Al margen del carácter personal, de la circunstancia, del contexto y del misterioso significado que sólo él conoce, las declaraciones de Iglesias sobre la democracia española merecen una reflexión que hasta ahora no he visto en los comentarios, por lo demás masivos, que se le han dedicado. Por supuesto, todo lo que hemos escuchado tiene sentido, pero quizá esos detalles no sean lo más relevante y obstaculicen un análisis profundo de la situación política en la que estamos instalados. 

Estamos acostumbrados a la forma de hacer política de Iglesias y empezamos a comprender que necesita de una proyección pública continua que le permita acreditar una capacidad de provocación sin la que, al parecer, no se siente fuerte. Sabe, como cualquiera, que esa agitación de la opinión no puede confundirse con la genuina influencia política. Ni siquiera es un elemento necesario de una pedagogía política, útil sobre todo en el caso de que, como él mismo dice, nuestra democracia deba ser mejorada. La fijación en estas formas de comunicación impactante parece una pulsión, no un recurso. 

Sin embargo, esto es algo que ya ha descontado la opinión pública. Si hay pulsión, la circunstancia es lo de menos. Que esta vez haya sido una declaración del canciller ruso Lavrov, que comparó la situación del procés con la cuestión Navalni, ofrecía una ocasión excepcional para que Iglesias explicara qué entiende por una democracia de más calidad, comparando con serenidad la española con la rusa. Habríamos aprendido mucho con ello, no solo de Iglesias, sino de política. Esto habría sido un acto pedagógico de valor y habría mostrado el carácter gradual de toda calidad democrática y sus elementos diferenciales.

La cuestión del contexto electoral es un misterio, pues no creo que este alegato pueda mejorar las prestaciones electorales de la formación de Iglesias, si existe tal cosa en Cataluña. Sin embargo, esto nos llevaría a especulaciones, y permitirlas es la peor de las pedagogías políticas y la más despreciable de las influencias. 

Partamos de un dato indiscutible. Una democracia en la que el vicepresidente de Gobierno dirige críticas al sistema institucional que lo acoge, parece dotada de un alto grado de libertad. Cuando esas críticas no son circunstanciales, sino que se dirigen al centro mismo de la Constitución, y no son contextuales, sino programáticas, entonces resulta claro que existe un saludable antidogmatismo institucional. En este sentido, la conducta política de Iglesias refleja una Constitución liberal. Esta permite que sus críticos ejerzan el poder y solo les impone que se atengan al derecho. La pregunta de si Putin permitiría a Lavrov decir algo parecido sobre la constitución rusa, nos da cuenta de una diferencia central. 

Una constitución de esta índole, abierta a los cambios que puedan impulsar los que no están de acuerdo con ella si los hacen a través del derecho, es valiosa en sí misma. Ahora, cuando gobiernan partidos muy diferentes, que mantienen posiciones divergentes sobre cuestiones fundamentales, una constitución de este tipo muestra sus potencialidades. En estas condiciones se debería proteger la posibilidad de gobiernos plurales. Nuestra democracia, de una manera u otra, es mejor ahora que cuando los dos partidos clásicos, cada vez más convergentes, se turnaban. Por eso creo que los actores implicados deberían preservar la condición de posibilidad de este tipo de gobiernos. 

Ello implica una especial responsabilidad, pues obliga a cuidar no solo la calidad de la libertad, según hemos hablado, sino también un elemento central del buen gobierno, que es la coordinación de tareas y los acuerdos básicos. Por eso el problema no es la expresión libre de diferencias, cuando son de fondo. Lo decisivo es hacerlo de tal manera que no se dé la impresión de carencia completa de coordinación activa en el Gobierno. Y aquí está la clave. Para eso se requiere que exista una suficiente diferenciación funcional en los partidos de la coalición. Y eso es lo que no existe en la formación de Iglesias. Su paulatina concentración de tareas, de poder y de protagonismo, impide que a su lado crezca una figura de entidad suficiente y reconocida para hablar desde el partido sin estar en el Gobierno. Así se pagan las consecuencias de los desgarros previos.

En efecto, si en el partido existiese una complejidad adecuada, sería posible que Unidas Podemos mantuviese sus posiciones doctrinales fundamentales con nitidez, mostrando el valor de la libertad y manteniendo la pedagogía del partido, mientras que los miembros del Gobierno podrían defender los acuerdos alcanzados, las temporalizaciones y las prioridades. Pero Iglesias ha ordenado su actividad política de una manera tal, que tiene que hacer las dos cosas a la vez, lo que exige que el público adopte una actitud esquizoide para evaluar su propia dualidad. Esto produce un ruido que disminuye las posibilidades de que un gobierno de coalición sea una solución aceptable para mucha gente.

Pero en el momento en que estos gobiernos son deseables, y posiblemente necesarios, es una mala política destruir su prestigio, eliminar las condiciones que los hacen posibles e inclinar a los votantes a retirarles su apoyo electoral. Y esto no se neutralizará ni con declaraciones de que no hay problemas en el Gobierno ni alineándose como un solo actor tras el líder, que de esta manera todavía aparece más personalista. Esta adecuada articulación de una formación partidista es también una tarea necesaria si se quiere elevar la calidad de una democracia. Perfeccionar la democracia con herramientas inadecuadas suele ser complicado. 

La declaración de Iglesias de que España es una democracia imperfecta es legítima y, como sugiere Illa, puede interpretarse como un anhelo de mejorarla. Comparto esta posición. Pero en la calidad democrática intervienen muchos factores, y la forma de actuar de Iglesias sugiere que él desea presentarse como ese actor ya adecuado a esa democracia plena que anhelamos. O que lo son los líderes del procés por ser injustamente tratados. Sin embargo, padecer una injusticia no es índice de ser un actor más democrático. 

Esta carencia de autocrítica es en sí misma propia de una mentalidad poco democrática. La calidad democrática más avanzada es aquella que permite diferentes ideas de perfección, no la representada por un líder que posee una en monopolio exclusivo. También forma parte de ella un pueblo juicioso que la decide y comparte en un proceso histórico abierto, flexible y sin dogmas.