El pasado mes puede habernos dejado sin fuerza y sin fortaleza. El ruido y las compras, los boulevares y las avenidas repletas de compradores, las comidas de celebración, los vinos de alterne y las cenas de reencuentros sabíamos que habrían de dejarnos a la intemperie, zarandeados por los padecimientos, casi sin capacidad de respuesta y, por supuesto, sin querer traer a nuestra consideración que habríamos de retirar con rapidez los muertos de los hospitales.

¿Se imaginan cerrando las festivas tardes y noches un desfile de los millares de nuestros muertos, generando la estampa barroca más terrible? Lo único cierto es que ‘La campaña de Navidad’, corto y significativo período dentro de esa nueva edad conocida como ‘La nueva normalidad’, nos está dejando miles de muertos en 2021.

Mientras todo ello ha estado teniendo lugar no dejaba de pensar que la orientación de la opinión no podía haber sido más nefasta. ¿No cabe usar los espacios públicos con más inteligencia y más cálculo, anticipando en cada momento los riesgos que corremos y hacemos correr a otras personas?¿No estamos fiando a la vacuna para el futuro inmediato un estado de cosas falso? ¿No debemos organizar nuevas formas de relación y habituarnos a ellas? ¿No hay mucho ruido sobre el presente y poca información que aventure nuestros días futuros?

Otros varios motivos han pesado sobre mi ánimo y han sobrevivido hasta llegar a este momento con toda su carga emotiva y ética; hoy ya solo seleccionaré uno para estas cuatrocientas palabras. Me refiero al establecimiento de semejanzas entre el proceder de quien abandonó hasta a los suyos en coche de alta gama y con su correspondiente escolta para alojarse en una zona residencial y el proceder de quienes cargados de algunos útiles y acompañados de sus familiares se vieron obligados a abandonar su país por caminos de montaña para salvar no tanto su vida, ya depreciada y amenazada, como la de los hijos que les acompañaban cogidos de su mano.

El simple hecho de utilizar la desgracia de estas personas para buscar elementos de semejanza que, mediante una comparación, transfieran nobleza a un abandono en coche y con escolta es un ultraje a sus memorias y un insulto a nuestra inteligencia que pone, a su vez, de relieve en quien hace la comparación una conciencia moral encostrada por la ambición y el poder; sin capacidad para sentir y respetar las diferencias.

Solo teniendo tal índole moral, cabe instrumentalizar aquellos momentos de angustia, de privaciones y desgracia, padecidos por quienes habían sido fieles a nuestras leyes, para intentar redimir o ennoblecer los días del ilustre gobernante fullero. Es obligado protestar por esa indignidad. Nada le puede redimir al vicepresidente del Gobierno, Sr. Iglesias, de esta injusticia protagonizada con descaro y procacidad, pues buscó para ella la máxima difusión posible.