“La primera víctima de una guerra es la verdad.” Quería empezar con este aforismo, pero dudaba de su autoría. Sonaba a Churchill, pero una voz dentro de mí susurraba ese proverbio ruso que Reagan usó hábilmente en sus negociaciones con la Unión Soviética: confía, pero comprueba. Confiaba en mi memoria y en las almas generosas que dedican su tiempo a colgar frases célebres en Internet, pero aun así me esforcé por verificar el origen de la frase. Y apareció Hiram Warren Johnson, un senador americano, como autor de la ocurrencia en 1917. Con todo, tampoco puedo estar seguro, no dispongo de toda la información, así que no me verán afirmarlo en ningún foro.

Esa batalla interior de la que les hablo –entre el espíritu crítico y la honestidad contra el impulso de dar respuestas rápidas y simples pero dudosas– es precisamente lo que echo de menos entre algunos periodistas profesionales. Recordemos que, hoy día, la suma de las batallas interiores que se libran en cada individuo forma parte de una guerra global y colectiva cuya primera víctima ciertamente es la verdad, pero la última es la sociedad.

Imagínense que una pareja de periodistas españoles apareciese en una televisión pública de cualquier país europeo afirmando que grupos neonazis españoles les persiguen. Durante su relato veríamos imágenes “representativas” de España: el 20N en la Plaza de Oriente de Madrid, brutalidad en la calle, desfiles nocturnos de camisas negras, etc. En pleno shock de las imágenes escucharíamos a los entrevistados decir que los servicios secretos españoles trabajan y colaboran con los grupos nazis que cometen atentados con la bendición de la Unión Europea y de las autoridades consulares de nuestro país.

Nos sentiríamos abochornados por la falta de profesionalidad de la cadena, sin duda, pero también por la injusticia que supone proyectar una imagen nada representativa de un país y de sus habitantes, a quienes por otra parte tampoco se da voz.

Sucedió el pasado 9 de febrero en el programa “Tot es mou” de TV3, viniendo de la mano de Carlos Quílez, quien días antes sacaba el mismo tema en la Sexta y en Onda Cero: la entrevista a un matrimonio originario de Ucrania que denuncia ser perseguidos en España por parte de un grupo de su país que califican de auténticos nazis.

Al principio de la exposición era posible conectar con el temor que relataban sentir, perseguidos por tipos de tan destructivas ideas. Y el hombre, quien es un periodista político con blog en YouTube y promotor de un partido en Ucrania que lleva su nombre, siguió contando. En el momento en que su testimonio iba acompañado con sendas imágenes de Ucrania y de España –banderas nacionales, manifestaciones y agresiones por doquier–, mi espíritu crítico entró en acción y empecé a escuchar a estos entrevistados con más atención. Las acusaciones vertidas por ellos sobre que esos nazis están a las órdenes del presidente ucraniano Zelenskiy, además de echar la sobra de la duda sobre toda la diáspora, activaron ya todas las alarmas, como es lógico por poco que se conozca sobre la política de allí y los ucranianos residentes en nuestro país.

Los nazis trabajan y colaboran con los servicios de seguridad de Ucrania”, han dicho. Nos aseguran que aquellos nazis pueden venir, “encontrar armas y hacer un acto terrorista aquí, un asesinato, y marcharse tranquilamente”, aunque tengamos cerradas las fronteras en pleno COVID. Y que “Europa no los perseguirá”. En definitiva, en términos de rigor periodístico, una perla detrás de otra que haría dudar a cualquiera, menos a los entrevistadores de TV3.

Las pautas profesionales contra la desinformación son públicas y bien difundidas. Hay que conocer y presentar a la fuente, cosa que no se hizo de manera imparcial. Es necesario contrastar la noticia, y en este caso no se dio oportunidad a los diplomáticos ucranianos de hacer un comentario, a pesar de que se retrasmitían graves acusaciones contra ellos. Asimismo, como la imagen vale más que mil palabras, no se explica el uso de tantos cortos de vídeo descontextualizados y manipulados. A la postre, cabe plantearse sobre posibles patrocinios de la noticia.

Como detalla una guía de la Policía Nacional sobre ‘fake news’, “aunque la información no pueda considerarse falsa estrictamente, saber quién es el emisor del mensaje o patrocinador puede ayudarte a averiguar si se trata de una opinión o de auténtica información objetiva, podrás contextualizarlo y favorecer el pensamiento crítico”.

Evidentemente, proyectar desde Cataluña esa imagen sobre Ucrania y la España más allá de “casa nostra”, vinculando ambas con los nazis, favorece –casualmente– a Rusia. ¿Y cuándo se realiza? Pocos días antes de las elecciones autonómicas catalanas.

La Ucrania que vi reflejada en la televisión pública catalana no es la que conozco. He colaborado con entidades ucranianas en actividades culturales (cine, música y literatura), en actos de memoria histórica en los que demuestran estar absolutamente concienciados (los símbolos comunistas y los nazis están prohibidos en Ucrania y no hay ningún partidario de estas ideologías con representación), así como en defensa de su lengua (seña de identidad con la que deberían encontrar más empatía precisamente en Cataluña). Como país y sociedad no están privados de particularidades, pero corresponden a la naturaleza democrática y europea que sobre todo les caracteriza.

Así las cosas, parece que la desinformación en Cataluña, en línea de las injerencias rusas, ahora suma una nueva dimensión: crear corriente interna que siembre animadversión hacia terceros países y sus gentes que viven entre nosotros.