Tenía un amigo muy bueno, y sin embargo inteligente, al que de repente se le manifestó el irreprimible deseo de epatar. Si les ha pasado alguna vez, sabrán cómo puede derivar una conversación fluida en una sucesión de ‘noes’ yuxtapuestos. Es una práctica similar al bloqueo por matización que se usa en los guiones argumentales de compañías de seguros o de telefonía (e incluso en ferreterías), que se caracteriza por poder pasar una hora intercambiando frases afirmativas-adversativas que empiezan con un «sí, pero...» y que acaban con el clásico «váyanse a la mierda, hombre».

En una sola tarde, mi amigo llegó al colmo del epatamiento argumentando, entre otras divagaciones, que el idioma inglés es el mejor del mundo porque usando cientos de preposiciones y adjetivos pueden matizar un mismo verbo. Una especie de navaja suiza cuyas hojas están compuestas por el mango de un ‘put’ del que salen los ‘with’, los ‘close’, los ‘along’, los ‘at’, los ‘down’ y todo el santoral gramatical con el que disfrutan los inmersos en esa jerga y que es tan práctico para encajar cualquier concepto en la letra de una canción.

Los españoles nos hemos enorgullecido siempre de tener un idioma -o varios- cuya riqueza léxica permite definir con una sola palabra conceptos tan precisos que -más allá de llamar al pan, pan y al vino, vino- indican si su procedencia es latina o griega, adaptada con viejos neologismos o si han sido modernizados tras su desuso. Bien es cierto que si viajamos a América nos sorprenderá la cantidad de términos que se nos han ido desgastando a favor de la economía de lenguaje. Una palabra que para nosotros no es malsonante -como coger, que nos sirve para todo- se transforma allá en un alcanzar, un llevar, un utilizar, un agarrar, un asir, un atrapar, un pillar y hasta un recoger si se redeja.

La economía de lenguaje es lo que cada generación Uf-qué-rollo-tío ha clamado para poder comunicarse en plan guay, y se ha sumado a los contenidos ufquerrollísticos, siendo X el eje generacional de abscisas semánticas e Y el eje de las ordenadas referentes a lo que se pretende decir. Esto permite un cuadrante de términos esquemáticos que sirve perfectamente para pedir un doble Whooper sin pepinillos, analizar la cultura valenciana a través de su sostenibilidad y desarrollo en el campo económico o cualquier otra mamandurria que reporte una compensación sentimental o económica, satisfacciones ambas que hoy en día tienden a complementarse al ser lo sentimental cada vez más superfluo y lo material más imprescindible.

Pero también se ha calificado tradicionalmente de pedante a aquel que hiciera alarde de erudición, la tuviera o no en realidad. Convengamos pues que existe un policía interno en nuestros cerebros que detecta y denuncia a quien expresa con claridad lo que piensa o lo que ha aprendido. Estimamos más al pedante de ideas imposibles, de proyectos sin pies ni cabeza hechos de humo y diodos led porque de lo confuso siempre se puede extraer más beneficio propio que de lo obvio.

Exigimos con vehemencia luz y tacógrafos (sic) para analizar las medidas contra una enfermedad que apenas estamos empezando a entender. Pero si ponen a un zopenco como director de algo siempre habrá una voz dulce que diga «dale una oportunidad, no seas malo», como si su nombramiento o no dependiera de nuestra opinión y no de las realidades que lo envuelven.

Tras la floreciente corriente de pensamiento materialista del Partido Popular, que fraguó en aeropuertos, óperas y ‘ciudades de la’, la escasez de caudales públicos en temporada progresista ha revertido la situación para transformar los despojos tangibles públicos en deliciosas ideas etéreas compuestas por conceptos multiculturales fantásticos que, como la primavera, han venido y pocos saben de dónde han venido. Pero todos sabemos dónde van. Es lástima que las fallas se hagan ahora de poliestireno expandido y nadie de nuestro mundo cultural, ‘ecològic’, sostenible, ‘econòmic’, ‘inclusiu’, ‘de desenvolupament’, ‘igualitari’, ‘transparent’, vertebrador, responsable, modélico, infraestructural, infantil, juvenil y tercera edad haya propuesto recuperar el método tradicional, durante este largo lapsus de fiestas, usando el papel mojado resultante de tanto diálogo experto ‘with’, ‘along’, ‘among’, ‘through’ y ‘over’ nuestra ‘valencianship’.