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Josefina velasco Rozado

Enlazados en la historia

   Desde la llegada a la Casa Blanca de Joe Biden la web oficial presidencial habla de nuevo español, reconociendo así a los más de 50 millones de hispanohablantes, una comunidad en aumento; y entre ellos los españoles superan los 167.000. Atrás quedó el populismo nacionalista de Trump. Ese no es el único reconocimiento, aunque es muy actual, de la presencia no solo hispana, sino española, en el país. En el año 2014 el presidente Barack Obama declaró al español Bernardo de Gálvez (Málaga, 1746-México, 1786) ciudadano de honor de los Estados Unidos, «un honor extraordinario que no se otorga a la ligera ni con frecuencia», según el Senado. Este hecho no era nuevo, ya que el Congreso Continental de Estados Unidos declaró, el 31 de octubre de 1778, su gratitud y sentir favorable a De Gálvez por su conducta hacia los Estados Unidos. Su retrato comparte espacio en el Capitolio con otros héroes nacionales.

La ayuda española en la independencia de las Trece Colonias y la formación del nuevo estado estuvo enmarcada en los acuerdos franco-españoles y en la rivalidad con los británicos que dominó la política española de fines del siglo XVIII. En aquella coyuntura el apoyo a los independentistas norteamericanos resultó una parte más de la acción exterior de Carlos III y Carlos IV. Hijo de un virrey de Nueva España y sobrino del ministro y consejero de Indias José de Gálvez, la vida de Bernardo de Gálvez, pese a ser corta, le llevó a gobernar el inmenso territorio de la Luisiana, antes francesa, controlando Nueva Orleans, ejerciendo una inteligente captación de tribus indias a su causa y finalizando como virrey de Nueva España. En la guerra colonial suministró todo tipo de bienes y armas a los rebeldes norteamericanos con la inestimable colaboración del comerciante vasco Diego de Gardoqui (1735-1798), que sería el primer embajador español allí. El control de La Florida y del Golfo de México, la neutralización del fuerte de Batón Rouge y en particular la defensa de Pensacola, le hicieron imprescindible. La ciudad de Galveztown, en Texas, le inmortaliza en aquellas tierras. Desfiló al lado de George Washington (1732-1799) en una parada militar.

El Tratado de Versalles de 1783 obligó los británicos a reconocer la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, declarada en Filadelfia el 4 de julio de 1776. Pronto expandieron sus territorios también a las zonas de influencia española. Los políticos más cautos de aquí vieron en el movimiento insurreccional norteamericano el ejemplo de lo que sucedería en el resto de Hispanoamérica. Nacía una nación nueva, pequeña aún, pero ambiciosa. Recluida en la costa este, la del tráfico con Europa, distaban mucho los Estados Unidos de ser lo que son hoy; más allá de los Grandes Lagos era tierra ignota, justo cuando colonos españoles fundaban San Francisco y California despertaba de la mano del franciscano andariego de origen mallorquín Fray Junípero Serra (1713-1784) tan injustamente tratado en una leyenda tergiversada. La innegable ascendencia hispana está presente en muchos lugares. Ocho estados de los Estados Unidos tienen nombre español. Y muchas ciudades su réplica en aquellas tierras: Madrid, Valencia, Oviedo…

Efectivamente la política, hoy como ayer, tiene en las decisiones un efecto bumerán no siempre deseado. El malestar de los territorios hispanoamericanos alarmó pronto a los más perspicaces. En 1768, desde el Consejo Extraordinario de Castilla, el asturiano Campomanes y el murciano Floridablanca, a propósito de la expulsión de los jesuitas, muy influyentes en las Indias, advertían que «para prevenir, pues, el espíritu de independencia y aristocracia, no bastaría castigar a los autores de semejante pensamiento», era el momento de cambios. En esa idea, José de Gálvez, el ministro de Indias, hizo llegar a todas las autoridades, incluida la Junta General asturiana, el decreto de «libre comercio» de 1778, que permitiera el tráfico comercial entre los puertos de la metrópoli y las colonias. No fue suficiente. Se barajaron reformas colonialistas, unionistas, con intercambios de presencia de criollos en la península, y autonomistas. Incluso se pensó en crear un imperio descentralizado con reinos al otro lado del mar. El aparato de la monarquía reafirmó que los territorios de allá «distínguense de las demás naciones, las cuales sólo son factorías o depósitos de negociantes transeúntes, en lugar de las españolas que son una parte esencial de la nación» (Francisco de Saavedra); la educación, el intercambio universitario y militar, la salud (operación Balmis) pretendieron parar las desafecciones. El tiempo imperial llegaba a su fin pese al esfuerzo del «imperio generador». Inmersa España en la guerra contra el invasor francés (1808-1814) al otro lado estallaron descontentos. Las Cortes de Cádiz, redactoras de la primera Constitución Española (1812), contaron con «los españoles de ambos hemisferios». Insuficiente.

México, pegado a la nueva república independiente, inició su lucha de liberación en 1810 cuando el cura Miguel Hidalgo lanza el «Grito de Dolores»; se proclama independiente en 1821, este año hará el bicentenario. Entretanto España asiste al pronunciamiento de Rafael del Riego y un Trienio Liberal quebrado. Luego la inestabilidad, las guerras carlistas y la difícil construcción de un Estado siempre al borde del abismo, ve cómo se pierden las Américas. Es el siglo en que los Estados Unidos emprenden «la conquista del oeste», una gesta magnificada que dejará en miles de wésterns la huella mítica e ideológica de lo que fue la colonización de inmensos territorios en lucha dispar con grupos indígenas incapaces de contener el avance. La federación de 34 estados estalló en la llamada guerra de Secesión (“Civil War”) de 1861 a 1865, un conflicto en el que se jugaba mucho más que el debate de la esclavitud entre los esclavistas confederados y los unionistas. La Unión salió reforzada y siguió expandiéndose a territorios lejanos.

Como en todas las relaciones, el conflicto español-norteamericano tuvo su protagonismo. En el colapso de 1898 con la pérdida de Cuba y Filipinas, los últimos reductos imperiales españoles, estuvieron los ya poderosos Estados Unidos, esta vez del lado de los independentistas. El «Gigante del Norte» se jugaba el poder en el continente y ganó en todos los frentes: en Cuba, en Filipinas y en el vecino del sur, México. Seguiría. Pero es innegable que España llegó a Norteamérica anticipándose a británicos, irlandeses, franceses o italianos al este, o los asiáticos al oeste. Grandes conquistadores, aventureros y exploradores españoles se adentraron en aquella parte del continente; sus vidas darían para cantidad de épicos wésterns. Los nombres antiguos de Ponce de León, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Hernando de Soto o Pedro Menéndez de Avilés (fundador en 1565 de San Agustín de la Florida, la ciudad decana de USA) pueblan un lejano siglo XVI. En dos siglos más la presencia española fue constante.

Por encima de juicios perversos de un pasado que es pasado una gran parte del otro lado del Atlántico tiene la huella de este; y viceversa. Los lazos deben reforzarse. Quemar puentes es malo hasta en la guerra. Somos muchos los que «hablamos la misma lengua», pensamos con los mismos esquemas y compartimos raíces, luces y sombras. Uno es lo que es porque para bien o para mal la Historia fue como fue.

[Gustavo Bueno. España frente a Europa. Barcelona: Alba Editorial, 1999; Montserrat Huguet Santos. Breve historia de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Madrid: Nowtilus, 2017. ANLE. Academia Norteamericana de la Lengua Española (web)] 

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