30% DTO ANUAL 24,49€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Manuel Alcaraz

Fondos europeos: leer el presente, crear el futuro

Probablemente en España estamos singularmente preparados para entender algunas cosas sobre los Fondos Europeos: hemos asumido como parte de nuestra cultura “Bienvenido Mister Marshall”. No es que piense que pasarán de largo aunque nos disfracemos de españoles profesionales postmodernos. Pienso que vendrán, que se harán carne entre nosotros y que ayudarán a resolver diversas angustias. Pero me preocupa que su gestión acabe por procurar nuevas frustraciones. Y no porque esperemos demasiado de ellos, sino porque esperemos algo distinto de lo que ofrezcan. Lo que, visto desde otra perspectiva, sólo querría decir que una de las desventuras actuales de la política, de sus riesgos e incertidumbres, es que nos hemos habituado a imaginar el mundo de las decisiones como algo distinto de lo que realmente puede y debe ser. Al menos por dos razones.

La primera en que se nos ha olvidado que establecer una deliberación previa, una conversación cívica sobre los grandes temas, no puede ser una permanente broma de guasap, un hilo de twitter o una colección de “me gusta” en Facebook; o un gatuperio parlamentario. Y si no hay deliberación hay problemas para establecer vínculos racionales entre lo que se desea y lo que se consigue. Echar la culpa a los políticos puede ser grato, pero no soluciona esta fuente de problemas. La segunda es que la invasión de la política por una cultura del sentimentalismo provoca consecuencias indeseables: llevar todo al terreno de la adhesión inquebrantable, al de la indignación salvaje o contrita o al de la justificación de las rabietas, degrada el horizonte de las necesidades y de los deseos a la hora de decidir. No es extraño que los que tienen esa responsabilidad acaben por optar por lo menos molesto antes que por lo más necesario. Y dentro de esa dinámica la pandemia aviva el fantasma del voluntarismo, el expediente de creer que algunos problemas no se arreglan por fata de voluntad política. Si le damos la vuelta a esa creencia la solución pasaría por las medidas basadas en la energía, en el brío que sea capaz de demostrar el político, el manifestante o el escribiente. Malo. He aquí otra razón para incrementar las dosis de enfado y crispación en las que cualquier decisión se vuelve más oscura y la política más ilegible. No es preciso insistir en que ambas razones ayudan a generar un discurso que favorece al populismo ultraderechista, con independencia de las cuestiones sobre las que versen las críticas o controversias.

Por estas razones, entre otras, cada vez me preocupan menos las propuestas programáticas concretas. Entiéndaseme: me preocupan, algunas mucho, y hasta me ilusiono imaginando novedades. Pero, insisto, no me preocupa demasiado el qué, sino el cómo. Esto lo digo sintiéndome persona de izquierdas, en cuya cultura ese qué programático ha ocupado siempre una centralidad ideológica fácilmente verificable. Pero ahora transito al cómo precisamente por ser de izquierdas y haber llegado a la conclusión -no necesariamente triste- de que sirve de muy poco definir, hasta en los matices, qué hay que hacer si luego ignoramos los medios, los recursos, los saberes que hay que incorporar al análisis de las necesidades y sus alternativas. Y es que la creciente complejidad, que actúa como un barro que atrapa los pies para impedir avances, favorece tendencialmente las posiciones más conservadoras, las que no desean, o que no consideran trascendente, que los equilibrios de poder varíen. Aunque para ello cambien muchas cosas, el mundo se gamifique y lo disruptivo arrase con cualquier debate. O, al revés, aunque para ello impidan cambiar ni una coma en los manuales administrativos de manguitos y plumas de ganso.

Esto que digo puede expresarse de otra manera: en el reparto de ayudas habrá que defender posiciones contraintuitivas si queremos que sirvan de acicate para cambios sostenibles. Porque esperar, sin más, raudales de euros a fondo perdido, dineros para seguir con el mundo que conocimos antes o la perseverancia en una caridad paliativa, más o menos encubierta, que no produzca una reducción esencial de desigualdades, no sólo será un error, sino la ocasión misma desaprovechada, de la que sacarán provecho los poderosos. Por eso necesitamos, en cada nivel, iniciativas rigurosas generales, definidas con precisión. Impregnadas de medidas renovadoras de buen gobierno y prevención de desviaciones que incrementen transparencia y confianza. Y eso debe confluir con promover la discusión democrática sobre los bloques y objetivos de lo que se quiere conseguir con la aplicación de estas ayudas para la comunidad y, en especial, para los perdedores del ciclo neoliberal. O sea: cómo construir un nuevo relato postneoliberal. Y no valen alegatos que ya ardieron en la hoguera de las vanidades de la anterior crisis: poner ciudades en el mapa, ganar el lugar que nos merecemos, reforzar nuestra identidad frente a los vecinos, no ser menos que nadie... No es que no sean posibles o justos. Sencillamente es que no servirán para nada.

Evidentemente, en la dialéctica del qué y el cómo, también habrá que introducir una reflexión sobre el quién. La respuesta no puede reducirse a una confianza genérica en los gobiernos democráticamente seleccionados. Seguramente vamos a precisar de otro tipo de políticos y de funcionarios para la nueva etapa. No pretendo jubilar a nadie, sino incitar a que la imaginación también alcance a las nuevas virtudes que deben incorporar los servidores públicos. Porque a veces se tiene la sensación de que algunas élites están en trance de colapsar porque creen que con pedir cosas de las de siempre, construidas y empaquetadas con algunas diferencias, o cosas levemente distintas construidas y empaquetadas como siempre, ya basta para que el juego parlamentario se mantenga. Pero una de las consecuencias de ello es que no hay una adecuada reflexión sobre la circulación de cargos y su vinculación con la sociedad civil. Las Primarias contribuyen al colapso, reproduciendo lo peor de las dinámicas populistas. O los partidos optan por ofrecer líderes que entiendan que estamos en una nueva etapa o no habrá nueva etapa y caminaremos entre agujeros negros. Esto va más deprisa de lo que pensamos. Pero si frena, se cae. Veremos alianzas, milagrerías y despropósitos. Y habrá más cosas entre el cielo y la tierra que las que sueñan esos filósofos que ahora leemos. Si es que leemos, que esa es otra.

Compartir el artículo

stats