Tenía otras ideas para este artículo, planes que incluían, por ejemplo, hablar de la inflación de leísmo que nos asola en los últimos años y conectarla con mi apego al laísmo en el que, como madrileña, incurro constantemente. Pero tengo covid. Llevo más de una semana en cama sin ninguna gana de nada, solo me pide el cuerpo vegetar. Ni ver series, ni películas, ni escribir en mi diario, ni hablar por teléfono con amigos. Demasiado esfuerzo. Cuando no dormito, en el aislamiento de mi habitación me reconfortan dos cosas: leer buenas novelas y ver el telediario en mi portátil.

Hay algo en el soniquete de las noticias, en la voz y la imagen siempre circunspecta de Ana Blanco, en las ráfagas y la fanfarria conocida que me anclan. Sé que no es más que el anticipo de la vejez. Ahora comprendo muy bien por qué las personas mayores, si viven solas, tienen el televisor prendido gran parte del día. Es la compañía. Soportar el silencio cuando tu cuerpo está débil no es sencillo. Imagino que es una reacción primaria, instintiva: la enfermedad quiere reposo, pero también que alguien sepa y pueda, llegado el caso, socorrer. Presa en tu habitación, rizas el rizo del confinamiento de hace un año. Ya no puedes salir ni al pasillo, tu salón es un territorio vedado, tu propia casa una región prohibida. Repasas las últimas citas y encuentros antes de caer enferma. Les avisas. Te sientes una asesina potencial, un criminal desaprensivo. ¿Cómo no lo vi venir? Te percibes como una bomba andante capaz de contaminar y sentenciar a quien se cruce contigo. Das gracias al cielo cuando te responden que están bien, sin síntomas. Te acuerdas de lo que has leído en novelas y visto en películas sobre los tuberculosos de antaño, ese lento languidecer recluidos en sanatorios de montaña. Piensas que debía de ser bueno tener la compañía de otros en su suave declinar.

No le doy vueltas a dónde pude contagiarme. Es imposible determinarlo. Dos días después del diagnóstico, empiezan las llamadas de rastreadoras, enfermeras covid y otros profesionales. Son amables, te dan ánimos. Se agradece su celo. Cuando la semana anterior empecé con los síntomas, sin embargo, nadie respondía en ningún teléfono. Mi Centro de Atención Primaria está saturado y no daba citas de ninguna clase. El frío e indiferente sistema automático ofrecía hueco en marzo, a dos semanas vista. Los asépticos operadores del número 900 de la covid tampoco dieron valor a las primeras señales de la enfermedad. Es lo que tiene reducir los cuerpos a estadísticas y algoritmos. Al vacío de esa semana se contrapone la lluvia de llamadas de ahora que agradezco, pero, en mi estado, me abruman.

Cuando hace siete días mi malestar no tenía nombre y yo daba vueltas febril en la cama, me acordaba de mi amiga que padeció covid los primeros días del estado de alarma de 2020. Vive sola. No logró que ningún sanitario la llamara nunca. Tuvo suerte y superó la enfermedad sin más consecuencias, pero qué miedo debió de sentir conteniendo en soledad tanta incertidumbre. Yo también siento miedo a veces, cuando la tos no remite, cuando me fatigo y me falta el aire. Me acordaba de otro matrimonio de amigos que cayeron enfermos también en marzo pasado, él con fiebre muy alta durante días hasta perder el conocimiento. Nunca llegó ninguna ambulancia a recogerle. Al final su hermano, saltándose las normas, se presentó con su coche y le llevó al hospital. No le ingresaron, no tenían camas. Tardó, pero se curó. Parecen historias de otros tiempos o de otras latitudes, pero ha ocurrido aquí, ocurre todavía.

Cuando tienes dentro la enfermedad se produce hastío, baja tu tolerancia a las chorradas. Detectas con más claridad el fingimiento de las peleas políticas superfluas, las prioridades equivocadas, el desperdicio de energía que se va en aparentar preocupación cuando solo es voluntad de agredir y descalificar. El ímpetu desperdiciado en romper escaparates y quemar contenedores también parece ante tus ojos cansados un pasatiempo banal desnudo de todo significado. Cuando te sobra salud, qué fácil es caer en la frivolidad, piensas. Entonces no te queda otra que apagar el televisor porque ni la voz ecuánime de Ana Blanco logra borrarte la tristeza. Menos mal que llegan las vacunas. Ojalá nos protegieran también del egoísmo ciego.