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Mercè Marrero

Ciudades amables

Comprar un periódico, un kilo de naranjas o un pan para la merienda son actividades que deberíamos poder hacer en nuestro barrio. Por comodidad y porque son buenas excusas para socializar

Soy de las que leen y releen los periódicos en papel. Una clasicona. La prensa en el desayuno es un placer, releer un artículo antes de la siesta, ni te cuento y rescatar un reportaje a media tarde me reconcilia con la melancolía que siento domingo sí, domingo también. Del papel me gusta casi todo y, especialmente, que no es necesaria una lectura rápida y que permite bucear entre noticias, picotear análisis y articulillos. Todo lo contrario a lo que se estila hoy en día. Lo dicho, una clasicona. Quienes compramos periódicos somos, a día de hoy, auténticos devotos porque adquirirlos es una carrera de obstáculos. Cada vez hay menos papelerías, los kioscos desaparecen e ir hasta un centro comercial es enfrentarse a un Goliat; así que, solo nos quedan los nuevos clubes sociales de esta época: las gasolineras.

Sin darnos cuenta, los colmados y las tiendas de tamaño pequeño han ido desapareciendo. Igual que muchas panaderías. Negocios familiares que no han podido superar las crisis o los cambios generacionales y que acaban convertidos en academias de refuerzo escolar o en negocios de compraventa de oro. A los que, sin salir de su barrio, quieren comprar la barra para hacer el bocadillo de sus hijos, la salsa de tomate para los espaguetis o el tetrabrik de leche para el café siempre les quedará la opción de la gasolinera, ese lugar sin estridencias que tiene un poco de todo y mucho de nada. Algunas han incorporado una cafetería y se han convertido en el punto de encuentro para quienes quieren comer algo rápido y no les molesta estar rodeados de tráfico y de rodillos y aspersores de trenes de lavado.

Un día nos despertamos y la fisonomía de la ciudad había cambiado. Que caminamos hacia la estandarización de las urbes y de sus calles comerciales no es nada nuevo. Las mismas marcas, los mismos ambientadores en las tiendas y los mismos productos. Tras la pandemia, las grandes firmas sobrevivirán y las pequeñas habrán desparecido. Más allá del perjuicio económico y de la pérdida de personalidad e identidad, el cambio tiene consecuencias en nuestra manera de relacionarnos con el entorno y en nuestra calidad de vida. Que el panadero conozca el tipo de pasteles que le gustan al señor mayor o que recuerde que tiene que guardarle un pan a la madre que llega estresada a última hora de la mañana, tiene valor. Que el del colmado tenga en cuenta que a la clienta asidua le gustan las espinacas frescas y tenga el detalle de reservarle un manojo, es un puntazo y que la de la papelería te salude por tu nombre o puedas pasar un rato leyendo y comentando las contraportadas de los últimos best seller contribuye a nuestra socialización y, por tanto, a nuestro bienestar.

Me gustan los pequeños comercios y la vida de barrio. No solo porque me siento orgullosa contribuyendo a su desarrollo económico, sino porque, además, son espacios donde nos relacionamos y conectamos con el resto. Y eso nos hace mucho bien. Como individuos y como sociedad. Pienso mucho en las personas mayores, en los niños y en las ciudades que creamos para ellos. Espacios difíciles, anodinos y sin personalidad, en donde ir a comprar un simple periódico se convierte, casi, en una gesta.

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