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Elena Fernández-Pello

Los que deben proteger

Vanessa Springora en la portada de su libro "El consentimiento"

Vanessa Springora en la portada de su libro "El consentimiento"

Desde hace ya varios meses el ocultamiento y la laxitud hacia los abusos sexuales de los que son objeto los menores, muy a menudo por parte de quienes deberían protegerlos, está revolviendo las tripas y avergonzando a los franceses.

Primero fue el libro de Vanessa Springora, “El consentimiento”, una novela autobiográfica en la que la escritora ajusta cuentas con Gabriel Matzneff, un autor de éxito en los años 80 y 90, idolatrado por la élite literaria francesa pese a que dedicó sus libros a sus experiencias sexuales con niños y niñas de entre 10 y 15 años. Springora lo conoció a los 13 años y no tardó en ser devorada. Era un depredador experimentado, un manipulador, le gustaba la carne fresca y en uno de sus ensayos, “Los menores de dieciséis” defendió la apertura de mente y la liberalización de las costumbres, lo que para él se traducía en barra libre de niños y adolescentes. Tras la separación de sus padres Vanessa navegaba en la inestabilidad emocional y se entregó a él con una pasión adolescente. Con 13 años difícilmente podía entender la perversión de la relación, ni adelantarse a sus consecuencias. Él sí. Los padres de Vanessa, que frecuentaban los círculos culturales parisinos, sabían lo que estaba pasando, y como ellos todo su entorno, intelectuales y profesionales de clase alta, y dejaron que sucediera, condescendientes con el nuevo capricho de Matzneff. El “affaire” se prolongó durante un par de años. Vanessa acabó deambulando por la calle, hasta que la Policía la rescató, totalmente desorientada. Los psiquiatras dijeron que había pasado por un episodio psicótico de despersonalización. La sobrecarga emocional que soportaba la expulsó de su cuerpo y de su mente. Con los años logró recomponerse, pero aún hoy, felizmente casada, madre y en la madurez vital, el pasado ensombrece sus días.

Ahora Francia ha puesto el foco sobre el caso de Julie. Ese nombre oculta la identidad de una víctima de violaciones y abusos sexuales. Empezaron cuando tenía 13 años y fueron cometidos por las personas que deberían haberla cuidado. Julie sufría tetanía, una enfermedad que se manifiesta con espasmos musculares, a veces muy violentos. La primera vez que sufrió una crisis estaba en el colegio y el servicio de bomberos se ocupó de su traslado. Unos días después uno de los bomberos, de 20 años, contactó con ella, entablaron amistad, o eso pensó Julie, hasta que el hombre la violó. Probablemente siguió creyéndolo durante algún tiempo, a pesar de que su violador distribuyó su teléfono entre sus compañeros de trabajo y comenzaron a llamarla, a acosarla, se sucedieron las agresiones, los abusos y las violaciones, en grupo y en el vehículo en el que la trasladaban al hospital, incluso en las dependencias del centro sanitario. Así durante dos años. La salud de Julie no cesaba de empeorar, lógicamente. Estaba embotada por los antidepresivos, antipsicóticos y tranquilizantes, muerta de vergüenza y sin atreverse a contar nada. Veinte bomberos están implicados en el caso, por violarla y por encubrirse. Ellos se defienden diciendo que las relaciones eran consentidas. La consentidora era una niña de 13 años, que ya adulta ha contado que, por aquel entonces, con tanta medicación, era poco más que un vegetal. Julie intentó suicidarse varias veces y su caso sigue abierto. La justicia francesa acaba de exculpar a los agresores de violación, y lo deja todo en una cuestión de abuso. Hoy hay convocadas concentraciones en toda Francia en apoyo a Julie.

Francia tiene otro caso abierto, contra un prestigioso politólogo, Olivier Duhamel, acusado de abusar sexualmente de su hijastro cuando era adolescente. Lo ha denunciado la hermana de la víctima, en su libro “La familia grande”, y, de nuevo, pone sobre la mesa el cuestionamiento ético sobre la permisividad hacia las relaciones de adultos con menores.

Éric Dupond-Moretti, ministro de Justicia de Francia, se ha comprometido a reformar el Código Penal del país, de modo que cualquier acto de penetración sexual de un menor de 15 años por parte de un adulto sea considerado como una violación y penado con hasta 20 años de cárcel. La futura ley ni siquiera contemplará que a los 12, 13 o 14 años, y mucho menos antes, por supuesto, alguien pueda dar su consentimiento a una relación tan desigual.

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