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Marga Vives

Relatos

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   La habilidad de contar historias, una pericia que distingue al ser humano, ha modelado grandes relatos que han servido al mundo para delimitar los márgenes de su propia realidad. Una narración no es más que un conjunto de hechos pasados por el mecanismo mágico de la inventiva -en el caso de las ficciones- o de la percepción -cuando no se prescinde de la veracidad de lo ocurrido-, de modo que en ambos casos es imposible sustraerse a la subjetividad, aunque en el segundo existen mecanismos para sobrellevarla. La humanidad es propietaria intelectual de mitos forjados en la fragua política, religiosa o económica que han tratado de identificar, desde una perspectiva concreta y en un tiempo definido, el modo en que este enorme organismo vivo que es la sociedad experimenta sus propias revoluciones y se va transformando. Construir relatos verídicos para un público siempre es una actividad de exposición a la discrepancia, que los hace tan efímeros y tan orgánicos como lo es la sucesión de los propios acontecimientos y del sentir de las personas.

La importancia de contarnos a nosotros mismos qué nos está pasando ahora mismo con la pandemia se reveló desde el primer momento, en que el oficio periodístico fue catalogado como servicio esencial, junto con los sanitarios, la policía o los proveedores de alimentación y productos básicos. En esa privilegiada primera línea del frente, en un universo acotado de repente a la supervivencia frente al virus, la diversidad de asuntos de actualidad se truncó y se condensó de golpe en un solo núcleo; el virus se apoderaba de nuestro pensamiento, como si la vida no hubiera puesto antes en el camino ningún otro fenómeno que observar y perdieran su urgencia otros problemas anteriores que seguirán sin resolver pasada la emergencia -como la amenaza climática, la crisis migratoria o las desigualdades, que están destinados a tejer el gran relato de las generaciones actuales-.

Parece que haya pasado un siglo, pero solo llevamos un año de rutina informativa sobre la pandemia; una agotadora sucesión de balances diarios, estadísticas, comunicados y anuncios de restricciones. La alarma nos ha puesto frente a un espejo que hoy nos devuelve la imagen de una ciudadanía ávida por conocer la verdad, pero también necesitada de desconexión de una realidad que le resulta todavía demasiado confusa y repetitiva. En ese anhelo de desconectar se percibe su fatiga y el peligro que esto conlleva. Es más necesario que nunca reivindicar el papel de los medios para ordenar las palabras que nos ayudan a explicarnos lo que sucede, para evitar que calen narrativas que se adentran en lo ficticio y lo manipulativo aprovechando esa confusión; hace falta prestigiar nuestra profesión, y hacerlo, además, desde las propias decisiones empresariales, que nos son cada vez menos favorables. Y, además, en la reconstrucción de la actualidad informativa nos toca volver a traer a primera plana esos asuntos relevantes que ocurrían mientras comenzó a expandirse el virus, y que entonces, en medio del caos, pasaron a ser prácticamente invisibles. Desde esa marginalidad, desprovistos de la mirada crítica de la sociedad, siguen incubando retos que más pronto que tarde habrá que afrontar y que nosotros, los periodistas, tendremos que contar. 

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