En su libro ‘Desolación de la quimera’, un año antes de morir, Luis Cernuda (1902-1963), en el exilio republicano, escribió un bello poema con el título que he tomado para estas letras.

El poema es el primero de varios que agrupó bajo la denominación ‘Díptico español’, dedicado a Carlos Otero. Consulto la edición de su ‘Poesía completa’, Biblioteca Crítica de Barral Editores del año 1974 porque ese libro, en aquella época, antes de morir el dictador, fue para mi y lo es ahora un tesoro que no tiene precio.

He leído y releído tantas veces ese poema a la vez que citado en mis publicaciones, que lo tengo interiorizado de tal forma que no entiendo España sin la magnífica lección histórica que contiene. Supongo que es objeto de estudio en las escuelas, institutos y universidades. Si no, debería serlo.

En mi modesta opinión no se puede comprender España sin su lectura o, mejor dicho, es una de las mejores vías de conocimiento de nuestra realidad social e histórica, antes y ahora. Y diría que siempre.

Pero, ¿qué pensaba el poeta en 1962, en las postrimerías de su corta vida, para escribirlo? No se atisba rencor alguno ni rechazo a su españolidad aunque diga expresamente: «Si soy español, lo soy/A la manera de aquellos que no pueden/Ser otra cosa…». O: «Soy español sin ganas». Porque también dice: «No he cambiado de tierra/ Porque no es posible a quien su lengua une,/Hasta la muerte, al menester de la poesía».

Luis deploraba la incultura y la barbarie. Y todo aquello que la propiciaba, como vivió en la fratricida guerra civil (1936-1939). Principalmente, factores como la irracionalidad que destacó al decir: «Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo/En creer que la razón de soberbia adolece/Y ante el cual se grita impune:/Muera la inteligencia, predestinado estaba/A acabar adorando las cadenas/Y que este culto obsceno le trajese/A donde hoy le vemos: en cadenas/Sin alegría, libertad ni pensamiento».

Si hoy contemplara cómo en nuestra sociedad democrática germinan los delitos de odio bajo el pretexto de una libertad de expresión que no es tal al entenderse ilimitada, y la intoxicación que ha determinado incendios y saqueos en las calles, seguro que se reafirmaría en sus versos: «¡Cuánta irracionalidad, Dios mío! ¡Es lástima que fuera mi tierra!»

En el año 2002, la Sociedad Estatal de Conmemoraciones culturales y la Residencia de Estudiantes publicó en edición de James Valender un completo libro sobre el poeta cuyo título parafraseaba el que fue el de su primer libro de poemas (1924), ‘La realidad y el deseo’. Pensemos cuál es nuestra realidad y si deseamos transformarla con cultura y educación o seguir viviendo en la barbarie.