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Manuel Alcaraz

Los habitantes de la casa habitada

En cierta ocasión, sor Juana Inés de la Cruz se encontraba tristísima, porque pasado el Miércoles de Ceniza las monjas no podían recibir visita, ni siquiera la de la Virreina de Nueva España, de quien andaba enamorada -era correspondida-. Así que, como suelen hacer las monjas escritoras barrocas, compuso un bello poema en el que declaraba tener “cuaresmeados los deseos”, encontrándose con “la voluntad traspasada, / ayuno el entendimiento, / mano sobre mano el gusto, / y los ojos sin objeto”. Miro a Pablo Casado y talmente me lo represento: cuaresmeado, desokupado y con el ánimo contrito. Sin entendimiento, manos ni miradas.

Y el caso es que no sé si es asunto de pena o de gracia, si es de tenerle lástima o gozar con su desdicha. Porque hay una increíble coherencia interna en este relato, en que la humillación máxima se encuentra en la Catalunya que tantas veces fue a salvar el PP, y que concluye con la venta de la mansión de los sueños, aquella en que se describía e invitaba a Pujol a ser como Dios manda. Coherencia en que un partido que tanto supo de especulaciones inmobiliarias quiera pagar sus yerros transfiriendo su residencia en la tierra. Coherencia, en fin, en que su nacionalcatolicismo apure el cáliz en una Cuaresma dolorosa que ni encuentra el lenitivo de una Semana Santa que entrevere el turismo con los flagelos y permita a sus dirigentes hacerse selfies con sus advocaciones favoritas.

Pero con tantos años que ha tenido el PP para escapar de su destino en B, ha tenido que hacerlo ahora, con Vox rampante, furiosamente empeñado en hacer del PP un ratoncillo derechosillo y espantadizo. Claro que podemos recordar épocas en que el PP era una cosa seria, tirando a adusta, aunque a poco que se chinchaba en las urnas se desgañitaba con histeria cavernícola. Una época en que se podía hablar con algunos de sus líderes porque no confundían prudencia con cobardía. Pero la velocidad de disipación de los liderazgos en el PP es portentosa. ¿Dónde están ahora muchos de los que rigieron España y sus colonias, la condujeron a una guerra, reconquistaron islotes y pusieron las bases del mercadeo masivo del suelo? ¿En qué divorcios andan los que se opusieron a la ley del divorcio? ¿En qué espanto anidan los que tantas veces anunciaron la destrucción de la sociedad, la familia y la religión? En consejos de administración, despachos de abogados de postín y algunas sinecuras innombrables. En la cárcel también, seamos justos.

Quien ha puesto el dedo en la llaga ha sido Feijóo -el PP es un partido nacionalista gallego que cuando se entrega al nacionalismo madrileño monta unos cristos de tamaño perdurable-. A Feijóo esto de vender la sede le debe parecer remedio de alguien que tiene ayuna la cabeza de ideas, y ha proclamado que el PP lo que necesita es ganar. Se le olvida decir cómo se hace eso, aunque razón no le falta. Pero ese es el problema: o gana o no es nada, puro estorbo. El PP, como síntesis de la derecha española, externalizó su relato moral en la Iglesia, no ha inmatriculado un valor propio y hasta puede ser que con este Papa pequen inadvertidamente. En todo lo demás ha hecho una mixtura de canovismo analfabeto y neoliberalismo pijo. Pero para que eso tenga sentido tiene que estar en el poder. Y si no lo está considera que los demás son ilegítimos. Siempre y en toda circunstancia. La patria la tienen en usufructo vitalicio y los intereses concretos -los contables- que representa se han sentido justificados para hacer cualquier cosa. Así ha convertido en estable una relación entre la debilidad ideológica estructural, la improvisación táctica y la debilidad ética. Bárcenas es eso. Y ahora imagínelo mandando un mensaje: “Pablo: sé fuerte”; también es eso.

¿Alcaldes y concejales honestos? A miles. Y hasta ministros. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que el sistema ha estado siempre pervertido desde que Fraga se equivocó creyendo que representaba a una “mayoría natural”. Un centro-derecha de masas -como el de Pujol, ay que risa- nunca lo ha podido construir el PP. Y con los años ha empeorado. Porque de Aznar se podía decir, al menos, que tenía una visión de largo plazo, oscura, si se quiere, pero que asomaba en algunos gestos. Pero entre el dontancredismo de Rajoy y el baile de San Vito de Casado lo único que han conseguido es andar de lado, rehuyendo el compromiso con los nuevos tiempos, limitándose a descargar pólvora en el adversario. Y en eso caen los jefes de Madrid, los de las Comunidades, alcaldes y presidentes de diputaciones. Todos conciben el mundo y reducen su proyecto a un robar una alcaldía con los tránsfugas pertinentes, aceptar enmiendas por asegurar una gobernación que da para presidir fiestas o auparse a la tribuna para dejar constancia de que vocifero ergo sum.

Hace tiempo que dije que no me podía creer que los cargos mínimamente importantes del PP no supieran de las corruptelas en su nivel. Lo reitero. No es un problema de presumir inocencias o afirmar culpas sino de cómo vertebró el PP su relación con la sociedad. Y en esa dinámica el garaje de Génova se fue poblando de fantasmas y fantasmones. Muchas veces dijeron con orgullo que el PP integró a la ultraderecha. Lo hizo. Lo malo es que no la desintegró. Solo que hasta hace poco no han dado los tiempos para que hubiera gente que se creyera los aspavientos patrióticos y quisiera ponerse el frente de nuevas ráfagas de rabia que el PP es incapaz de entender. Le ha regalado a la extrema derecha las banderas sin darse cuenta de que, después de todo, las banderas no son lo más importante. Así que también les ha regalado un paisaje turbio de privilegios y egoísmos de señoritos. Para que, alternativamente, puedan acatarlos y atacarlos.

A mis alumnos les explico que Fernando VII ha sido el peor Rey de España, y que lo hizo tan mal que hasta una vez muerto dejó las guerras carlistas. Así este PP, incapaz de asumir errores y cumplir su Cuaresma, nos deja ahora en la tesitura de animarles a sobrevivir para que no llegue lo peor o alegrarnos de su viaje a la nada aunque corramos el riesgo de enfrentarnos a mayores males. Y su drama es exactamente ese: sólo conciben el mundo como vencedores. Y para vencer necesitan a Vox. O sea: su derrota total, su némesis. Que conjuren a Don Manuel, ese rojo que una vez presentó a Carrillo en una conferencia. A ver qué se le ocurre. Yo creo que vivan donde vivan da igual: es el mismo proyecto el que está deshabitado. Les definió Jardiel Poncela: son “los habitantes de la casa deshabitada”. Y si no gusta, tenía otro título: “los ladrones somos gente honrada”, pero este está muy visto.

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