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Pilar Galán

Dulces, libros y aquagym

Nos lo dijeron ya Horacio, Ausonio, Garcilaso, Góngora y Quevedo, y hasta unas Navidades nos lo recordó una marca de embutidos, pero nosotros, los mortales, seguimos erre que erre, negando nuestra condición humana. No os fieis del mañana, no creáis que vendrá otro día igual a este, cortad las rosas, gozad cuello y cabello, antes de que vengan las dichosas nieves. Pero nada, como si no fuera con nosotros, y eso que últimamente está la cosa como para andar confiando más bien poco en el futuro. La pandemia debería habernos puesto en nuestro sitio, recordarnos que vivir no es un continuo todavía, sino una carrera contrarreloj hacia un ocaso que no deja de ser el eufemismo de la muerte. Y aun así, no quiero hablar de penas, sino tirarnos de las orejas por ser tan bobamente humanos. Llenamos las redes de buenos deseos para cuando esto, así escrito, esto, acabe y podamos abrazarnos, y nos decimos que no tendremos días para cumplir todos los propósitos con los seres queridos. Yo lo hago, la primera. Me descubro pensando en los momentos que vendrán y cuento los minutos para sobremesas de risas y tardes de cervezas, sin darme cuenta de que incurro en el mismo error que he cometido siempre: aplazar lo que me apetece creyendo que habrá más días. Ya nos veremos, decíamos, a ver si nos vemos, quedamos un día de estos… Cómo pesan esas frases ahora. A fuerza de añorar lo que no podemos hacer hemos dejado de disfrutar de los pequeños placeres que aún podemos realizar sin miedo. Por ejemplo, yo podría haber paseado con Pilar, pero no la he llamado, y eso que llegó a mi vida como llegan los buenos regalos, de forma inesperada, justo cuando uno cree que tiene el cupo hecho y las costuras ceden para dar paso a un nuevo amigo. Esta, además, venía recién salida de un taller de repostería, y usaba también el gorro y el bañador que convertían la clase de aquagym en todo menos una película de Esther Willians. Además, por si fuera poco, leía. Los dulces caseros, los libros y los saltos en el agua unen, vaya que si unen, pero nunca ha habido tiempo. Por eso a veces hemos pasado meses sin vernos ni escribirnos, por eso también no me he enterado hasta ayer de que Pilar ha estado casi mes y medio ingresada por coronavirus, y ahora está en rehabilitación, y aun así, saca fuerzas para reírse. Me he acordado de Horacio y de los buenos propósitos, y he decidido que cuando Pilar salga, no voy a esperar a que estén abiertos los bares o se pueda viajar o lo que sea. La veré paseando, o como la tuna, iré a hablar con ella bajo su balcón, guardando las distancias. Ella dice que se siente ahora como una tortuga, lenta y pesada, pero que la tortuga venció a la liebre. Y ella vencerá a la zorra y a las uvas, al cuervo y al queso, a los tópicos literarios y al anuncio de embutidos, porque la única moraleja posible de esta fábula es que los afectos deben cuidarse, las risas en bañador olímpico son aún más risas, y lo que han unido los dulces del convento y los libros no puede dejarse caer en el olvido. 

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