Empecemos por ser honestos con nosotros mismos. Repasemos nuestro día a día. Entre semana, mejor ni hablamos, demasiado ocupados. El tiempo nos pisa los talones mientras corremos hacia el final de día. Los fines de semana, demasiado cansados. Todas las expectativas de lo que significa vivir las comprimimos en 48 horas y en ellas metemos con calzador las tareas domésticas, el ocio, el descanso y compartir tiempo con nuestros hijos. Los fines de semana pasan sin darnos cuenta, con la frustración de no haber cumplido con lo que tenías previsto y la pose de bienvenida de una nueva semana a la que nos dirigimos arrastrándonos. Y de nuevo, el café del desayuno se bebe de un trago.

Y mientras todo esto pasa, nuestros hijos nos observan. Los niños siguen ahí, viendo cómo pasamos junto a ellos a toda velocidad, tratando de llamar nuestra atención a ver si consiguen que paremos para notar nuestra presencia. A veces, no lo consiguen, otras, solo consiguen atraer una mirada perdida en decenas de mundos simultáneos que no nos permite estar en el presente.

Las personas tendemos a rellenar los huecos. Los vacíos no nos gustan. Llenamos los huecos del armario con cosas, los minutos con tareas, el descanso con pensamientos. A ellos, a nuestros hijos, tampoco les gustan los huecos, les incomoda el vacío que dejamos. Más que incomodarles, les entristece. Los vacíos son esos pequeños territorios afectivos que se quedan sin alma por las prisas, por cosas que pasan, por vete tú a saber por qué… porque en realidad, todo son excusas. ¿No crees?

Y sin darnos cuenta, esos pequeños territorios afectivos se llenan de pantallas. Las familias dejamos plazas vacantes que cubren los aparatos tecnológicos. ¿Quizá es más fácil así? Las pantallas nos muestran otras vidas que nos distraen, otros mundos lejanos que nos alejan de nosotros mismos. Anestesia para el alma a tan solo un ‘clic’. No es fácil resistirse a eso. Sobre todo, si nos sentimos cansados y la cuesta de los días tiene tanto desnivel…

Si le preguntas a un niño, te dirá que le encanta su videojuego. Y eso los padres y madres lo sabemos. ¿Quién no ha utilizado las pantallas como moneda de cambio? Pero, la verdad más verdadera es a que tu hijo, a tu hija, le encantas tú. Le encanta tocarte, hablar, sentirte cerca, reír y llorar contigo, compartir, jugar, imaginar y aburrirse a tu lado. Incondicionalmente.

No hay nada en el mercado que alcance a llenar el vacío de tus abrazos y de tu dedicación. Las pantallas solo son sucedáneos cuando no hay otra cosa.

¿Y tus pantallas? Porque no son solo cosa de niños. Repasa tu día y tus hábitos. ¿A cuántos momentos de tu vida desatiendes? Empecemos a decirnos verdades. Seamos honestos. Empieza por ti, por mirarte hacia adentro en lugar de mirar tanto el móvil o el ordenador. Tu vida empieza dentro, no fuera. Respóndete a algunas preguntas para saber lo que quieres y dónde te encuentras. Hay tiempo. Tiempo para todo no, pero sí para lo importante. De tus prioridades, mejor te dejo a solas contigo, para que las pienses.

Que cada uno haga balance, que se detenga a valorar hacia donde dirige su mirada, pero, sobre todo, hagas lo que hagas, como dice Joaquín Sabina, «que te aproveche mirar lo que miras». Al afecto humano, al contacto, a la cercanía no se le acaba la batería.

Los niños pantalla se apagan ante el abandono. La creatividad, la conexión emocional, el sentirse presentes y parte de una familia, los ilumina e ilumina una infancia que es tan sencilla como maravillosa.