Ahora o nunca, está claro que nos la jugamos, un momento como el que estamos atravesando es en el que se escribe el futuro de millones de personas. Estamos sometidos a una prueba de estrés colectivo que está superando la capacidad de resistencia de muchas personas que han aguantado cerca de un año la presión de un fenómeno que nadie de las generaciones presentes había vivido, ni siquiera algo parecido. Nunca antes habíamos pasado tanto miedo, jamás habíamos percibido el riesgo por salir a la calle, nunca habíamos echado tanto de menos las cosas cotidianas que nos acompañan y no formaba parte ni de la peor pesadilla dejar de ver y abrazar a los seres queridos, además como un acto de amor y de protección mutua.

Este es el momento de reflexionar acerca de cuál es el mejor camino para organizar la salida de la crisis. Acabamos de comprobar que ante una situación como esta los atajos y las respuestas individuales no son útiles. Si no estamos fuera todos, nadie estará seguro. Hemos vivido con ansiedad la montaña rusa en la que nos han montado los acontecimientos, con distintas oleadas, mutaciones, medidas extremas y, sobre todo, la sensación de desasosiego al comprobar como la dimensión colectiva de los acontecimientos ha ejercido una presión brutal en la vida privada de cada uno de nosotros.

El papel de las instituciones ha sido clave, con sus aciertos y sus errores. Hemos pasado estos meses mirando hacia el tablero que señalaban los gobiernos adoptando medidas, duras algunas, muy duras otras, pero siempre con la esperanza de que con cada uno de estos movimientos se resolvía la pesadilla. Parece que no hay duda acerca de que, sin las medidas institucionales adoptadas para proteger a la población, el resultado habría sido mucho más catastrófico.

Estamos asomándonos al tiempo de la esperanza, de salir de una vez por todas de esta anomalía que hemos vivido y este proceso también debemos hacerlo juntos y patroneados por gobernantes sensatos que nos saquen a la mayor velocidad posible de algo que ya ha durado demasiado. Las instituciones europeas han jugado un papel muy relevante a la hora de adoptar medidas que afectaban a millones de ciudadanos. Ahora están en juego dos cuestiones trascendentales, la dispensación de las vacunas y el esfuerzo colectivo de reconstrucción. Precisamente estas dos medidas que todavía no están implantadas, totalmente, ponen en juego la credibilidad de la Unión Europea. Si pisa el acelerador, les planta cara a las farmacéuticas y consigue que lleguen pronto las vacunas y, por otra parte, es capaz de organizar una respuesta coordinada, efectiva y solidaria de reconstrucción que sirva como lanzadera hacia el futuro, nos sentiremos orgullosos de formar parte de un proyecto común al que vale la pena pertenecer.

Ahora, más que nunca, todo depende de la generosidad y también de la eficacia en las respuestas y seguramente ambas cosas están muy relacionadas. Si las medidas económicas y sociales son capaces de acompañar el esfuerzo de los gobiernos nacionales, la pandemia quedará en el recuerdo como un tiempo de extrema dureza que además de los daños ocasionados, sirvió para que fuéramos conscientes del alcance que tiene llevar a cabo actuaciones de todos los países europeos juntos, para combatir la adversidad, evitando de esta manera la búsqueda de soluciones individuales.