Febrero se convirtió en el mes de la esperanza cuando a finales de año se anunció la llegada de las primeras vacunas. Habíamos pasado un confinamiento y, con el estado de alarma prorrogado, se habían limitado nuestros movimientos y nuestra libertad. Pero miles de muertos justificaban cualquier sacrificio. La llegada de la tan deseada inmunización la presumíamos ya muy cercana.

Febrero se consume y con él gran parte de nuestras esperanzas. Los grandes espacios soñados para la vacunación masiva de la población siguen esperando y tan solo existen anuncios de propuestas posibles, sin la concreción planificada de antemano que debería haberse previsto hace semanas. Sin embargo, hemos visto con estupefacción cómo se colaban el sindicalista liberado y el político espabilado, incluso el clérigo sermoneador. En definitiva, ha salido a relucir lo más insolidario del individuo. Nadie duda de que la vocación en torno al servicio público debe ser seriamente revisada en nuestro país.

De la magnitud de la pandemia hablan descaradamente los números: hemos enterrado ya, según otros datos también oficiales, a noventa mil españoles, más de seis mil, valencianos. Y parecerá increíble, pero pese a la experiencia catastrófica de la primera y segunda ola, este es el día que en buena parte de nuestros mayores, dependientes y personas con patologías críticas, todos muy vulnerables, quedan por ser vacunados. Hace escasos días que se empezaba a inmunizar a las personas de noventa años.

La falta de dosis y los cambios en el calendario han frenado el ritmo de vacunación, disminución que alcanzaba a mediados de febrero el 70 %. La triste realidad es que menos del 2 % de los valencianos están inmunizados de forma completa. La vacunación masiva tan deseada, deberá esperar a finales de marzo.

La presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, ha reconocido que las autoridades -ella la primera- pecaron de un exceso de optimismo, justificando así los retrasos en los suministros. Pero al ciudadano de a pie, que no entiende de patentes empresariales, derecho internacional, propiedad intelectual, etcétera, no le sirven las palabras, especialmente cuando ve con terror cómo siguen disparados los contagios y se hunde la economía.

Lo vivido en el último año merecía una respuesta política y sanitaria a la altura de la gravedad de la pandemia. Por incompetencia o por las circunstancias, no ha sido así. Febrero se nos termina y seguimos sin ver la luz definitivamente y para siempre al final del túnel, luz que nos libre de nuevas olas. Aunque el virus nos ha robado también las Fallas, habrá que confiar en marzo. Qué remedio.