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Alfons Garcia

A VUELAPLUMA

Alfons Garcia

Ganarse el pan

Ganarse  el pan

Ganarse el pan

Acaban de lanzar una señal de tráfico. No le ha dado a nadie, pero ha estado cerca. Los escudos sirven de poco con objetos tan contundentes. Cuesta permanecer quieto cuando el que tira está a pocos metros y lo ves acercarse con el objeto que ha decidido convertir en arma. Notas la tensión en el brazo del compañero que está al lado. Quietos. Oyes la orden a lo lejos. No te hiciste policía para esto, piensas. Para ser insultado. No es que puedas decir que todos los tuyos son unos santos, no es eso. Has visto a algunos con panfletos de Vox. Los has oído hablar. De pasada. Como si no fuera contigo. Te has hecho experto en estar sin que se note. «Nadie nos defiende. Todos nos dan hostias. Yo no soy facha, pero ya era hora de que alguien se partiera la cara por nosotros y quiera poner orden». Has escuchado esa versión en diferentes formatos. Sabes que alguno está deseando soltar la porra, pero en este momento te cuesta no entenderlo. Como cuando viste ayer cómo le daba un adoquín en la cabeza a un poli en Madrid. ¿Quién marca la proporción cuando una turba empuja, lanza piedras y lo que encuentra? Actúas sobre todo pensando en aguantar de pie y en que se dispersen. Y en que un mal día no haga que se te vaya la mano.

Podría ser tu hijo. O podrías ser tú hace casi 30 años. El que tienes delante, con la sudadera negra y un pañuelo a modo de mascarilla. Le ves los ojos encendidos. No son tan diferentes a los tuyos con 19 años. Si el que tienes al lado supiera tu ‘cara b’... El casco impide que se advierta tu sonrisa. Recuerdas aquellos años, pocos, en la Facultad de Letras. No tenías claro, como casi todos, qué querías hacer y acabaste en aquellas aulas. ¿Cómo se llamaban? Salva y Toni. No has pensado en ellos en años, pero su nombre te ha venido a la cabeza como si los hubieras visto ayer. Puta memoria. ¿Cómo lo llaman? Basura neuronal, esos desperdicios de la memoria que de pronto reaparecen mientras no eres capaz de recordar nombres y fechas realmente importantes en tu vida. Lo leíste hace unos días en un libro de David Trueba. Porque eres madero, sí, pero te gusta leer. Y te gusta Trueba. Sus recuerdos son casi tus recuerdos. Los de tu generación. Por eso de los libros caíste en Filología. Tus dos mejores amigos en las clases vendían la revista del Moviment de Defensa de la Terra, algo como filorrevolucionario. Alguna debe de andar aún por casa de tus padres. Había otro raro en clase que algún día aparecía con el Gara debajo del brazo. Aquello era casi una competición de radicales.

Algo así, piensas, debe circular por la cabeza del de enfrente. En tu caso, pese a la apariencia, siempre ganó el pragmatismo, aquella frase de ganarse el pan que oías de niño a tus padres y tus abuelos. Y ese lado se hizo fuerte en tu mente el día que te hablaron de unas oposiciones a la Policía. Lo contaste con tanta naturalidad en clase, como si tal cosa, que nadie lo cuestionó. Y dejaste la universidad. Y te viste con uniforme casi sin entenderlo. Entonces pensabas en los guardias civiles del 23F: esos peones de la historia inmersos en aquel episodio turbio sin saber bien por qué. No pensabas ser como ellos, marionetas de las jerarquías del poder, pero ahora no te ves tan diferente. Solo esperas que esta noche nadie dé la orden de actuar, ojalá se larguen antes, pero sabes que no pasará.

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