamada a la unidad la dirige de modo especial a los que han sido sus competidores, a los que no le han otorgado su voto en las pasadas elecciones, también a los que niegan la igualdad de todos los ciudadanos americanos, que mantienen vigente el racismo, el nativismo, el supremacismo, el complotismo, la infamación del diferente. Ha hecho también un guiño a los tradicionales países aliados de Norte-América, ("nosotros repararemos nuestras alianzas y nos comprometemos de nuevo con todo el mundo"), volviendo al multilateralismo, poniendo fin a la unilateralidad implementada por su predecesor.

 

La tarde del mismo día de su investidura Biden firmó una ráfaga de decretos, en total 17, que materializan la ruptura con su predecesor; conciernen a la salud, el medio ambiente, la inmigración. Recogen medidas como la revitalización del Obamacare (cobertura sanitaria a personas en estado de pobreza y desamparo), eliminación de la prohibición de acceso a los Estado Unidos de los ciudadanos de determinados países musulmanes, suspensión de la construcción del muro en la frontera con Méjico, que se estaba financiando con fondos destinados al ejército, medidas contra la discriminación racial, retorno a la Organización Mundial de la Salud, obligación de llevar mascarilla en los ámbitos de la competencia federal, moratoria en la expulsión de arrendatarios de viviendas, etc. Todo ello al pie de la letra de lo que había prometido en la campaña electoral.

 

Ese despliegue normativo ha proseguido en los días posteriores inmediatos, ("las decisiones de este primer día, el 20 de enero, sólo son el principio", había adelantado el portavoz de la Casa Blanca), así ha sido, en los sucesivos ha remitido al Congreso un proyecto de ley con el que pretende llevar a cabo la reforma más ambiciosa en materia de la inmigración desde 1986, durante el mandato de Ronald Reagan, asimismo ha prometido ayudas económicas a los países del istmo centro-americano para frenar las oleadas humanas hacia Estados Unidos. Igualmente significativo es el decreto de creación de una agencia federal para el estudio de la cuestiones relacionadas con el racismo.

 

Otro aspecto destacable es la composición del ponderado equipo con el que va a gobernar Joe Biden. Ha sido evaluado muy positivamente, con calificativos como hombres y mujeres experimentados, con muchos años de ejercicio profesional, centrado y moderado, el presidente no ha dado cabida a ninguno de los demócratas militantes en el ala más inclinada a la izquierda del partido, diverso e inclusivo, el que más de cuantos se han sucedido en la historia del estado federal, integra blancos, negros, latinos, muchas mujeres (el 45,8 %), descendientes de emigrantes, y también de diferente inclinación sexual; un similar porcentaje, en torno al 45 %, pertenecen a minorías sociales.

 

En el momento que conectamos nuestro ordenador para redactar estas líneas son ya 45 los decretos y disposiciones emanados de la Casa Blanca, entre los cuales hay unos que inciden sobre el tema candente del cambio climático y que reflejan de modo deslumbrante la nueva trayectoria; además del nombramiento entre los miembros de su equipo de John Kerry, el hombre que firmó en 2015 el Acuerdo de París en representación de los EEUU, como "enviado especial para el clima" , Biden ha anunciado la celebración de una cumbre internacional sobre el clima, el 22.04.2021, el Día de la Tierra y quinto aniversario de la firma del acuerdo en la capital francesa, ha anunciado una moratoria sobre las perforaciones de hidrocarburos, ha revocado la autorización para la construcción del oleoducto Keystone XL que debía surcar el país de norte a sur, desde Canadá hasta el Golfo de Méjico, que tenía en contra a todos los ecologistas. Biden ha expresado que "Los Estados Unidos deben guiar la respuesta mundial a la crisis del clima. Igual que tenemos necesidad de una respuesta nacional unida contra el Covid19, tenemos desesperadamente necesidad de una respuesta nacional unida a la crisis climática, porque existe ciertamente una crisis climática".

 

No harán falta, por tanto, cien días para vislumbrar cual será el talante y la trayectoria del quien será la primera autoridad política americana, un hombre del cual se destacan sus cualidades de perseverancia, empatía y lealtad; en apenas diez jornadas ha sembrado en el país la paz, la normalidad, la rutina, de las que lo había desviado su antecesor durante sus cuatro caóticos años de histeria y populismo. Ha puesto su astrolabio en marcha, es de esperar y desear que ningún canto de sirena lo perturbe.